Compartir

Lalo PLASCENCIA*

El término contingencia se refiere a una característica que depende de las circunstancias, que puede ser o no ser, que no es necesaria ni inevitable. Tampoco es inherente a la sustancia porque aparece y se modifica voluntaria o involuntariamente. Puede ser un síntoma del contexto psicoemocional personal dispuesto a ser interpretado. Entonces, el humano es una colección de contingencias narradas en clave moral, teórica o material. La suma de contingencias individuales no necesariamente resulta en una social, pero sí advierte rutas por las que el colectivo podría regenerar patrones de comportamiento o reconstituir paradigmas que alteren su presente o futuro. Del concepto hipocresía poco queda que ampliar, solo que en los tiempos de la posverdad contiene a la simulación como verdad atravesada por las narrativas digitales. También se puede ser hipócrita con uno mismo, en modo autoengaño, como vivir en una ilusión diseñada para el consumo como fin último posmoderno. Es también una sumatoria de mentiras que reconfigura la realidad donde los autoengañados, los hipócritas contingentes, modifican sus perspectivas de acuerdo al interés pragmático del que son víctimas y victimarios. Autoengañarse en la era del homo instagrameabilis es la mejor de las mentiras, una capaz de falsificarse a sí misma para seguir existiendo.

Como ejercicio crítico conviene organizar la colección de ejecutores de hipocresías contingentes a la usanza de un bestiario medieval. Nomenclaturas propias del Diccionario del Diablo, de Ambrose Bierce, que conformarían el pandemónium culinario actual. Una caracterización que podría ser a la vez cédula de identidad profesional y piezas de un nuevo tarot monstruoso que deambule entre los arquetipos de Carl Jung y las revelaciones simbólicas de Leonora Carrington. Aquí las primeras entregas que serán ampliadas en sucesivos textos y espacios editoriales:

  • El héroe inmolado.

Qué conveniente resulta renunciar a un privilegio tras habitar lo deseado, de disfrutar las mieles del triunfo. El que decide dar un paso al frente para criticar al sistema, después de que su estancia le significó bienes culturales y económicos, adquiere un halo de valentía distintivo en tiempos dominados por la pusilanimidad. Es sacar un ala del fango sin pretender echarse a volar.

Quien sale voluntariamente de ese sistema, a sabiendas de los perniciosos costos de su partida, se transforma en un ídolo de adoración más no de emulación, se gana el aplauso tímido de quienes quieren lo mismo, pero no pueden conseguirlo y la admiración de aquellos cuyas personalidades no han sabido inclinarse ante la tiranía hegemónica que les privilegiaría tras su arrodillamiento.

Después de renunciar al Olimpo, ese ser se vuelve protohéroe de los ambiciosos fallidos, los críticos rencorosos, los enemigos del sistema, los falsos profetas y líderes fariseos en modo revolucionarios de sofá que lo contemplan como caudillo para destruir los límites del statu quo e imponer los suyos. ¡Qué delicia convertirse en líder de la supuesta resistencia después de haberse dejado seducir hasta el asco por las bacanales que lo glorificaron! Todo muy bien cuando de instintos revolucionarios se trata, pero hasta Napoleón se convirtió en emperador después del triunfo liberador, fraternal e igualitario.

Abandonar la cima de un gremio cuando el éxito se convierte en un lastre para la salud personal es de obligación ética, por lo que se comprendería como una búsqueda de la verdad en términos desinteresados. Pero la imperfección humana es constante, y hasta las buenas voluntades se corrompen. Quien convierte su acto heroico en un producto mercantil es más perverso que héroe, y su espíritu queda esclavizado por los intereses a los que sirvió. Quien renuncia desde la libertad debiera hacerlo sin promover su acto como decisión virtuosa, solo así podría combatir aquello que lo llevó a alejarse del bienestar ilusorio.

Pero nadie es Ícaro ni Prometeo por bien propio, porque aunque la gloria que le sigue al acto de renuncia sea un aparente síntoma de bondad, en realidad es evidencia del ego reprimido en busca de nuevas formas de alimentarse, crecer y alejarse del bien. El camino del infierno está empedrado de buenas intenciones, y las piedras son las voluntades hipócritas de quienes pretendieron cambiar a sabiendas de que en el paraíso de los exitosos nada cambiará. Lo mejor para ese seudo héroe sería sacrificarse en la ignominia, silenciar su ambición y no volver a pisar la tierra que alguna vez cosechó desde su ego lastimado.


  • El ingenuo embaucador.

Una figura previa al héroe inmolado, acaso porque se siente cómodo deambulando en las antesalas del Edén al que probablemente pertenece pero sin el mismo poder que el héroe encumbrado dispuesto a inmolarse. Es una figura por demás hipócrita, retorcida, que sin renunciar jamás a los beneficios de pertenecer a ciertos círculos de poder va por la vida exigiendo que los poderes que lo constituyen como figura influyente le dejen en paz para poderse dedicar a lo que supuestamente está destinado a ser. “¡No nos pidan cambiar al mundo, no nos exijan hacer investigación, no pidan que salvemos un producto. Sólo queremos dedicarnos a lo que amamos!”. Cocinar para hacer felices a otros, dicen, cuando sus negocios son abarrotados por las élites que los buscan precisamente porque están consagrados como los salvadores de una sociedad en decadencia. Si bien la responsabilidad en su definición es secundaria porque es impuesta por los grupos que controlan los destinos mercantiles de la gastronomía, no son inocentes. Su problema radica en no haberse definido a tiempo, en su cobardía ante las imposiciones externas. Su papel es menos peligroso que el de otros, pero en su medianía radica su perversidad.

Continuará…

*Lalo Plascencia. Chef e investigador gastronómico mexicano. Fundador de CIGMexico dedicado a la innovación en cocina mexicana. El conocimiento lo comparto en consultorías, asesorías, conferencias y masterclass alrededor del mundo. Informes y contrataciones en www.elcig.mx