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María José MARTINEZ DE AGUILAR*

QUERÉTARO, QRO.- Nacida en el Reino Unido en 1917, Leonora Carrington fue rebelde desde temprana edad y poseedora de un espíritu artístico que la convertiría en una de las máximas exponentes del surrealismo.

Haber nacido en el seno de una familia adinerada y bajo las estrictas exigencias de los protocolos sociales hizo que su rebeldía se manifestara con mayor fuerza. Fue expulsada de dos conventos y llegó a ser considerada imposible de educar.

En 1936 inició su formación artística y, un año después, escapó con Max Ernst, una decisión que marcaría profundamente su vida y su carrera. Gracias a ello conoció a grandes figuras del movimiento surrealista, como André Breton y Salvador Dalí, en París.

Su vida en Europa estuvo marcada por episodios turbulentos. Fue internada en un sanatorio mental en Santander tras sufrir una violación tumultuaria y un colapso nervioso provocado por la captura de Ernst por parte de los nazis. Durante su estancia, los médicos llegaron a cuestionar si su “visión surrealista de la vida” formaba parte de un diagnóstico de psicosis marginal.

En 1942 se estableció en México para escapar tanto del control de su padre como de la guerra. Aquí se integró a la comunidad de artistas refugiados y forjó una profunda amistad con Remedios Varo, Benjamin Péret y Kati Horna.

Todas estas vivencias quedaron plasmadas y reinterpretadas en su obra como una forma de exorcizar y sanar heridas. Su universo onírico, poblado por figuras que evocan experiencias vividas y mundos que parecen existir más allá de nuestra realidad, se entrelaza con cuentos, mitologías de distintas culturas -entre ellas la celta y la mexicana- y escenas que podrían formar parte de la vida cotidiana.

Esta experiencia inmersiva, realizada en colaboración con el Consejo Leonora Carrington, Cocolab y el Centro de las Artes Inmersivas, presenta doce de sus esculturas más emblemáticas, además de una sala dedicada al tarot.

La muestra reúne obras creadas durante los últimos años de su vida, sin dejar de lado momentos clave de sus inicios y de su historia personal, permitiendo comprender mejor tanto a la artista como a la mujer.

El recorrido comienza con una semblanza de Leonora, acompañada de bocetos y algunas de sus obras más representativas, que funcionan como antesala para sumergirse en un laberinto donde cada escultura posee una ambientación propia. La iluminación cambia constantemente y hasta las texturas parecen transformarse con cada paso.

No existe un camino establecido para recorrer el laberinto. Uno se deja llevar por la intuición para descubrir cada espacio, guiado únicamente por un pequeño “Mapa de lo Invisible”, que describe cada pieza y las inspiraciones de su creadora.

La exposición incluye una sala dedicada al tarot y un laberinto con doce esculturas de bronce que despertaron mi admiración al descubrir que muchas de ellas fueron creadas entre 2010 y 2011, poco antes de su fallecimiento.

Mi primera parada fue en el centro del laberinto, donde me encontré con la Serpiente Voladora. Esta figura de dos rostros representa la dualidad y la capacidad de habitar distintas realidades al mismo tiempo. Se trata de una serpiente con alas de ave cuya parte posterior revela un rostro humanoide con pies, capaz de percibir aquello que la serpiente y el pájaro no logran comprender, y viceversa.

La pieza me recordó inmediatamente a Quetzalcóatl: la serpiente como símbolo de la divinidad y de aquello que habita en lo sublime, mientras que el rostro humano evoca al dios emplumado que necesita experimentar la condición humana para comprender nuestras emociones y la vida terrenal.

Para continuar el recorrido era necesario elegir entre dos misteriosas puertas que conducían a la siguiente sección. Ahí me recibió el Gato sin Botas, una imponente figura con manos y pies humanos que parece habitar dos dimensiones simultáneamente, desempeñando el papel de protector y cazador. En este espacio, la luz se desvanece lentamente para después volver a iluminar la escultura.

Más adelante aparece La Dragonesa. Al observarla con detenimiento, se descubre que representa a una niña sosteniendo un pequeño dragón entre sus manos. Es la única obra que no muestra una fusión evidente entre personajes, pues ambas figuras permanecen separadas. Quizá Leonora buscaba que el espectador descifrara por sí mismo su significado. Ese es precisamente el gran misterio de La Dragonesa, envuelta en humo y acompañada por una delicada lluvia de luces.

La sección que más llamó mi atención fue la dedicada al tarot. Los arcanos aparecen representados, en ocasiones, por figuras andróginas; predominan las presencias femeninas y las tonalidades monocromáticas que, gracias a la iluminación ultravioleta, generan el efecto de que las imágenes emergen de las propias cartas.

En el centro de la sala se encontraba una escultura semejante a una fuente, de la cual sobresalían varias manos con las que era posible interactuar. Al presionarlas durante unos segundos, una carta del tarot era entregada al visitante junto con un mensaje que parecía llegar de manera casi mágica.

Me quedaron salas por recorrer, pero haber tenido la fortuna de visitar esta exposición me permitió apreciar el arte y la historia de Leonora desde una perspectiva completamente distinta.

 

*Viajera de corazón, amante del buen comer, beber y de los perritos.

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