Karla MARTÍNEZ DE AGUILAR
Fotografías: Jorge Luis Plata
Hay artistas que comienzan a pintar porque sueñan con serlo, pero para Eloy Pérez Aquino, el camino parece haber comenzado de otra manera: mirando. Mirando los cerros de Santa Cruz Xoxocotlán, los árboles, los rostros, la luna y el sol en distintas horas del día. Antes de saber que aquello podía convertirse en una profesión, el niño ya descubría que el mundo estaba hecho de formas, líneas, luces y sombras que podían permanecer en el papel. Esa mirada se convirtió, con los años, en una vida dedicada al arte.
La exposición retrospectiva “En busca de libertad”, presentada en el Museo de las Culturas de Oaxaca (MUPO), reúne distintas etapas de la trayectoria de Eloy Pérez Aquino y permite recorrer una obra construida a partir de la observación, la sensibilidad y una búsqueda creativa que no parece haber terminado. El retrato, el bodegón, el paisaje y la pintura mural forman parte de ese recorrido en el que el artista ha encontrado no sólo una manera de expresarse, sino también una forma de resistir, comprenderse y permanecer.

Originario de Santa Cruz Xoxocotlán y formado en la Escuela de Bellas Artes de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca (UABJO), Pérez Aquino pertenece a una destacada generación de artistas oaxaqueños. Su obra ha transitado por distintos espacios de Oaxaca, México y el extranjero, llevando consigo una mirada profundamente vinculada con su tierra y con las experiencias que han marcado su vida.
Pero detrás de las obras y de las salas de exposición hay una historia más íntima: la de un hombre que aprendió a mirar antes de aprender a pintar y que, después de décadas, continúa haciéndolo. “El dibujo empezaba a manifestarse”
¿Qué recuerda el niño de Santa Cruz Xoxocotlán que soñaba con ser artista?
Realmente no soñaba con ser artista. Lo que recuerdo es que observaba todo lo que veía: los cerros, los árboles, los rostros, las lunas y los soles en diferentes horas del día. Sin darme cuenta, lo que veía eran formas, líneas; es decir, empezaba a manifestarse el dibujo.
Tal vez ahí estaba ya el artista, aunque el niño todavía no lo supiera. Esa capacidad de observar terminaría convirtiéndose en una de las constantes de su obra. Mirar al otro, mirar su entorno y descubrir en lo cotidiano aquello que podía transformarse en pintura.

¿En qué momento supo que la pintura no sería sólo una pasión, sino su camino de vida?
Realmente no fue un momento. Fue a través de la edad escolar, en la primaria y secundaria. Mis maestros, cuando veían mis dibujitos, siempre me motivaban y me decían que yo sería pintor. Esas motivaciones fueron como semillas en mi cabeza y creo que encontraron un terreno fértil. Así seguí y seguí pintando.
La retrospectiva permite reconocer precisamente esa continuidad: no la historia de una vocación que apareció de pronto, sino la de una vida que fue tomando forma poco a poco alrededor de la pintura.
Entre la ilusión y los pies en la tierra
En 1980, siendo joven, Eloy Pérez Aquino tuvo un encuentro con Rufino Tamayo, una figura fundamental del arte mexicano. El encuentro quedó asociado a la emoción y a las expectativas propias de la juventud, pero también a una enseñanza que terminaría acompañando su trayectoria: para avanzar había que mantener los pies en la tierra.
¿Qué sintió aquel joven Eloy Pérez Aquino al encontrarse con Rufino Tamayo y qué cambió dentro de usted a partir de entonces?
Primeramente, emotividad. Cuando se es joven, piensa uno que todo es fácil y que pronto va uno a subir varios peldaños. Pero la realidad es que hay que caminar con los pies en la tierra, no querer luego volar y volar.
Así seguí pintando, comprando libros, tropezando, trabajando varias ramas de la pintura para tener ingresos y no dejar la visión de ser pintor creativo.
Esa frase —tropezando— quizá resume una parte esencial de su historia. La trayectoria artística no aparece aquí como un camino lineal ni sencillo. Hay trabajo, dificultades económicas, búsquedas, aprendizajes y cambios. Pero también hay algo que permanece: la necesidad de seguir pintando.

