Karla MARTINEZ DE AGUILAR
CDMX.-Durante casi tres décadas, Francesco Taboada Tabone ha dirigido su cámara hacia personajes, comunidades e historias que el tiempo parecía borrar. Emiliano Zapata, Pancho Villa, los pueblos originarios, la defensa del territorio, Germán Valdés “Tintán” y ahora Sergio Méndez Arceo forman parte de una misma búsqueda: rescatar la memoria para comprender el presente.
Cada película que realiza nace de una investigación profunda y de una convicción personal: las historias no pertenecen únicamente a los archivos, sino a las personas que las vivieron y que todavía pueden transmitirlas a través de la palabra. Por ello, sus documentales encuentran en la tradición oral uno de sus mayores pilares y convierten el testimonio en una herramienta para reconstruir la identidad colectiva.
A través de la figura de Sergio Méndez Arceo -uno de los mayores impulsores de la teología de la liberación en México- en su más reciente película llamada Obispo Rojo, el cineasta invita a reflexionar sobre el poder transformador de las ideas, la fe y el compromiso social.

Has dedicado casi tres décadas al cine documental. ¿Qué hilo conductor une las historias que has contado?
Son películas militantes que buscan revitalizar ideas y despertar conciencia, pero siempre a partir de la identidad y de la memoria de los pueblos.
Uno de los primeros proyectos fue Los últimos zapatistas, documental que realicé entre 1998 y el año 2002. Tuve la oportunidad de entrevistar a veteranos que combatieron junto a Emiliano Zapata y esa experiencia terminó transformando la manera en que entendíamos el cine documental en México.
Posteriormente filmé Pancho Villa, la Revolución no ha terminado (2006) construida también a partir de los testimonios de personas que conocieron al general Francisco Villa. Más adelante llegó Trece pueblos en defensa del agua, el aire y la tierra (2007), donde retraté la lucha de comunidades nahuahablantes de Morelos por proteger sus recursos naturales frente al avance de la urbanización y de un modelo de desarrollo que amenazaba su territorio.
Después dirigí Tintán (2009), biografía dedicada a Germán Valdés y a su enorme legado dentro de la Época de Oro del cine mexicano. A ella siguió Maguey (2014), hablada en hñähñu y construida desde la cosmovisión de los pueblos otomíes del Valle del Mezquital, en Hidalgo. Mi película más reciente es Obispo Rojo, dedicado a Sergio Méndez Arceo, referente de la teología de la liberación en México y que resume muchas de las inquietudes que han acompañado mi trabajo a lo largo de estos años.

¿Por qué decidiste dedicar una película a Sergio Méndez Arceo?
Porque Obispo Rojo recupera una historia que permanecía olvidada, escondida, casi prohibida, por eso sentí la necesidad de contarla. La película se construye en tres dimensiones: la histórica, que explica los acontecimientos tal como ocurrieron; la dimensión política, que permite comprender las ideas que impulsaron una profunda transformación social; y la dimensión espiritual, que atraviesa toda la narración y que está estrechamente vinculada con la manera en que entendemos la fe en América Latina.
Don Sergio fue obispo de la diócesis de Cuernavaca entre 1952 y 1982. Llegó siendo un hombre profundamente conservador, respaldado por el papa Pío XII, pero el contacto cotidiano con una feligresía de origen rural -marcada por la herencia zapatista- y el impulso renovador que vivía la Iglesia lo transformaron por completo.
Fue uno de los grandes impulsores de las reformas que cambiarían la liturgia católica: introdujo el mariachi en la misa, promovió que los sacerdotes celebraran en español y de frente a los fieles, dejando atrás el latín y la celebración de espaldas al pueblo. Participó en el proceso de renovación impulsado por el Concilio Vaticano II, convocado por Juan XXIII, cuyas transformaciones siguen presentes en la Iglesia contemporánea. También impulsó una renovación arquitectónica de los templos y una nueva manera de entender la fe: una espiritualidad centrada en un Cristo resucitado, símbolo de transformación y esperanza, en lugar de una imagen enfocada en el sufrimiento y la culpa.
Ese pensamiento encontró eco en los movimientos que comenzaban a surgir en países como Brasil, Argentina y Colombia dando origen a la teología de la liberación. Méndez Arceo se convirtió en uno de sus principales impulsores en México mediante las comunidades eclesiales de base que se extendieron por distintas regiones del país.

¿Qué encontraste en Sergio Méndez Arceo que lo distingue de otros protagonistas de tus documentales?
Que dentro de una institución tan antigua y conservadora como la Iglesia católica, existiera un hombre que, sin renunciar a su fe ni a su pertenencia a ella, decidiera impulsar una profunda transformación social convencido que la fe también podía convertirse en una fuerza capaz de impulsar cambios sociales profundos.
El contacto permanente con las comunidades rurales, los sectores más vulnerables y el espíritu renovador que comenzó a vivir la Iglesia a partir del Concilio Vaticano II transformaron su manera de entender el Evangelio.
Don Sergio decidió confrontar, desde dentro, una institución con casi dos mil años de historia; eso me pareció extraordinario. Fue llamado al Vaticano para responder por su postura, porque sus acciones y su manera de ejercer el ministerio episcopal incomodaban a los sectores más conservadores de la Iglesia. No era solamente un personaje polémico en México; también lo era dentro del propio Vaticano.

