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Claudia SAGREDO*

CDMX.- Estoy segura de que, a tu paso por los museos, todos nos hemos hecho la misma pregunta ¿Quién decidió que esto era una obra? Que va más allá quién pintó una obra ni cuánto vale una pieza o de ¿cuántas veces han vandalizado esa pieza?

Porque entre las porcelanas imperiales, los tapices flamencos y las pinturas de los grandes maestros, aparecen objetos que parecen haber llegado por error, aquellos que ray

an entre lo morboso y lo maravilloso: Un preservativo, un pedazo de pan, un zapato gastado, una nota adhesiva o un tostador.

Y entonces uno se da cuenta de que los museos no son únicamente lugares donde se conserva lo extraordinario; son espacios donde aprendemos que lo cotidiano también puede convertirse en patrimonio, que aquello que se observa en un periodo histórico social nos permite conocer la conversación de toda una sociedad.

Sin duda, secreto de coleccionista. Recordemos que mucho antes de que existieran los museos públicos, los gabinetes de curiosidades reunían fósiles junto a relojes, corales, autómatas, piedras, instrumentos científicos y criaturas que parecían imposibles. No existía una frontera entre arte, ciencia y naturaleza. Lo único que importaba era la capacidad de un objeto para despertar asombro.

El coleccionismo nació menos como un ejercicio de acumulación y más como una forma de explicar el mundo.

Quizá por eso resulta tan fascinante que el Rijksmuseum haya incorporado recientemente a su colección un preservativo fabricado alrededor de 1830. Elaborado con intestino de oveja y decorado con un grabado satírico, la pieza podría parecer una simple extravagancia. Pero en realidad habla de sexualidad, de medicina, de comercio, de humor y de las costumbres de una sociedad que pocas veces aparece retratada en los grandes lienzos. Un objeto diminuto que termina contando una historia enorme.

Algo parecido sucede en el Museo Arqueológico Nacional de Nápoles, donde se conserva un pan carbonizado recuperado de Pompeya. Lo que vemos no es solamente un alimento de hace casi dos mil años. Es el desayuno interrumpido de una ciudad. Es una evidencia silenciosa de que la historia también se construye a partir de los gestos más cotidianos.

En Estocolmo, el Vasa Museum exhibe un sencillo zapato de cuero recuperado del barco que se hundió en 1628. No perteneció a un rey ni a un capitán. Perteneció a alguien cuyo nombre nunca conoceremos. Sin embargo, ese pequeño objeto tiene la capacidad de acercarnos más a la tripulación que cualquier documento oficial.

Incluso los museos de diseño han entendido que el patrimonio no siempre nace con vocación de museo. El primer mouse de Apple, una silla de plástico o una nota Post-it fueron concebidos para resolver problemas cotidianos. Décadas después, esos objetos explican revoluciones tecnológicas, sociales y culturales con la misma claridad que una pintura explica una época.

Tal vez esa sea una de las lecciones más hermosas del coleccionismo de que los museos no conservan únicamente aquello que es bello… si no preservan aquello que es significativo.

Porque el valor de un objeto rara vez está en el material del que fue hecho. Está en la conversación que es capaz de iniciar siglos después.

Quizá por eso los objetos más peculiares suelen ser también los más memorables. No porque sean extravagantes, sino porque nos obligan a mirar de nuevo aquello que creíamos conocer.

Y esa, después de todo, es una de las funciones más bonitas de un museo: hacer extraordinario lo cotidiano.

 

*Especialista en procuración de fondos y relaciones públicas para instituciones culturales.

 

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