Karla MARTINEZ DE AGUILAR
Fotografías: Jorge Luis Plata
Hay artistas que pintan paisajes, otros retratan rostros y algunos buscan capturar la luz de un instante, en cambio Rocío Figueroa Barraza, pinta aquello que permanece cuando el tiempo ha pasado: la memoria. Sus lienzos no solo contienen mujeres, flores, lunas o paisajes del Istmo de Tehuantepec; resguardan recuerdos, emociones y fragmentos de una vida dedicada a observar con paciencia la belleza que habita en lo cotidiano.
Su camino artístico comenzó mucho antes de ingresar a la Escuela de Bellas Artes de Oaxaca. Creció entre juegos, cuentos inventados y dibujos compartidos con su hermana Sandra, hasta que la vida la condujo a Oaxaca, donde encontró no solo el territorio que marcaría su identidad, sino también el lugar desde el cual construiría un lenguaje plástico profundamente personal. La influencia del Istmo de Tehuantepec, el aprendizaje junto al maestro Shinzaburo Takeda, los años dedicados a la restauración del patrimonio cultural y el contacto directo con las comunidades terminaron por convertir su pintura en un ejercicio permanente de memoria y pertenencia.
Rocío Figueroa Barraza entiende el arte como una forma de preservar aquello que muchas veces pasa inadvertido: las tradiciones, los símbolos, la espiritualidad, los encuentros humanos y la riqueza de la vida cotidiana.

Maestra, ¿de dónde es originaria y cómo recuerda su infancia?
Nací en la Ciudad de México, donde crecí con mi familia materna, mis raíces paternas provienen del puerto de Salina Cruz, en el Istmo de Tehuantepec.
Mi mundo estaba principalmente dentro de casa, compartido con mi hermana y fue precisamente ahí donde comenzó a construirse ese universo imaginario que hoy sigue presente en mi trabajo artístico.
Pasábamos horas inventando historias. Jugábamos a la escuelita, organizábamos pequeñas obras de teatro, diseñábamos coreografías y creábamos personajes. Nuestros alumnos, espectadores y cómplices eran los peluches que llenaban la habitación. Sin saberlo, aquellas tardes de juego fueron también un ejercicio constante de imaginación y creación.
Ahora, cuando miro hacia atrás, comprendo que muchas de las narrativas que aparecen en mi obra nacieron en esos momentos.

¿Cuáles fueron sus estudios formales dentro del arte?
Mi formación artística comenzó en la Escuela de Bellas Artes perteneciente a la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca (UABJO). Ingresé en 1992 y concluí mis estudios en 1996, en una etapa en la que la institución aún funcionaba bajo el esquema de instructorías, sin embargo, gran parte de mi formación ocurrió también fuera de las aulas.
Al concluir mis estudios realicé mi servicio social en la Casa de la Cultura de Tehuantepec; fue entonces cuando el Istmo dejó de ser únicamente el lugar de las vacaciones familiares para convertirse en una experiencia profunda y transformadora.
Vivir ahí me permitió descubrir la riqueza cultural de la región desde otra perspectiva: comencé a observar sus tradiciones, su arquitectura, su vida cotidiana y, sobre todo, la fuerza de su identidad. Más que representar una geografía específica, lo que me interesa es transmitir emociones, memoria y pertenencia.
El maestro Takeda ha marcado profundamente tu trayectoria
Sin duda. Para mí, el maestro Shinzaburo Takeda fue una figura fundamental. Fue quien me introdujo al mundo de la gráfica y abrió una puerta que hasta entonces desconocía; el encuentro con el grabado transformó mi manera de entender el arte. Recuerdo muy bien la emoción de trabajar una placa y descubrir el resultado final; el grabado tiene algo de misterio. El maestro Takeda solía decir que trabajar la xilografía era como herir la placa para que pudiera surgir algo bello y esa idea permanece conmigo hasta hoy. Incluso cuando pinto, muchas de sus enseñanzas regresan constantemente: las reflexiones sobre composición, atmósfera, equilibrio, teoría del color y construcción de espacios visuales.
Más allá de la técnica, Takeda nos enseñó una forma de mirar a través de nuestra identidad. Nos invitaba a observar con profundidad, a comprender que una obra debe sostenerse tanto en el conocimiento como en la sensibilidad. Gran parte de lo que soy como artista también está ligado a aquellas lecciones que recibí en sus clases.

