Karla MARTINEZ DE AGUILAR
Fotografías: Jorge Luis Plata
Entre capas de temple, encausto, escritura y memoria, la artista oaxaqueña Itzmalli Coca convierte la pintura en un territorio donde convergen el cuerpo, la emoción y las heridas que el tiempo transforma. Su más reciente exposición, Cartas a mi padre, es una conversación profunda con la ausencia, pero también un acto de reconciliación y reconocimiento personal.
Lejos de construirse desde el dolor inmóvil, esta muestra nace desde la necesidad de comunicar aquello que a veces no puede nombrarse con palabras. Cada obra es una carta abierta donde dialogan la infancia, la maternidad, la identidad femenina y la compleja relación con la figura paterna, desde un lenguaje visual cargado de simbolismo y sensibilidad.
Con una propuesta que desafía los estereotipos del arte oaxaqueño tradicional, Itzmalli ha encontrado en lo abstracto una forma honesta de abordar temas como la memoria corporal, la violencia, el abandono y la posibilidad de resignificar la propia historia. Su obra no solo interpela al espectador: lo invita a mirarse hacia adentro.
¿En qué momento descubriste que la pintura podía convertirse en una forma de pensamiento y una manera propia de nombrar lo vivido?
Creo que se fue dando poco a poco. La distancia hace que nuestras experiencias adquieran significado y nos permite encontrar el valor en el trayecto recorrido. Pero más allá de eso, los temas que me interesan siempre se entrelazan con la realidad, con las experiencias, con el contexto oaxaqueño, con lo que pasa en el entorno. Eso hace que lo vivido tome fuerza y también hace más poderosa una obra.
Esta exposición individual parece condensar muchos años de recorrido, no solo como artista, sino también como mujer y madre. ¿Qué experiencias han marcado ese camino que hoy desemboca en esta muestra?
Mi maternidad ha marcado profundamente este proceso. Recuerdo asistir a talleres llevando a mis hijos pequeños conmigo; ellos también formaron parte de mi aprendizaje. También recuerdo exposiciones importantes en las que concilié el trabajo artístico con la crianza. Esas experiencias me enseñaron que el arte no ocurre separado de la vida, por ejemplo, cuando expuse en el Museo de Historia Natural. Mi hijo todavía no tenía ni un año. Me fui con dos costales de maíz, una pañalera y un bebé. que, mientras yo trabajaba, gateaba dentro del museo. Al ver eso, una compañera me prestó un corral, y otras personas me acercaban lo que sabían que podía ayudarme.
Dios ha sido bueno conmigo y he encontrado personas que me han acompañado de una u otra forma y eso me ha hecho comprender que no estamos completamente solos, aunque a veces así lo sintamos.
En tu obra aparecen constantemente la memoria, el cuerpo y la emoción. ¿Cómo logras trasladar sentimientos tan profundamente humanos al lenguaje de la pintura?
El principal mecanismo es nuestra propia experiencia, cuando nos atraviesa. Uno de los temas recurrentes en mi trabajo es la identidad, la mujer, el feminismo. Recuerdo una vez que escuche una estadística sobre feminicidio y pensé en todas las mujeres que amo. Ese ejercicio volvió real algo que muchas veces permanece en cifras.
También me interesan las memorias que permanecen en el cuerpo. Hay experiencias que no recordamos con claridad, pero dejan una huella. Con el tiempo entendí que esos rastros se activan de maneras distintas y en mi caso aparecen en la pintura.
También me interesa poner atención en quienes defienden la naturaleza y el territorio. Aunque yo no haya vivido ciertas violencias considero que el arte puede abordarlas y abrir espacios de reflexión.

Como artista contemporánea en Oaxaca, y desde una propuesta que se aparta de los lenguajes tradicionales asociados al arte local, ¿cuáles han sido los principales desafíos para sostener tu voz propia en un lugar donde permea el folclor oaxaqueño?
