Alfredo MARTÍNEZ DE AGUILAR
- El tequio es, en esencia, una poderosa lección de política pública oaxaqueña: el gobierno tiene recursos, pero la comunidad tiene organización; cuando ambos se encuentran, el resultado puede multiplicarse positivamente.
- Cuando gobierno y ciudadanía dejan de caminar por separado y trabajan del mismo lado, el dinero público puede alcanzar más, la obra puede llegar más lejos y la comunidad puede volver a sentirse dueña de su propio destino.
En Oaxaca, el tequio no necesita presentación. Es parte de la memoria colectiva y de una manera de entender la vida comunitaria: organizarse, trabajar juntos y resolver necesidades comunes.

Lo novedoso es que esa tradición ancestral esté encontrando un cauce dentro de la administración pública municipal y que, además, sea reconocida como una práctica de innovación gubernamental.
El Premio a las Mejores Prácticas de Gobiernos Locales 2026, otorgado al presidente municipal de Oaxaca de Juárez, Ray Chagoya, en la categoría de Inversión Social Productiva, coloca precisamente al tequio en el centro de una nueva concepción de la obra pública.
El reconocimiento distingue el modelo de Construcciones Colectivas, desarrollado mediante el programa Banco de Materiales, con una lógica distinta a la tradicional: el Ayuntamiento entrega directamente materiales a las comunidades y las propias vecinas y vecinos participan en la construcción de calles y espacios públicos mediante el tequio, con acompañamiento técnico municipal.

Aquí está el punto medular: el gobierno no sustituye a la comunidad; la comunidad deja de ser espectadora y se convierte en protagonista.
Durante décadas, buena parte de la obra pública se ha construido bajo una fórmula vertical: gobierno que decide, contrata y ejecuta; ciudadanía que espera y recibe. El modelo de Construcciones Colectivas intenta romper esa dinámica para establecer una relación de corresponsabilidad.
Y eso tiene una enorme relevancia en tiempos de presupuestos limitados y necesidades prácticamente ilimitadas.

Los números son contundentes. En las 13 agencias municipales y de policía se han entregado 889 toneladas de cemento, mil 862 metros cúbicos de grava y mil 273 metros cúbicos de arena para impulsar obras realizadas colectivamente.
Pero reducir el programa a toneladas, metros cúbicos y obras sería perder de vista lo verdaderamente importante. El activo más valioso que puede producir el tequio no es el cemento: es la comunidad.
Cuando los vecinos participan en la decisión, organización y ejecución de una obra, también desarrollan un sentido de pertenencia y responsabilidad sobre aquello que están construyendo. El espacio público deja de ser simplemente “obra del Ayuntamiento” para convertirse en una conquista colectiva.
Ahí radica el potencial político y social del Banco de Materiales. No se trata solamente de hacer rendir más el presupuesto. Se trata de recuperar una institución social profundamente arraigada en Oaxaca y ponerla al servicio de la administración pública, sin desvirtuar su esencia comunitaria.
Por supuesto, un modelo de esta naturaleza tampoco debe convertirse en pretexto para que el gobierno transfiera a los ciudadanos responsabilidades que constitucionalmente corresponden a las autoridades.
El tequio debe ser participación y corresponsabilidad, nunca sustitución de las obligaciones gubernamentales. La transparencia en la entrega de materiales, la correcta aplicación de los recursos, la supervisión técnica y la rendición de cuentas tienen que acompañar cada obra.
Porque la participación ciudadana sólo fortalece al gobierno cuando está sustentada en reglas claras y en cuentas abiertas.
El reconocimiento de la 16ª edición del Premio a las Mejores Prácticas de Gobiernos Locales, que distinguió a 32 municipios de 17 estados, representa por ello algo más que una medalla para la administración de Oaxaca de Juárez.
Es una oportunidad para demostrar que la innovación gubernamental no siempre consiste en importar modelos extranjeros o llenar oficinas de tecnología. A veces, innovar significa mirar hacia atrás, recuperar lo que la propia sociedad ha construido durante siglos y adaptarlo responsablemente a los desafíos del presente.
El tequio es, en esencia, una poderosa lección de política pública: el gobierno tiene recursos, pero la comunidad tiene organización; cuando ambos se encuentran, el resultado puede multiplicarse.
El verdadero examen para Ray Chagoya no será haber recibido el premio.
Será demostrar que el Banco de Materiales puede convertirse en una política pública permanente, transparente, evaluable y ampliable; que llegue efectivamente a las zonas con mayores necesidades y que sus beneficios puedan comprobarse más allá de los discursos.
Porque los premios reconocen el pasado inmediato. Los resultados sostenidos son los que construyen legitimidad.
Y en Oaxaca, donde el tequio forma parte del ADN comunitario, quizá una de las mejores maneras de gobernar sea recordar una verdad tan antigua como vigente: cuando gobierno y ciudadanía dejan de caminar por separado y trabajan del mismo lado, el dinero público puede alcanzar más, la obra puede llegar más lejos y la comunidad puede volver a sentirse dueña de su propio destino.
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