Jeniffer JIMÉNEZ
GUADALAJARA, JAL.- Imagina que un ratón te diera la llave para entender que tus reacciones o procesos de adaptación pueden estar influenciados por las experiencias de tus ancestros. ¡Sí! Hoy los ratoncitos serán nuestra referencia para entender cómo, en tu ADN, existen registros que podrían determinar cómo percibes tu entorno.
El experimento: En un laboratorio, un grupo de científicos liderado por Brian Dias y Kerry Ressler entrenó a unos ratones para temer un olor específico. Cada vez que lo percibían, recibían una pequeña descarga. Con el tiempo, el miedo se volvió automático. Lo sorprendente no fue eso… sino lo que ocurrió después.
Cuando esos ratones tuvieron crías, ocurrió algo inesperado: las nuevas generaciones, que nunca habían vivido esa experiencia, reaccionaban con miedo al mismo olor. Pero no solo eso. En los ratones bebé se había modificado la metilación del ADN en un gen específico: el gen Olfr151. Está relacionado con la detección del olor (acetofenona) y con los receptores olfativos en la nariz.

¿Qué pasó exactamente? En los ratones padres que aprendieron el miedo se produjo un cambio epigenético (menos metilación); esto hizo que el gen estuviera más activo. ¿Y en los hijos? Los ratones bebés heredaron ese mismo patrón epigenético: mayor sensibilidad al olor y más receptores olfativos para ese estímulo. Su sistema estaba “preparado” para detectar ese olor como importante o peligroso. Su biología se adaptó para sobrevivir a una posible amenaza, tal como la percibieron sus padres.
No necesitas estar en un laboratorio para sentir algo parecido. Quizá miedos sin explicación, patrones repetidos, reacciones automáticas.
“Miedos que no sabes de dónde vienen. Reacciones que aparecen sin aviso. Decisiones que parecen repetirse como un eco.”
La ciencia empieza a mostrar que el cuerpo puede guardar información de formas que apenas estamos comprendiendo. Pero, más allá de la explicación biológica, hay una pregunta que realmente importa: ¿qué hacemos con aquello que sentimos, aunque no sepamos de dónde viene?

En este punto, lo más conveniente no es pensar que estamos condenados por estos marcadores en nuestros genes, sino preguntarnos qué hacemos con ellos. Y la única opción disponible es responsabilizarnos de su trascendencia; de lo contrario, no podrán ser liberados y seguirán traspasándose de generación en generación.
Es importante recalcar y aclarar que no heredamos los recuerdos o emociones como tal de nuestros ancestros; heredamos la sensibilidad biológica. Por ejemplo, tendencia a la ansiedad, al estrés o a estados de alerta continua.
Los factores que pueden modificar la expresión genética son: estrés, alimentación, ambiente, emociones intensas, vínculos tempranos y toxinas. Lo que se concluye es que heredamos la forma en la que el cuerpo aprendió a sobrevivir.
Tal vez no elegiste lo que hoy sientes. Pero sí puedes elegir qué hacer con ello. Porque en cada acto de conciencia, algo se transforma. Y en esa transformación… comienza una nueva historia.

* Escritora e instructora de meditación. Apasionada por los temas espirituales y de superación personal. He tomado diferentes estudios, diplomados y cursos que me han llevado a conocer y compartir lo que aprendo y experimento sobre el poder de nuestra mente y espíritu.
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