Karla MARTINEZ DE AGUILAR
Fotografías: Cortesía
Cuando la libertad desaparece, el tiempo deja de medirse en días y comienza a contarse en la fuerza necesaria para seguir vivo, pero para Alberto de la Fuente, la verdadera libertad comenzó el día que decidió dejar de obedecerle al miedo.
Durante 290 días, Alberto habitó un espacio construido para quebrar la voluntad humana: una caja prefabricada, una luz que nunca se apagaba y una sucesión interminable de narcocorridos que marcaron el ritmo de uno de los secuestros más largos registrados en México. En ese lugar, descubrió que la verdadera batalla no consistía únicamente en sobrevivir, sino en impedir que el miedo terminara por consumirlo saliendo de ahí.
Hoy, nueve años después, sus palabras nos narran cómo pudo reconstruirse después de haber conocido el rostro más cruel de la violencia y el lado más oscuro del ser humano.
Padre de familia, conferencista y autor de La Caja: Crónica de un secuestro de 290 días, comparte una profunda reflexión sobre la fe, el perdón, la resiliencia y el inmenso valor de la libertad en una historia que trasciende el cautiverio.
¿Qué fue lo más difícil del proceso de reconstruirte una vez que recuperaste la libertad?
Es una pregunta compleja. Mi secuestro duró 290 días (nueve meses y medio). Hasta donde tengo conocimiento, ha sido uno de los secuestros más largos denunciados en México; sólo conozco un caso que se prolongó trece meses y medio y, aunque nunca pude comprobarlo, sospecho que fue cometido por la misma organización criminal que me retuvo.
Lo menciono porque mi caso fue completamente atípico. A diferencia de otros secuestros, tuve muy poca interacción con mis captores y viví prácticamente en aislamiento absoluto en ese tiempo.
Con los años he conversado con muchas víctimas de este delito y he descubierto que las personas privadas de su libertad durante horas, días o algunas semanas, suelen salir emocionalmente más afectadas que quienes estuvimos cautivos durante meses y, aunque parezca contradictorio, existe una explicación. Quienes recuperan su libertad rápidamente apenas tienen tiempo para comprender lo que ocurrió; pasan, en cuestión de minutos, de ser interceptados por hombres armados, ser amenazados, privados de su libertad y trasladados a una casa de seguridad, a regresar nuevamente con su familia.
Todo sucede tan deprisa que el cerebro permanece en un estado permanente de alerta, intentando entender una realidad para la que nunca estuvo preparado y muchas personas ya no vuelven a sentirse seguras al realizar actividades que antes eran completamente cotidianas. Quienes vivimos un secuestro prolongado también experimentamos ese miedo, pero durante el cautiverio el proceso psicológico es diferente. Los primeros días fueron de terror absoluto. Nunca sabes cuándo podrán llevarte a otro lugar, amenazarte con mutilarte o incluso quitarte la vida porque las negociaciones no avanzan. Vivir con esa incertidumbre permanente fue, sin duda, una de las experiencias más devastadoras que he enfrentado.
Siempre comparo ese proceso con las etapas del duelo. Al principio aparece la negación; piensas que debe tratarse de un error. Después llegan el miedo, la ira, la incertidumbre y una lucha constante por encontrar una explicación lógica hasta que un día comprendes que no hubo ninguna equivocación, que iban por ti, que todo estaba perfectamente planeado y que no terminaría en unos cuantos días.
Ese momento marcó un antes y un después en mi cautiverio. Fue cuando entré en la etapa de aceptación no porque estuviera de acuerdo con lo que estaba viviendo, sino porque entendí que necesitaba asumir mi realidad para poder sobrevivirla.
Nunca imaginé que permanecería encerrado tanto tiempo, y mucho menos que viviría en una caja prefabricada de dos metros por un metro y medio, sin servicios básicos, con un pequeño catre, una luz que permanecía encendida las veinticuatro horas del día, una nevera portátil, un sistema de cámaras y altavoces que reproducían narcocorridos permanentemente.
Todavía hoy pienso que ni siquiera un animal en cautiverio debería vivir en condiciones tan inhumanas como las que yo experimenté y fue precisamente ahí donde descubrí que el ser humano posee herramientas que desconoce hasta que la vida lo coloca al límite.
Poco a poco fui construyendo una armadura psicológica que me permitió soportar el dolor, la incertidumbre y el miedo. Durante esos meses anestesié mi lado humano y en algún momento llegué a pensar que lo había perdido para siempre, pero solo lo protegí para sobrevivir y, paradójicamente, puedo decir que soy mucho más humano de lo que era antes.

¿Cómo fue ese proceso de volver a la vida después del cautiverio?
Difícil porque implica un proceso de estrés postraumático y, curiosamente, durante el secuestro no me permití sentirlo. El miedo y el sentido común fueron, probablemente, las dos herramientas que me mantuvieron vivo; cuando recuperas la libertad, vuelves a ser tú y es precisamente ahí cuando las emociones ocultas empiezan a salir.
Recuerdo que salí con una enorme sensación de espiritualidad porque sólo hablaba conmigo mismo y con Dios; oraba cerca del ochenta por ciento del día y realicé una introspección tan profunda que terminé descubriendo aspectos de mí que desconocía. Además, me invadía un inmenso sentimiento de gratitud; simplemente estar vivo era suficiente, sin embargo, la tristeza, el enojo, la ansiedad y el dolor empezaron a abrirse paso. Ahí es cuando inicio un largo proceso con especialistas en salud mental y entendí que reconstruirme también implicaba aceptar que nadie supera una experiencia así completamente solo.
La terapia me ayudó a enfrentar un mundo que ya no veía con los mismos ojos: descubrí que también existe una maldad capaz de sobrepasar cualquier cosa que hubiera imaginado y aceptar esa realidad fue uno de los mayores desafíos.