Los rostros que se quedan en la memoria
En las obras de Pérez Aquino hay una dimensión profundamente humana. Sus pinturas nacen, muchas veces, de aquello que ha visto y vivido: rostros, gestos, expresiones de alegría, pero también de dolor.
Cuando uno observa los títulos de algunas de sus obras aparece una dimensión profundamente cotidiana y humana. ¿Qué personas o historias de la vida real terminan convirtiéndose en pintura para usted?
Como dije antes, me gustaba observar. Después, dentro del círculo de compañeros escolares y, sobre todo, familiares, las expresiones se van grabando, ya sea de alegría o de sufrimiento. Fue así que empecé a hacer mis primeros retratos y después pinturas más actualizadas.
La observación, aquella que comenzó en la infancia frente a los cerros, los árboles y los cielos de Xoxocotlán, se trasladó también hacia las personas. El rostro se convirtió en territorio de memoria. Una expresión podía quedarse dentro de él y, tiempo después, regresar convertida en pintura.

La lucha que también se pinta
“En busca de libertad” no habla únicamente de una libertad exterior. En las palabras del artista aparece una búsqueda más profunda: la libertad interior, esa que se construye frente a las circunstancias y frente a uno mismo.
Después de tantos años de trayectoria, ¿qué ha sido lo más difícil de mantenerse fiel a su propia voz?
Creo que todos pasamos etapas difíciles, adversidades de diferentes formas. Y creo que la más difícil es la lucha con uno mismo. Por eso, en mi pintura hay imágenes de dolor y lucha interna, pero siempre tratando de imponerse a través del espíritu artístico.
Quizá por eso esta retrospectiva puede leerse también como un autorretrato. No sólo muestra lo que el artista ha pintado, sino aquello contra lo que ha tenido que luchar para seguir siendo artista.

¿Cuál ha sido el momento más difícil de su camino y qué fue lo que le permitió no abandonar para llegar hasta aquí?
No hay momentos, hay circunstancias adversas. A veces difíciles de superar, ya sean económicas, sentimentales, físicas o familiares, que se presentan en el camino. Pero si hay verdadera vocación artística, el interior de uno se fortalece con las adversidades y sigue uno caminando en pos del arte.
Una libertad construida a lo largo de una vida
La exposición permite acercarse a la evolución del lenguaje artístico de Pérez Aquino y reconocer una vida dedicada no sólo a crear, sino también a enseñar y preservar el arte. Cada etapa habla de una búsqueda, pero también de una permanencia: la necesidad de encontrar en la creación un espacio propio.
Su reciente retrospectiva en el MUPO se titula “En busca de libertad”. ¿Qué encuentra hoy cuando mira ese camino recorrido?
Primeramente, creo que todos necesitamos encontrar nuestra propia libertad, de acuerdo a nuestras circunstancias de vida. Ya sea de nuestro entorno, ya sea familiar, o de nuestro mundo interior, como lo que se refleja en mis pinturas.
“Es necesario, a través del arte, buscar la libertad”, expresa el pintor. Y en esa frase parece concentrarse buena parte del sentido de la retrospectiva: la pintura como búsqueda, pero también como refugio; como memoria, resistencia y posibilidad.

Frente al espejo
Después de tantos años, mirar hacia atrás no significa únicamente recordar. También significa encontrarse con aquel niño que alguna vez observaba el mundo sin saber que aquellas líneas y formas terminarían convirtiéndose en una vida.
Si pudiera sentarse frente al joven Eloy que comenzaba a pintar, ¿qué le diría?
Pues me vería como en un espejo y primeramente le diría: gracias, porque a pesar de los tropiezos múltiples todavía respiro, todavía camino, todavía escucho, todavía veo, todavía pinto y seguiré pintando hasta que el destino nos alcance.
Gracias, gracias y gracias a todos los que han colaborado y participado en mi reciente exposición del MUPO.









