Claudia SAGREDO*
CDMX.- Existe un tipo de persona que está convencida de que no le gustan los museos.
Lo dice con absoluta seguridad. Como quien afirma que no le gusta correr, madrugar o comer aceitunas. “Uy no, qué flojera”. “Yo no entiendo el arte”. “Seguro me aburro”. “Eso es para gente intelectual”.
Y, sin embargo, esa misma persona puede pasar cuarenta minutos haciendo fila para entrar a una experiencia inmersiva de Van Gogh, emocionarse viendo la arquitectura de un hotel en TikTok o perder completamente la cabeza dentro de una tienda de diseño japonés.
La contradicción es fascinante, porque quizá el problema nunca fueron los museos. Quizá solo crecimos pensando que eran para alguien más… para aquellos que pertenecen a un nicho intelectual, para quienes pagan una suscripción a Mubi o van religiosamente a la Cineteca.

Y en parte, sí es culpa de los recintos. Durante muchos años, los museos fueron presentados como lugares silenciosos donde uno debía comportarse correctamente. Había reglas invisibles: caminar despacio, hablar bajito, no tocar nada y, sobre todo, entender. Espacios alejados de la cotidianidad, donde parecía que entrar requería preparación previa, como si hubiera un examen invisible que determina quién pertenece al mundo cultural y quién no.
Pero algo empezó a cambiar. Los museos comenzaron a competir contra Netflix, TikTok, conciertos, restaurantes temáticos, centros comerciales y experiencias inmersivas. Y cuando la atención se convirtió en la moneda más valiosa del mundo, entendieron que ya no podían limitarse a existir. La estrategia de ser altaneros e inalcanzables como aquel rockstar de moda dejó de funcionar. Ahora tenían que seducir, atraer, captar y retener. Empezaron a pensar en marketing, customer journey, visual merchandising, ecommerce y todas esas palabras antes prohibidas en el arte.

Porque, en mi opinión, nadie se enamora de un museo después de leer un ensayo académico sobre museografía contemporánea. La gente se enamora porque un lugar le hizo sentir algo. Belleza, nostalgia, curiosidad, paz, miedo o incluso incomodidad.
Por ejemplo. el Rijksmuseum convirtió la restauración de “La ronda de noche” en un espectáculo abierto al público. La gente no solo veía el resultado final; podía observar el proceso detrás de enormes muros de cristal. Entendieron algo fundamental: nos fascina mirar el backstage de las cosas. Ya no basta con enseñar el objeto terminado; queremos entender cómo se hace, cómo se cuida, cómo respira una institución cultural por dentro.

Algunos que entendieron el poder absoluto de la fotografía. Y no desde la banalidad de la selfie, sino desde algo más profundo: documentar nuestra existencia dentro de los espacios culturales. Las infinity rooms de Yayoi Kusama se volvieron uno de los fenómenos museísticos más importantes de los últimos años porque convierten al visitante en protagonista visual de la obra. La gente no quiere únicamente observar belleza; quiere habitarla, aunque sea por treinta segundos.
Durante mucho tiempo el mundo cultural vio con sospecha cualquier cosa que oliera a espectáculo, como si la diversión automáticamente volviera superficial una experiencia artística. Pero quizá el error fue asumir que profundidad y disfrute no podían coexistir.
Hoy una exposición no compite únicamente con otra exposición. Compite con un Reel perfectamente editado, con una serie de Netflix, con una cafetería aesthetic, con un concierto o con quedarse acostado viendo videos durante tres horas.
Y sí, puede sonar extraño hablar de “experiencia de usuario” dentro de una institución cultural, pero justamente ahí está el cambio de paradigma. Los museos dejaron de pensar únicamente como guardianes de patrimonio y comenzaron a actuar también como espacios de hospitalidad cultural.
Porque todos hemos vivido esa sensación rarísima de entrar a ciertos museos y sentir inmediatamente que estorbamos.
Pero al final del día, habitar los museos es un acto social ¿o no?

*Especialista en procuración de fondos y relaciones públicas para instituciones cult