¿Cómo lograste recuperar la confianza para volver a vivir sin miedo?
No dejando que el miedo gobernara mis decisiones porque seguiría siendo prisionero aun estando en libertad.
Uno de los primeros ejercicios fue regresar a la calle donde fui secuestrado; quería descubrir qué ocurría dentro de mí al volver a ese sitio, quería saber si podía caminar por ese lugar sin que el terror volviera a dominarme; fue muy liberador. Después cree una lista de reproducción en Spotify con todos los narcocorridos que me ponían porque dicha música quedó asociada al miedo, a la incertidumbre y al dolor; no quería convertirme en una persona incapaz de asistir a un lugar porque escuchara una canción que me recordara el peor momento de mi vida.
Esos pequeños actos terminaron convirtiéndose, sin proponérmelo, en ejercicios de sanación: no estaba escapando del miedo, lo estaba mirando de frente y cada vez que lograba vencerlo, recuperaba un poco más de la libertad que me habían arrebatado.

¿Por qué decidiste convertir tu experiencia en un libro?
Principalmente porque quería que mis hijos supieran quién era su papá (mi hijo tenía apenas tres años y medio, y mi hija un año cuando me secuestraron) y comprendieran lo que viví por más doloroso que fuera porque es un relato lleno de sufrimiento, pero sobre todo, es una historia de amor.
Cuando comencé a escribir La Caja -prácticamente acababa de recuperar mi libertad- el mundo entero experimentó una forma de encierro con el COVID-19. No era comparable con un secuestro, pero veía a muchas personas desmotivadas, desesperanzadas y angustiadas por el aislamiento.
Compartí con amigos y familiares herramientas que me ayudaron en mi cautiverio. Les hablé de la importancia de agradecer, de valorar aquello que normalmente damos por hecho y de descubrir fortalezas que muchas veces ignoramos que poseemos.
Esos mensajes comenzaron a difundirse de manera inesperada primero en Puebla, después en distintas partes del país y más tarde llegaron hasta España. Fue entonces cuando comprendí que mi historia ya no me pertenecía a mí y que podía convertirse en una herramienta para otras personas. También entendí que, mientras sigamos evitando hablar del secuestro por miedo, seguiremos alimentando un tema que debe dejar de ser tabú.
No escribí La Caja para revivir el dolor; lo hice para recordar el enorme valor que tiene la libertad, para demostrar que incluso en las circunstancias más difíciles, el ser humano puede encontrar razones para seguir adelante y como una crítica hacia la realidad que vivimos como país sin clavarme en ello.
Después de mi liberación denuncié todo lo que sabía porque sentía la responsabilidad moral de aportar información que ayudara a capturar a quienes me secuestraron y, con ello, evitar que otra familia atravesara el mismo infierno.

Después de lo vivido, ¿cómo cambió tu relación con Dios y con la fe?
Antes de mi secuestro me consideraba creyente, pero todo cambió cuando me vi completamente solo y durante los primeros días tuve que tomar una decisión que marcaría todo lo que vendría después: podía enojarme con Dios o podía aferrarme a Él.
Comprendí que no era el responsable de lo que estaba ocurriendo, no era un castigo, no era una prueba, no era una lección enviada desde el cielo; era consecuencia del libre albedrío de otros seres humanos e hice un pacto muy sencillo con Él. Le dije: “Tú y yo vamos a salir juntos de aquí”.
Nunca esperé un milagro sin hacer nada porque siempre digo que hay que trabajar para alcanzarlos. Yo hice mi parte y Dios la suya. Aprendí a conversar con Él y eso me ayudó a ordenar mis pensamientos, a descubrir aspectos de mí que desconocía y a comprender que la espiritualidad puede convertirse en un refugio incluso cuando todo parece perdido.
¿El proceso del perdón ha sido el más difícil?
Sin duda porque existe una pregunta muy complicada: ¿Cómo perdonas a alguien que ni siquiera conoces? Hasta el día de hoy no sé quiénes fueron las personas que hicieron esto y eso provocó que durante mucho tiempo dirigiera mi enojo hacia muchas partes: con quienes llevaban la investigación, con las autoridades, con el gobierno e, incluso, con la sociedad. Es una realidad dolorosa, pero aprendí que vivir permanentemente atrapado en esa frustración significaba seguir siendo prisionero.
Tenía nuevamente a mi familia y podía caminar libremente. ¿Iba a desperdiciar todo eso alimentando el odio? Decidí que no y con el paso de los años pienso cada vez menos en lo que ocurrió. Hay una frase de Carl Gustav Jung que me acompaña constantemente: “Yo no soy lo que me sucedió; soy lo que elegí ser”. Cuando la entendí profundamente, comprendí que buscar venganza habría significado permanecer secuestrado para siempre.

¿Quién es Alberto de la Fuente hoy?
Un padre de familia, un sobreviviente de secuestro y una persona convencida que su testimonio puede tocar otros corazones.
Durante 290 días me arrebataron la libertad. Nunca imaginé que, años después, mi historia serviría para recordarles a otros el valor de la suya.
Creo profundamente que cuando los sobrevivientes decidimos hablar, dejamos de poner el reflector sobre nosotros y comenzamos a iluminar un problema que nos involucra a todos.
Sigo siendo optimista y estoy convencido que somos muchos más los buenos que los malos, y mientras no perdamos esa convicción, siempre existirá la posibilidad de construir un país distinto.









