Milka IBÁÑEZ*
CDMX.-En un futuro no tan lejano, la contaminación ha provocado que la tasa de infertilidad crezca de manera desmedida. Con la promesa de salvar a la humanidad, un movimiento ultraconservador toma el poder en Estados Unidos e instaura Gilead: una dictadura sostenida por un nacionalismo religioso extremo. La sociedad queda dividida en clases inamovibles; las mujeres pierden sus derechos económicos, políticos y físicos, y las fértiles son convertidas en Criadas, cuerpos destinados a gestar a los hijos de los comandantes.
Todo ocurre bajo la excusa de los mandatos de un Dios que todo lo ve. Pero detrás de la ceremonia solamente se esconden los privilegios de los hombres que controlan el sistema. En ese mundo conocemos a June Osborne, llamada Offred al ser asignada a la casa del comandante Fred Waterford y de Serena Joy, una pareja que contribuyó a fundar el régimen. Mientras intenta sobrevivir, June busca reunirse con su hija Hannah, arrebatada para ser criada por otra familia poderosa.

Visualmente, la serie es sorprendente. Su fotografía remite a pinturas del siglo XVII: la luz se cuela por las ventanas y cada color habla del poder, la pasión, la sangre o la sumisión. La coreografía entre extras y actores con la cámara resulta hipnótica, con un peso brutal en significados. Es desconcertante que una historia tan oscura pueda verse tan hermosa; en esa contradicción reside su fuerza.
El cuento de la criada atrapa porque su ficción está construida con realidades. Margaret Atwood, la autora de la novela “The Handmaid’s Tale”, ha explicado que no incorporó prácticas sin antecedentes históricos, y eso se siente en el miedo de no confiar siquiera en quien comparte tu casa, en la pérdida gradual de derechos y en el exilio. Sus personajes son seres humanos en modo de supervivencia. Serena vive desde el privilegio hasta descubrir que este termina donde comienza su condición de mujer y que el sistema que ayudó a levantar jamás reconocerá su poder.

Por eso la serie inquieta al mirar nuestro presente. Influencers como Andrew y Tristan Tate, acusados en distintos procesos por delitos sexuales y trata, continúan como referentes de una supuesta masculinidad alfa. También aparecen discursos que piden devolver obligatoriamente a las mujeres al hogar o ceder el voto individual a una persona por familia; sin olvidar a los regímenes teocráticos que utilizan la religión para controlar la vida femenina. Y no hace falta ir tan lejos: ¿cuántas veces, en nuestros círculos sociales, una mujer es reducida a “loca” o a objeto sexual, entre otras frases dichas de manera muy natural, casi sin reflexionar el peso de sus palabras?
La serie también habla de la fuerza de una madre, del poder de la familia y de lo que ocurre después de escapar. Sobrevivir no termina al cruzar una frontera: después hay que comprender, sanar y seguir luchando. Sin romantizar el dolor, la historia sostiene que el amor y los vínculos pueden resistir a una dictadura.
El cuento de la criada no es solamente una serie para entretener, es una advertencia sobre los focos rojos que debemos reconocer y sobre cómo los sistemas totalitarios avanzan hasta instalarse en la vida cotidiana. Es una serie para recordar, para no repetir, para valorar nuestra libertad y luchar por conservarla. Contenidos así se cuentan con los dedos y siento es muy importante verlos para reflexionar sobre lo que vivimos. Sus seis temporadas están disponibles en Netflix y de ahí veremos “El Testamento”…la lucha continuará.

*Oaxaqueña, productora de cine, gestora cultural y directora del Festival Internacional de Cine y Comedia 24 Risas por Segundo.