¿Cuál fue el mayor desafío para convertir toda esa memoria en un relato cinematográfico?
Lograr que todas esas voces construyeran una sola historia. Me interesaba que fueran las personas que convivieron con don Sergio quienes permitieran al espectador descubrir quién era realmente; por eso digo que es una película polifónica.
El personaje existe porque existen quienes caminaron junto a él y conservan su memoria. Esa forma de transmitir el conocimiento responde también a una visión profundamente mexicana que aplico al cine documental. Se trata de la tradición oral como parte del propio guion cinematográfico. Considero que las historias adquieren otra dimensión cuando son contadas por quienes las vivieron.
El trabajo más complejo fue la edición. Había una enorme cantidad de testimonios, documentos y experiencias que debían integrarse sin perder claridad ni ritmo. La película dura cerca de tres horas y me tomó cuatro años terminarla, pero el verdadero desafío era conseguir que el espectador nunca sintiera el peso de ese tiempo porque es una película que habla de espiritualidad, de memoria y de transformación humana. Creo que lo logramos.
Comprobar que el cine puede despertar conciencia a través de la memoria es la mayor recompensa que puedo tener.

¿Cómo abordaste el equilibrio entre la fe, la política y el compromiso social sin convertir la película en una idealización o en una crítica a la Iglesia?
Porque lo que realmente me interesaba era contar la transformación de un ser humano y tuve claro que no debía convertirse en una hagiografía, es decir, en una obra que idealizara a su protagonista, pero tampoco en una crítica a la Iglesia católica.
La película muestra a un hombre que llegó a ocupar uno de los cargos más importantes dentro de la Iglesia y que, a partir de su contacto con la realidad de las comunidades, modificó profundamente su manera de entender la fe y su responsabilidad con la sociedad. Evidentemente no soy un realizador neutral. Toda película refleja la mirada de quien la dirige. Mi postura está presente y no intento ocultarla; por algo la película se llama Obispo Rojo. Sin embargo, más allá de cualquier posición ideológica, mi interés fue mostrar que cualquier persona puede transformarse. Esa posibilidad de cambio es el verdadero centro de la historia y eso trasciende cualquier religión o postura política.

Para quienes escuchan por primera vez el término “teología de la liberación”, ¿cómo explicarías su significado?
La teología de la liberación busca comprender el mensaje de Jesús a partir de la realidad que vive cada persona. No se trata solamente de leer las Escrituras, sino de preguntarse cómo pueden transformar la vida cotidiana y ayudar a construir una sociedad más justa.
Utilizo el siguiente ejemplo: cuando Abraham Lincoln decretó la abolición de la esclavitud, muchos de los antiguos esclavos no comprendían qué significaba realmente ser libres. Habían nacido en esa condición; sus padres y sus abuelos también habían sido esclavos. No conocían otra forma de vivir. Con la pobreza ocurre algo semejante. Hay personas que nacen y crecen dentro de condiciones de marginación tan profundas que llegan a pensar que esa realidad es natural e inevitable.
La teología de la liberación invita precisamente a descubrir que la pobreza y la opresión no son un destino. Nos ayuda a comprender que existen estructuras sociales, económicas y políticas que generan esas desigualdades y que, por lo tanto, también deben transformarse.
Desde esa perspectiva, la salvación no consiste en una promesa para el más allá. Empieza aquí, cuando una persona toma conciencia de su propia dignidad, reconoce las causas de su situación y descubre que puede construir una realidad diferente. La primera libertad nace cuando comprendemos que el cambio es posible y que nosotros debemos ser los primeros en cambiar, en liberarnos. .

Durante el proceso de investigación y realización del documental, ¿cambió también tu propia manera de entender la fe?
Sí, y probablemente esa fue la mayor sorpresa de todo este proyecto. Antes de hacerla, mi fe estaba depositada en una visión marxista del cambio estructural de la sociedad, pero mientras investigaba la vida del protagonista descubrí otra manera de comprender la transformación social. Encontré una fe dentro del catolicismo progresista, una forma de entender el cristianismo profundamente comprometida con la justicia, la solidaridad y la dignidad humana. Recuerdo que Bernardo Barranco comentó, durante una entrevista en Sacro y Profano, que don Sergio había terminado evangelizándome después de muerto. Creo que tenía razón.
Después de ver Obispo Rojo, ¿con qué reflexión te gustaría que el público se quedara?
Con una toma de conciencia. La historia demuestra que ningún ser humano está condenado a pensar siempre de la misma manera, que todos tenemos la capacidad de transformar nuestra manera de entender el mundo y cuando una persona cambia, también puede cambiar el entorno en el que vive.
Invito a todos a ver la película y a cuestionar lo establecido, a decidir cambiar y entender que la transformación personal también puede convertirse en una transformación colectiva y liberadora como le sucedió a Sergio Méndez Arceo.









