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Karla MARTÍNEZ DE AGUILAR

Fotografías: Jorge Luis Plata

La obra de Ángela Dillon no puede separarse de su vida. En cada capa de pintura, en cada grieta de sus superficies densas, late una memoria profundamente arraigada en la tierra, en la pérdida y en la pertenencia. Nacida en la Isla del Carmen, en la Bahía de Campeche, su trabajo se ha convertido en un territorio donde convergen la experiencia personal, la historia colectiva y una búsqueda constante de identidad.

Desde el inicio de la conversación, Dillon deja claro que su impulso creativo nace de un lugar íntimo y persistente: “Mis temas y pasiones van y vienen, pero una siempre me acompaña: mi amor por los perros, los pájaros y mis recuerdos de crecer en el Golfo de México”. Esa infancia, marcada por la cercanía con la naturaleza y la vida insular, no es un simple recuerdo nostálgico, sino el núcleo emocional de su práctica artística.

Cuando se le pregunta sobre la influencia de la Bahía de Campeche en su obra, su respuesta es inmediata y contundente: “La influencia es enorme y total… hasta hoy mis texturas son basadas en la tierra, lodo y arena de mi bella Isla del Carmen donde crecí”. En efecto, la materialidad de sus pinturas —espesas, rugosas, casi geológicas— parece contener fragmentos de ese paisaje originario. No se trata solo de representación, sino de encarnación: la tierra se convierte en lenguaje.

Esa conexión visceral con lo vivido también define el carácter autobiográfico de su obra. Sin embargo, Dillon matiza la idea de que transformar el dolor en arte sea un proceso tortuoso. “El proceso en sí no es difícil —explica— más bien es una comunión entre mis memorias y mis manos; más duro para mí es relatarlo al espectador”. En esta afirmación se revela una tensión fundamental: la creación fluye con naturalidad, pero la exposición pública de esa intimidad resulta más compleja.

Las imágenes de aves, recurrentes en su trabajo, son un ejemplo de cómo lo personal se entreteje con lo simbólico. Su madre, a quien apodaba “cucuya”, una palomita local, y su padre, originario de Michoacán, donde las aves son frecuentes en los textiles tradicionales, configuran un imaginario que trasciende lo anecdótico. En Dillon, estos elementos se transforman en signos de afecto, memoria y herencia cultural.

A pesar de haber vivido en países como Brasil, Colombia, Venezuela, Estados Unidos y Gran Bretaña, la artista mantiene un vínculo inquebrantable con México. Lejos de diluirse, esa identidad se fortalece en el desplazamiento. “Posiblemente en la técnica —reflexiona— ya que los recuerdos son los mismos no importa la geografía; visitando museos, galerías y talleres uno aprende mucho”. Su obra, entonces, no es una síntesis homogénea de influencias, sino un diálogo constante entre lo aprendido y lo vivido.

En este diálogo, su herencia católica y sus raíces mayas ocupan un lugar central. La cruz, uno de los símbolos más recurrentes en su producción, condensa esta dualidad. “Ambos son símbolos sumamente fuertes —afirma—. La cruz fue prevalente en nuestro hogar, mi madre ferviente católica; la tradición también de usar amuletos y culto a las ánimas es parte de la creencia maya”. Lejos de entrar en conflicto, estas tradiciones coexisten en su obra, generando un lenguaje visual híbrido y profundamente personal.

Durante su formación en Europa, Dillon encontró afinidades con artistas como Antoni Tàpies, Alberto Burri y Rufino Tamayo. De ellos aprendió el valor expresivo de la materia, la capacidad de los materiales “pobres” para transmitir significado y la potencia del color como identidad cultural. “Tres grandes maestros que influyeron mucho en mi desarrollo —dice—, Tamayo sobre todo… con los años vas encontrando tu propia expresión con honestidad, reconociendo también tus influencias”. En esta honestidad reside la madurez de su lenguaje.

Un momento decisivo en su trayectoria fue su llegada a Escocia y su ingreso en la Gray’s School of Art. Más allá de la formación académica, lo que la marcó profundamente fue la experiencia humana. “Escocia fue y será una de las más grandes experiencias mágicas de mi vida —recuerda— no solo profesionalmente, sino en la calidad humana que me mostraron… llegué a considerar a Escocia mi segunda patria”. Este sentido de pertenencia múltiple amplía el horizonte emocional de su obra, incorporando temas como el desplazamiento y la memoria colectiva.

Sin embargo, no todo en su recorrido ha sido expansión y descubrimiento. Durante su estancia en el Royal College of Art en Londres, una crisis personal transformó radicalmente su pintura. Su paleta, antes vibrante, se redujo a tonos oscuros, casi monocromáticos. “La creatividad humana es asombrosa —reflexiona— todos somos capaces de expresar sentimientos de tristeza… yo al igual que muchos he podido transferir mi luto a mis lienzos”. En este periodo surge una obra clave: Homenaje a Rigoberta Menchú, dedicada a la activista guatemalteca Rigoberta Menchú, donde el dolor personal se entrelaza con una conciencia social aguda.

La dimensión política de su trabajo, especialmente en torno a la situación de las mujeres en América Latina, es una constante. “Las condiciones de vida de las mujeres en Latinoamérica han sido parte constante en mi temática”, afirma. Así, su obra no solo mira hacia adentro, sino también hacia las realidades externas que la interpelan.

En cuanto a su técnica, Dillon establece una comparación reveladora: pintar es como cocinar. “Crecí en un hogar donde la cocina estaba abierta todo el día… nuestra dieta mexicana está llena de sabores, olores, colores y texturas que hasta hoy influyen mis técnicas”. Esta analogía no es casual. En su proceso, mezclar cera, gel y pigmentos se convierte en un acto casi ritual, donde lo sensorial y lo afectivo se entrelazan.

Hoy, su obra continúa explorando esa relación entre materia, memoria y emoción. Las superficies densas, los colores que han regresado con fuerza y la persistencia de símbolos como la cruz configuran un universo visual que es, al mismo tiempo, íntimo y universal. En Ángela Dillon, la pintura no es solo un medio de expresión: es una forma de habitar el mundo, de reconciliar sus múltiples identidades y de dar cuerpo a aquello que, de otro modo, permanecería en silencio.

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