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Jesús Roberto PACHECO BERISTAIN

Fotografías: Cortesía

Durante mucho tiempo me he preguntado cómo sería mi vida si La Palapa de Raúl no hubiera existido.

Es una pregunta curiosa, porque realmente nunca he conocido una vida sin ella. Cuando nací, La Palapa de Raúl ya tenía varios años de historia. Siempre estuvo ahí, formando parte de mi familia y de mi manera de entender la vida. Pero esa historia comenzó mucho antes de que yo llegara.

Todo empezó en 1990, cuando mis padres decidieron formar una familia. Con esa decisión también nació el deseo de construir un proyecto de vida. Gracias a la generosidad de mis abuelos, Baldomero y Eufrasia, quienes cedieron una parte de su terreno en Tlalixtac, ese proyecto encontró un lugar donde comenzar.

Mi mamá, licenciada en Química de Alimentos, y mi papá, licenciado en Administración, ya tenían experiencia dentro de la gastronomía. Ella había crecido muy cerca del mundo de la cocina; él había trabajado y emprendido en distintos negocios relacionados con el servicio. Todo ese aprendizaje terminó encontrándose en un mismo lugar.

El 4 de agosto de 1991 nació La Palapa de Raúl.

Como la mayoría de los emprendimientos, comenzó con muy poco: una palapa redonda, algunas mesas y el equipo indispensable para trabajar. Muchos utensilios provenían incluso de los regalos de boda de mis padres. No había grandes instalaciones; había ganas de salir adelante.

Desde el principio existía una idea muy clara: crear un lugar donde las personas se sintieran cómodas. Rodeado de árboles, naturaleza y tranquilidad. Esa esencia, treinta y cinco años después, sigue siendo la misma.

El camino, por supuesto, no ha sido sencillo.

Hubo momentos buenos, momentos difíciles, proyectos que crecieron y otros que dejaron grandes aprendizajes. Además de La Palapa de Raúl surgieron otros emprendimientos, algunas sucursales y nuevas ideas que ayudaron a formar la experiencia con la que hoy seguimos trabajando.

Mientras tanto, La Palapa de Raúl fue creciendo poco a poco.

La primera palapa dio paso a nuevos espacios, una cocina más amplia y mejores instalaciones. Más adelante llegó la palapa cercana al área de juegos, que nació gracias a la propia respuesta de los clientes, quienes buscaban convivir con sus familias de una forma más cómoda.

Con el tiempo entendí algo muy sencillo: el crecimiento nunca fue un objetivo por sí mismo.

Cada ampliación fue consecuencia de la confianza de la gente.

Cuando yo nací, toda esa historia ya había ocurrido. Mis primeros recuerdos incluyen el movimiento de la cocina, el aroma de los moles, las mesas llenas los fines de semana y el jardín lleno de niños jugando.

Nuestra casa siempre ha estado dentro del restaurante. O quizá el restaurante dentro de nuestra casa. Nunca he sabido exactamente dónde termina uno y comienza el otro.

Como sucede en muchas empresas familiares, la vida y el trabajo se mezclan todos los días. Las conversaciones de la casa terminaban hablando del restaurante, y el restaurante siempre conservó algo del ambiente de nuestro hogar.

Creo que esa ha sido una de sus mayores fortalezas.

La calidez que muchas personas perciben no nació de una estrategia; nació de vivir realmente este proyecto como familia.

También crecí entendiendo que nuestra forma de vida era distinta. Mientras muchas personas descansaban los fines de semana o celebraban las fiestas, para nosotros eran los días de mayor trabajo. Con el tiempo dejé de verlo como algo extraño y entendí que simplemente era nuestra manera de vivir.

Hoy me cuesta imaginar mi vida sin La Palapa de Raúl.

No porque piense que un negocio familiar tenga que continuar por obligación, sino porque con los años comprendí todo lo que representa para mi familia y para muchas personas que han formado parte de esta historia.

Ahí entendí cuál quería que fuera mi papel.

No hacer una Palapa de Raúl diferente, sino ayudar a que siga existiendo.

Por eso decidimos emprender la renovación más importante desde que abrió sus puertas. Después de treinta y cinco años, los espacios ya pedían nuevos procesos, mejores condiciones para quienes trabajan aquí y una infraestructura preparada para el futuro.

No buscamos cambiar la esencia.

Buscamos darle las herramientas para permanecer muchos años más.

Porque si algo hemos aprendido en este tiempo es que La Palapa de Raúl nunca ha estado definida por sus paredes, sino por las personas.

Por quienes la fundaron.

Por quienes han trabajado aquí durante tantos años.

Por nuestros proveedores.

Y por las miles de familias que nos han permitido acompañarlas en tantos momentos importantes.

Treinta y cinco años después, el agradecimiento sigue siendo el mismo.

Gracias a mis padres por haber tenido el valor de empezar.

Gracias a mis abuelos por haber creído en ellos.

Gracias a cada colaborador que ha formado parte de este camino.

Gracias a nuestros proveedores.

Y, sobre todo, gracias a todas las personas que han hecho de La Palapa de Raúl un lugar al que vale la pena volver.

Ojalá que dentro de muchos años podamos seguir haciendo exactamente lo mismo que comenzó aquel 4 de agosto de 1991: recibir a las familias con la misma calidez con la que este proyecto nació.

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