Compartir

Toño SALDAÑA*

BARCELONA, ESP.- No recuerdo cuándo fue exactamente la primera vez que me di cuenta de que era invisible. Invisible de esa forma rara en la que no desapareces, pero tampoco estás del todo. Fue algo sutil, casi imperceptible, como cuando baja la luz en una habitación y no sabes si fue un fallo eléctrico o si simplemente te acostumbraste a la penumbra.

Estaba con mi jefa y una compañera de trabajo. Ellas hablaban emocionadas de un profesor de la Escuela de Diseño. Decían que tenía manos mágicas, que valía cada peso de sus cursos carísimos, que era impresionante. Yo miré sus dibujos y, sinceramente, no me parecieron para tanto. Así que dije, con naturalidad: “Yo también doy clases de dibujo”. Ellas sonrieron… y siguieron hablando del profesor.

Y ahí, en ese gesto tan pequeño, se abrió una grieta, porque dentro de mí se despertó una sensación extraña, incómoda, como si algo no encajara. Me repetía: ¿Qué ha pasado? Tengo una carrera en pintura, una licenciatura en diseño, un doctorado en arte en España, he expuesto en varios países… ¿por qué no lo valoran? ¿Por qué no hablan de mí con esa misma admiración? Y me sentí poca cosa, ósea invisible.

Esa fue la primera vez, pero no la última. Después vinieron otras: cuando no me elegían como líder en proyectos, cuando no pedían mi opinión, cuando en mi propio círculo cercano yo no era la opción que escogían, aunque yo me considerara más preparado o con más talento. Y cada vez me sentía un poco más invisible. ¿Te ha pasado?

La herida de la invisibilidad es traicionera. No te rompe de golpe, te desgasta. Te hace creer que no eres lo suficientemente valioso para ser visto, y eso se refleja en todo: en lo que cobras, en cómo te aman, en los lugares que crees que puedes ocupar. No porque seas tonto, ni porque no tengas talento, sino porque gastas demasiada energía en dos cosas: compararte con los demás y tratar de entender por qué, si tú ves tu valor, otros no lo ven.

Y cuando la comparación no cuadra —cuando tú te ves más preparado, más completo, más capaz— aparece esa respuesta cruel que uno se da en silencio: “Soy invisible, porque si me vieran, se darían cuenta de que soy mejor”. Y esa frase, aunque no la digas en voz alta, te perfora la autoestima.

La invisibilidad funciona como una casa con las luces apagadas. Desde fuera parece vacía, pero dentro hay vida, historias, fotos torcidas, platos sin recoger, ganas de que alguien toque la puerta. El problema es que, cuando nadie entra durante mucho tiempo, empiezas a creer que quizá no vale la pena encender las luces.

Es entonces cuando te vuelves experto en no pedir, en no molestar, en no ocupar espacio. Caminas por la vida como si fueras un invitado en tu propia historia. Y cuando alguien, por fin, te mira de verdad, te incomoda. No sabes si sostener la mirada o salir corriendo. Porque cuando llevas años siendo invisible, ser visto da vértigo.

Pero aquí viene lo difícil y lo liberador: esta herida no se cura esperando que otros te vean. Se empieza a cerrar cuando tú decides mirarte. Cuando te hablas con la misma paciencia que le tendrías a un amigo roto y te das permiso para existir sin pedir disculpas y dices “aquí estoy”, aunque la voz te tiemble.

Sanar la invisibilidad es como encender una lámpara pequeña en una habitación enorme. Al principio parece que no ilumina nada, pero si la dejas encendida, poco a poco empiezas a ver formas, colores, rincones que dabas por perdidos. Y un día te sorprendes pensando: “Oye, quizá sí que merezco estar aquí”.

Si esta herida te toca, haz algo sencillo hoy: escribe tres cosas que necesitas —de verdad, sin filtros— y léetelas en voz alta. No para que otros te escuchen, sino para escucharte tú. La visibilidad empieza por dentro.

Cuando tú te reconoces, el mundo ya no puede hacer como que no te ve.

 

*Master en coaching en inteligencia emocional y PNL por la Universidad Isabel I de Castilla. Nº 20213960.

Diploma en especialización en coaching y programación neurolingüística (PNL) por la Escuela de Negocios Europea de Barcelona.

IG: tonosaldanaartista

YouTube.com/c/TonitoBonito

 

Compartir