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Alexandra MARTINEZ DE AGUILAR*

Como deportista, recuerdo que, a las cinco de la mañana, cuando todavía dormía la mayor parte de la población, yo ya estaba rumbo a mi entrenamiento; fui una nadadora enfocada en alto rendimiento en una de las mejores épocas que la natación oaxaqueña tuvo bajo la tutela de mi querido entrenador de vida Israel Antonio Infante.

Recuerdo que en aquellos momentos rumbo a la alberca no había aplausos, ni cámaras, pero sí había frío, sueño, dos mochilas preparadas desde la noche anterior (la de natación que incluía el uniforme escolar y la de la escuela) y un cuerpo que todavía me pedía unas horas más de descanso.

Conozco bien el momento en que uno aprende a levantarse aunque el cuerpo diga que no, el ardor de ojos por el cloro que entraba en los goggles, el cuerpo envarado y esa sensación de no querer entrar al agua cuando todavía no termina de amanecer. Desde afuera, entrenar parece sencillo, pero desde adentro, es otra historia.

Un atleta de alto rendimiento no entrena solamente cuando está en la pista, la alberca, el gimnasio, el tatami o el campo. Entrena cuando cuida lo que come y piensa, cuando mide sus horas de sueño, cuando renuncia a una salida, cuando se pierde eventos familiares, cuando viaja durante horas para competir, cuando estudia o trabaja alrededor de un calendario deportivo que no perdona.

Dependiendo de la disciplina y de la etapa de preparación, pueden acumularse jornadas que convierten el deporte prácticamente en un trabajo de tiempo completo: veinte, veinticinco o hasta treinta horas semanales de entrenamiento no son una exageración para quien persigue el alto rendimiento.

Después de esas horas viene lo que casi nadie ve: buscar dinero para seguir entrenando. En México existen becas y apoyos institucionales para atletas con resultados destacados. La propia CONADE contempla becas económicas para deportistas de alto rendimiento y, para 2026, anunció un programa que plantea beneficiar a más de 10 mil atletas, además de ofrecer becas, material deportivo, servicios de alimentación, hospedaje, instalaciones y atención médica.

Pero una cosa es que existan mecanismos de apoyo y otra muy distinta que la vida cotidiana de cada deportista quede resuelta porque competir cuesta y cada vez es más caro. Cuestan los viajes, las inscripciones, el equipo, los uniformes, los suplementos cuando son necesarios, las terapias, las consultas, la recuperación.

En algunas disciplinas también cuesta viajar a concentraciones, conseguir instalaciones adecuadas o pagar entrenadores especializados y cuando el dinero no alcanza, muchas veces aparece la familia, los amigos, los patrocinadores, las rifas, las ventas de productos y cualquier cosa que permita reunir lo necesario para llegar a la siguiente competencia. El atleta tiene que aprender a financiar su propio camino.

Y luego están las lesiones. Cuando falla una parte del cuerpo, el cronómetro no se detiene. La competencia sigue en el calendario y la clasificación sigue esperando.

En abril de 2026, la Secretaría de Salud y la CONADE anunciaron una alianza para fortalecer la prevención y atención de lesiones en atletas de alto rendimiento, con énfasis en investigación, formación médica y atención integral. Es un paso importante, pero el atleta necesita atención médica especializada no solamente cuando gana una medalla, sino durante todo el proceso que lo lleva hasta ella porque lesionarse puede significar perder una competencia, una beca, una clasificación, meses de preparación y, para algunos, perder ingresos.

Además, representar a México y a tu estado, pesa. Pesa cuando estás parado detrás del banco de salida y escuchas tu nombre. Pesa cuando miras el uniforme con la bandera en el pecho. Pesa cuando sabes que detrás de ti están tus padres, tu entrenador, tu equipo y todos los que ayudaron a que llegaras hasta ahí. Y pesa todavía más cuando sabes todo lo que dejaste en el camino (incluyendo dejar un poco de lado tus estudios) y que la edad es un factor que condiciona tu rendimiento; ahí es cuando también entra en juego la salud mental.

Tener un acompañamiento profesional y una red de apoyo es indispensable para lidiar con el miedo, la frustración, el cansancio, la incertidumbre y la presión; por eso, una medalla nunca pesa lo mismo para quien la mira desde una tribuna que para quien la lleva al cuello.

Recuerdo perfectamente todo lo que les describí anteriormente aunque mi participación como deportista de alto rendimiento culminó en la universidad cuando tuve que abandonar, a mediados de la carrera,  al equipo representativo de la universidad.

Le agradezco profundamente a mi madre el habernos metido a mis hermanas y a mí a clases de natación —con Israel y sus hermanos Óscar y Vladimir— en el entonces Club Deportivo Brenamiel y en el Centro de Instrucción Física y Natación de Oaxaca (CINO). Mi reconocimiento absoluto a ellos por su paciencia y amor a la disciplina.

Y también, a los centros acuáticos que le abrieron el espacio a Israel y sus pupilos (porque nos movíamos como familia buscando siempre el mejor lugar para entrenar) como lo fueron la Acuática Robles Ríos y a Acuarela Escuela de Natación.

Hoy, esas horas que entrené se reflejan en medallas y trofeos, en fotos de diversas competencias a las que fui, y en amigos que hice dentro y fuera del país, pero sobre todo, son el recordatorio que la natación me forjó como una persona resiliente.

 

*Lic. en Ciencias Políticas interesada en aprender continuamente de todo y de todos.

 

 

 

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