El primer desafío es romper los estereotipos que existen por ser mujer. Detrás de mí hay un linaje de mujeres que no tuvieron la oportunidad de decidir libremente sobre su vida. No puedo ignorar ese esfuerzo, limpiaban casas durante el día y en la noche llegaban a pintar, yo también estuve ahí,Tal vez nunca vieron una de sus piezas en un museo, pero apostaron por seguir adelante.Una de las ideas centrales de una de las Cartas a mi Padre es que no he llegado sola. He llegado acompañada de mis ancestras y también por muchas personas que me han acompañado en el camino. También ha sido importante comprender que no necesariamente tengo que producir obra folclórica si no son mis temas.
Me interesa lo abstracto como estrategia para acercar al espectador a temar complejos como la violencia, la vunerabilidad humana y la memoria.
En este proyecto de Cartas a mi Padre estoy trabajando sobre capas de temple y encausto. Son memorias que van y vienen, que no están completamente construidas, que se forman a partir del recuerdo, pero también de cómo funciona la memoria misma.
Una de las cosas más fascinantes que descubrí en este proceso es que el cerebro nos miente.
Nuestros recuerdos son un tapiz hecho de experiencias, pero también de películas, de relatos que otros nos contaron, de emociones y todo esto hace que nuestra traducción de lo que paso se vuelva compleja. Especialmente en este proyecto, que habla sobre el padre y toca heridas como el abandono me pareció profundamente revelador que científicamente se nos abre la posibilidad de reconfigurar nuestra historia, resignificar los episodios que nos han herido durante mucho tiempo.

Cartas a mi Padre es un título profundamente evocador. ¿En qué momento nace la necesidad de convertir esa relación con tu padre en el eje de esta exposición? ¿Se trata de una historia íntimamente personal o también se construye a partir de otras memorias y experiencias compartidas?
Cartas a mi Padre ha sido un proyecto largo. El libro Libera tu magia de Elizabeth Gilbert habla que vivimos en un mundo de ideas y que las ideas nos eligen. También advierte algo muy interesante: que si tardas demasiado en hacerles caso, esas ideas pueden irse pues su objetivo es germinar en el mundo.
Creo que las ideas que me han encontrado han tenido mucha paciencia conmigo. Este proyecto lleva conmigo muchos años.
Tengo una pieza dentro de la exposición que habla sobre la defensa de la naturaleza, y esa pieza es de 2018. La he mostrado en distintos momentos importantes, como el año pasado, en una exposición en la Ex Hacienda San José dedicada al agua.
Pienso también en los grandes defensores que hemos perdido recientemente, en quienes han luchado por la tierra y ya no están, pero más allá de eso, creo que todos podemos volver, de una u otra forma, hacia el padre. Regresar a esa figura, re cablear nuestra historia, resignificarla.
Quizá ese sea un ejercicio que nos acompañe toda la vida donde todavía no está puesto el punto final y eso, en sí mismo, es una posibilidad.

¿Qué significa escribir una carta desde la pintura y no desde las palabras? ¿Qué puede decir el color o la materia que quizá el lenguaje verbal no alcanza a nombrar?
A veces tenemos tantas cosas que quisiéramos decir y a veces las personas a quienes quisiéramos decírselas ya no están en este mismo espacio, la pintura se ha convertido para mí en ese lenguaje: una forma de trasladar no solamente lo que yo necesito decir, sino también lo que muchos hemos pensado. Hay algo de memoria colectiva en todo esto.
Lo primero que hago es escribir dentro de los cuadros, ahí dialogo con mi padre. Quiero aclarar algo importante: este no es un proyecto que nazca desde la herida, es un proyecto que nace desde el anhelo. Y eso es justamente una carta: un puente entre dos seres.
Aunque mi obra toma la herida como punto de partida, busca transformarla.
Mi padre no quería que estudiara pintura y durante mucho tiempo pensé que existía un conflicto no resuelto alrededor de esa decisión. Con el tiempo entendí que no necesito borrar esa historia. Descubrí que él sigue presente en mí y que puedo dialogar con su memoria desde mi propio camino. La exposición nace de la nostalgia, del abandono y del amor, pero no permanece en esos lugares, busca la reconciliación.
También comprendí que la pintura funciona como un puente para hablar con mi padre sin necesidad de convertirme en arquitecta. Eso fue muy revelador por que me permitió entender que nunca estuve equivocada al elegir el arte. Con el peso del tiempo, la distancia modifica nuestra mirada. Las experiencias pierden peso y aparece una comprensión más amplia de quienes fueron nuestros padres.
