Claudia SAGREDO*
CDMX.- Hay algo fascinante en observar cómo los museos descubren artistas. No me refiero a los artistas emergentes ni a las promesas contemporáneas que aparecen en bienales, ferias o galerías. Hablo de esos casos extraños donde una artista lleva cien años muerta, dejando cientos de obras terminadas y, de pronto, una institución cultural decide que acaba de encontrar un tesoro escondido o, mejor dicho, que ahora le quiere dar voz a las artistas olvidadas, como con Hilma af Klint.

Y quizá ahí comienza lo interesante porque los museos suelen presentarse como guardianes de la memoria colectiva, aunque en realidad también funcionan como editores de la historia. Seleccionan qué nombres merecen una sala permanente, cuáles protagonizan exposiciones internacionales y cuáles permanecen esperando décadas para ser vistos. Durante mucho tiempo, la historia de la abstracción parecía escrita con tinta indeleble, entonces apareció Hilma af Klint para recordarnos que incluso los museos pueden equivocarse.
Durante décadas, la historia oficial del arte moderno nos contó un relato bastante ordenado. La abstracción nació con Kandinsky, evolucionó con Mondrian, se consolidó con Malevich y desde ahí se desplegó hacia el siglo XX. Era una historia elegante, fácil de explicar, pero el problema es que Hilma af Klint ya estaba pintando enormes composiciones abstractas varios años antes de que aquellos nombres comenzaran a experimentar con formas similares. Y, sin embargo, casi nadie hablaba de ella.

La pregunta resulta inevitable. ¿Cómo una artista capaz de producir más de mil obras pudo permanecer fuera de las grandes narrativas museísticas durante tanto tiempo? La respuesta es incómoda porque rara vez existe una sola razón: desde el hecho que es previa a la corriente artística hasta que es por ser mujer. Lo hemos visto en los últimos años con exposiciones como “las invitadas” de Prado por no decir “las olvidadas”.
También trabajaba lejos de los principales circuitos artísticos europeos. Sus intereses estaban profundamente ligados a la espiritualidad, la teosofía y el esoterismo, y para rematar, dejó instrucciones para que buena parte de su producción no se exhibiera hasta después de su muerte.
Era como si hubiera sido diseñada para incomodar a la historia del arte.
Lo curioso es que sus pinturas no tienen nada de discretas. Basta observar series como The Ten Largest o The Paintings for the Temple para encontrarse frente a universos visuales inmensos. Espirales, flores, letras, símbolos, geometrías imposibles y formas orgánicas conviven en composiciones que parecen mensajes llegados desde otra dimensión. Hay algo profundamente contemporáneo en ellas, algo que dialoga con el surrealismo mucho antes que el surrealismo existiera como movimiento, como si Hilma hubiera decidido pintar aquello que ocurre entre los sueños, la intuición y lo invisible, y a color. Quizá ahí radicó el problema.
Nos es más fácil ordenar el mundo para poder contarlo: renacimiento, barroco, impresionismo, surrealismo y arte conceptual, pero Hilma af Klint parece escaparse constantemente de esas etiquetas. Sus obras dialogan con la ciencia, la filosofía, la religión, la naturaleza y lo espiritual al mismo tiempo. Son piezas que no encajan cómodamente en un solo cajón curatorial.

Durante años eso jugó en su contra, hasta que ocurrió algo interesante, las instituciones comenzaron a preguntarse quiénes habían quedado fuera del relato, no solo mujeres artistas, sino también creadoras cuyas trayectorias cuestionaban las certezas sobre las que se construyó la historia del arte moderno. Entonces Hilma reapareció.
El Guggenheim de Nueva York la convirtió en un fenómeno internacional. El Moderna Museet de Estocolmo impulsó nuevas investigaciones. Otros grandes recintos comenzaron a incorporar su obra y, de repente, una artista prácticamente desconocida se transformó en una de las figuras más comentadas del mundo cultural.
Cuando una institución recupera una figura olvidada no está únicamente mirando hacia el pasado; también está redefiniendo el presente.
Lo más hermoso del caso de Hilma af Klint es que obliga a desconfiar de las versiones definitivas. Nos recuerda que la historia del arte nunca está terminada, que todavía existen nombres esperando ser redescubiertos entre archivos, depósitos y colecciones.
Quizá por eso sus pinturas siguen resultando tan poderosas. No porque anticipan la abstracción, sino porque nos recuerdan algo mucho más importante: incluso los museos pueden llegar tarde a una gran historia.
Y pocas cosas son tan fascinantes como verlos intentar ponerse al día. O ¿tú qué piensas?

* Especialista en procuración de fondos y relaciones públicas para instituciones culturales.