Tu obra explora constantemente la relación entre el cuerpo, la memoria y la experiencia personal. ¿Cómo ha evolucionado esa búsqueda a lo largo de los años?
Ha sido un proceso que podría describir por etapas, una búsqueda que continúa transformándose y que, en realidad, nunca termina.
En mis primeros años apareció con mucha fuerza el autorretrato y sin darme cuenta, ese ejercicio técnico se convirtió también en un ejercicio de introspección; era una especie de diálogo silencioso entre quien observa y quien es observada.
Hasta la fecha sucede algo curioso: aunque pinte rostros diferentes, muchas personas me dicen que encuentran algo de mí en ellos.
El paisaje que también se hace presente, surge como principio ordenador de fuerzas vivas y sagradas.
Cada artista mira el mundo a través de su historia personal, de sus emociones y de sus recuerdos; por eso decidí aceptar estas características que aparecen una y otra vez en mi obra y que hoy forman parte de su identidad visual.
¿De dónde nace la creación de tu obra?
De una búsqueda que comenzó a hacerse consciente a partir de una experiencia muy particular. Hace algunos años fui invitada a organizar una exposición para un grupo de funcionarios. Al finalizar, uno de ellos comentó que el arte realmente no aportaba nada, aunque reconocía que debía presentarse porque formaba parte de las actividades culturales.
Aquellas palabras me impactaron profundamente no tanto por la crítica en sí, sino porque me hicieron preguntarme qué significa realmente el arte dentro de la vida humana. Desde entonces he reflexionado mucho sobre ello.
En el arte existe una parte sensible, simbólica y espiritual que también necesita ser alimentada y cuando olvidamos esa dimensión, la vida pierde equilibrio.
Para mí, el arte es precisamente ese puente que conecta ambas realidades. Nos ayuda a comprender quiénes somos, cómo sentimos y cuál es nuestra relación con el mundo; por eso deseo que cada obra conserve algo de esa esencia cuando llega al espectador.
Más allá de la técnica o de los recursos formales, me interesa que quien la contemple pueda reconocerse en ella, recordar algo, sentir algo o formularse una pregunta.
Si una obra logra provocar ese encuentro íntimo, entonces ha cumplido su propósito.
Dentro de tu iconografía existen elementos que aparecen una y otra vez. ¿Cuáles son esas claves visuales que permiten reconocer una obra tuya?
Están el sol y la luna, muchas veces humanizados, dotados de rostro y de una presencia cercana. También aparece la figura femenina, particularmente la mujer tehuana, acompañada de flores, paisajes y elementos que remiten al entorno istmeño.
Cada uno de ellos representa una parte de mi historia, de mis recuerdos y de la forma en que percibo la realidad.
La mujer ocupa un lugar central porque encarna la fortaleza, la sensibilidad y la capacidad creadora. El sol y la luna representan ciclos, transformaciones y estados emocionales. Las flores hablan de la vida, de la belleza efímera y de la renovación constante.
Pienso que son estos elementos los que terminan configurando la identidad visual de mi obra. Son como palabras recurrentes dentro de un mismo lenguaje y funcionan como una especie de collage de memorias.

¿Con cuál de las disciplinas con las que has trabajado sientes una conexión más profunda?
La pintura a través de la técnica al óleo. Me fascina por su versatilidad. Permite construir atmósferas, trabajar transparencias, generar profundidad y descubrir matices prácticamente infinitos. Cada capa de pintura dialoga con la anterior y abre nuevas posibilidades expresivas.
Siento que el óleo me brinda libertad, me permite detenerme, reflexionar y modificar una imagen mientras va siendo creada; es una conversación lenta entre la obra y quien la realiza, pero el grabado ocupa también un lugar muy importante dentro de mi práctica artística.
La gráfica posee una energía distinta. Tiene algo de misterio, de sorpresa y de descubrimiento constante y me interesa particularmente porque me permite explorar otros temas, otras narrativas de manera lúdica.
¿Cómo ha influido la restauración y conservación del patrimonio cultural en tu obra?
Ha influido de una manera profunda. La restauración me permitió acercarme a las colecciones que custodian los Templos católicos, a su historia, a la memoria y a la vida de las comunidades que las resguardan.
Durante varios años tuve la oportunidad de trabajar en distintos pueblos de Oaxaca restaurando bienes culturales y ello transformó mi manera de observar el entorno.
Nunca viajaba sin una libreta bajo el brazo. En ella dibujaba plantas, fachadas, detalles arquitectónicos, flores, personajes, textiles, animales y todo aquello que despertaba mi atención. Eran apuntes rápidos, casi pequeños fragmentos de memoria que después, de regreso al estudio, comenzaban a dialogar entre sí.
Esos cuadernos se habían convertido en un archivo personal de emociones y cuando inicio una pintura, muchas veces regreso mentalmente a esas páginas. Esas imágenes reaparecen transformadas, ya no son una copia de la realidad, sino parte de un universo simbólico que se integra naturalmente a la composición.

¿Cómo nació Reencontrando el Origen del Bordado Istmeño?
Siento que nació como una necesidad de fortalecer mi identidad. Fue un proyecto colaborativo con mi compañera Liliant Alanis, originaria también de Salina Cruz y la Pintora Julín Contreras de Tehuantepec donde a través de la tradición oral, acercamos la historia a cincuenta alumnas entre artesanas y aprendices. Registramos patrones antiguos, analizamos bordados y documentamos a través de acuarelas las variantes del traje tradicional. Todo ese material terminó convirtiéndose en un libro de artista que fue encuadernado artesanalmente por cada participante.
El proyecto fue posible gracias a la beca C14 emitida por la Secretaría de Cultura y representó también un regreso a las comunidades, a esa forma de aprender directamente de quienes conservan viva la tradición.

¿Qué ha significado ser integrante fundadora de MACMo?
Comprender que el arte también puede construirse desde la colaboración. Nació para generar un espacio donde las artistas pudiéramos acompañarnos, crecer juntas y hacer visible el enorme talento femenino que existe en Oaxaca.
Han pasado ya diez años desde aquel inicio y mirar hacia atrás resulta profundamente emocionante.
Instituciones como la UABJO, nuestra alma mater ha sido un apoyo constante por confiar en nuestro trabajo. Alianzas como ésta con el objetivo de crecimiento nos ha permitido sumar capacidades que han repercutido en el impacto a quienes va dirigido.
Eso nos confirma que la constancia termina construyendo caminos y quizá el mayor desafío que tenemos es mantener vivo un proyecto colectivo.