La presencia del cuerpo es fundamental en este proyecto. Trabajé formatos grandes que exigían movimiento. Hay danza, desplazamiento y gesto. El cuerpo registra la herida, pero también registra la reconciliación con nuestras distintas versiones y las historias que cargamos.
Por ello esta exposición también es una invitación a reconciliarnos, a soltar aquello que nos duele y que muchas veces también nos distrae porque solo así podemos sostener grandes proyectos, pero también detenernos a sostener cosas pequeñas como una flor, un instante, la belleza efímera de esta vida.
Si llevamos ambas manos ocupadas cargando nuestra propia maleta, no nos queda espacio para tocar nada más y a veces no hace falta algo inmenso porque a veces basta con eso.

Tus piezas revelan muchas capas visibles y otras que intuimos. ¿Qué materiales y técnicas fueron esenciales para construir esta serie?
Desde el principio me ha gustado la alquimia dentro del arte. Me gusta preparar mis imprimaturas, tensar la tela, medir, tocar los materiales. Esta serie incorpora el temple, encausto, oleo pastel, escritura, códigos. El temple es una técnica antigua que dialoga con la memoria porque ha sobrevivido el paso del tiempo. También utilizo números que remiten a la arquitectura y a los sistemas de referencia presentes en los planos. La letra A aparece recurrente porque para mi representa el origen y al mismo tiempo alude al nombre de mi padre. Todo funciona a traves de capas: capas de color, me materia, de escritura y de memoria.
¿La exposición está pensada como un recorrido cronológico, emocional o simbólico?
Es un recorrido emocional y simbólico, pero no cronológico porque nuestro crecimiento tampoco es lineal. A veces creemos que la vida debería funcionar así: terminas una etapa y esperas automáticamente el siguiente paso, pero no siempre sucede. Muchas veces retrocedemos, volvemos sobre ciertos episodios y los resignificamos y creo que esta exposición también se mueve de esa manera, como se mueve la memoria, como se mueve el corazón. Hay piezas que hablan sobre florecer incluso en medio de etapas muy difíciles. También hay obras que abordan experiencias familiares y emociones compartidas entre padres e hijos. La exposición es una conversación sobre aquello que nos duele, pero también sobre la posibilidad de transformarlo.
¿Qué significa hoy para ti pintar?
Un gran privilegio y una gran responsabilidad. Durante mucho tiempo me cuestioné si había tomado la decisión correcta al no seguir el mismo camino profesional que mi padre. Hoy entiendo que el arte y la encuadernación me han dado alegrías profundas que no tienen que ver con el dinero ni la fama, si no con la experiencia de sentirse vivo y ver que nuestro lenguaje va encontrando su camino es una alegría inmensa.
¿Quién es Itzmalli Coca el día de hoy?
Itzmalli es una mujer que ha pasado los últimos años aprendiendo a no abandonarse a sí misma. Mi obra habla de oro, de fuego, de semillas, de montañas, de palmeras resistentes al viento. Pero cada vez me parece más evidente que esos elementos no hablan solamente del mundo: hablan de mi manera de permanecer, soy una mujer que convirtió la resiliencia en un lenguaje visual, la itzmalli de hoy no intenta llegar, intenta habitar. Habitar su historia, su nombre, el vacío que dejo mi padre, habitar su fé, habitar la contradicción entre la fragilidad y la fuerza. Habitar la pintura que ya no necesita demostrar nada para existir, y si tuviera que decirlo en una sola frase diría Itzmalli es una mujer que aprendió a transformar la intemperie en un hogar.
Háblanos de tres influencias en tu vida que te han marcado
Uno es Oswaldo Guayasamín, pintor y dibujante ecuatoriano que trabajaba mucho con el dolor y la vulnerabilidad de los pueblos. El segundo es Jenny Saville, pintora inglesa, conocida principalmente por sus monumentales cuadros de desnudo femenino. El tercero, es mi padre, el cual me dijo cuando no lograba mandar unas piezas a Turquía, que las mejores oportunidades llegan en el peor momento.








