Karla MARTINEZ DE AGUILAR*
Hay frases que permanecen en la memoria porque fueron dichas en el momento preciso. Para Carmen Enedina Rodríguez Armenta, una de ellas estaba escrita en la puerta de la oficina de uno de sus maestros en la Universidad de Guadalajara: “Si no está bien, no lo hagas; si no es verdad, no lo digas”. Años después, aquella enseñanza sigue acompañando su manera de entender el trabajo, la responsabilidad y la vida.
Originaria de Los Mochis, Sinaloa, ingeniera en Computación, maestra en Administración y doctora en Gestión de la Educación Superior, su trayectoria la ha llevado por el sector privado, la administración pública y la educación superior, hasta llegar en 2025 a la Dirección General del Centro Nacional de Evaluación para la Educación Superior (Ceneval).
Desde esa responsabilidad, su mirada sobre la evaluación se ha vuelto todavía más amplia. Para ella, evaluar no significa únicamente asignar un número: significa reconocer conocimientos, habilidades, pensamiento crítico y también aquello que cada persona ha aprendido fuera de un salón de clases.

Doctora, ¿de dónde es originaria y cómo comenzó a adentrarse en el ámbito educativo?
Soy originaria de Los Mochis, Sinaloa, y mi acercamiento al ámbito educativo comenzó cuando trabajé en la Universidad de Guadalajara (UDG), y desde la familia con mis hermanos aprendí a compartir: compartir lo que sabes, lo que tienes, lo que eres.
Ahí aprendí esa parte y por ello me gusta mucho el papel de apoyo que realizan los profesores y, en ese sentido, compartir el conocimiento es una de las tareas fundamentales de una profesora, de un profesor, quien no solamente tiene la tarea de dar información, sino de participar en un proceso formativo y siempre hay maestros de quienes conservamos recuerdos.
¿Hay alguna maestra o maestro que siga en su memoria por alguna enseñanza o anécdota que también permanezca en su labor actual?
Siempre tengo presentes a varios de mis maestros. Uno de ellos fue Guillermo Levine Gutiérrez, quien era director de la Facultad de Informática y Computación en la UDG.
Cuando estudié Ingeniería en Computación ahí, recuerdo muy bien que el director de mi facultad tenía un letrero -antes de entrar a su oficina- que decía algo así: “Si no está bien, no lo hagas; si no es verdad, no lo digas”. Ese mensaje me marcó mucho porque tiene que ver con la integridad, con la ética, con la congruencia entre las personas y con ser un buen ser humano.
A lo mejor uno esperaría encontrar ese tipo de enseñanza en una clase de filosofía o en una facultad de ciencias sociales, pero nosotros la teníamos en la Facultad de Ingeniería. Por otra parte, tuve otros maestros y jefes que fueron mis maestros que se convirtieron en mentores de vida y a quienes agradezco su guía para poder llegar al lugar en donde estoy.

Usted estudió una ingeniería y después fue acercándose a la administración, a la educación y al servicio público. ¿Hubo algún momento que marcara ese cambio de rumbo?
Ha habido varios. Cuando egresé de Ingeniería me dediqué primero al sector privado y puse una empresa. Después llegué al sector público y más adelante entré a la UDG donde descubrí que el impacto que tiene trabajar en un ambiente público es mucho mayor. Por eso tienes que ser muy cuidadoso con lo que haces y con la manera de operar. Creo que ese fue un factor importante, particularmente a partir de 1997.
Después me fui acercando poco a poco a la parte social. Venía de la ingeniería, estudié una maestría en Administración, también en la UDG, y posteriormente hice el doctorado en Gestión de la Educación Superior.
Un momento, de los tres más importantes que marcaron el cambio de rumbo, fue cuando me nombraron Vicerrectora Ejecutiva, el 16 de marzo de 2018, convirtiéndome en la primera mujer en ocupar esta posición en los más de 220 años de existencia de la institución. El segundo fue cuando me vine a la Ciudad de México (Cdmx) porque marcó mi formación y también mi sentido de vida.
Ya tenía claro que me gustaba la parte pública, que me interesaba todo lo relacionado con compartir, con el proceso formativo, con la aplicación de las políticas públicas y con la administración, pero estar en un ambiente de la administración federal, es otra cosa.
Seguimos siendo un país centralista y, en ese sentido, vivir en la Cdmx y participar en este trabajo durante el primer gobierno de la Cuarta Transformación me permitió ver muchas cosas de mi vida con otros ojos, y me permitió conocer a mucha gente y conocer también tantas universidades interculturales –incluyendo a los millones de jóvenes por los que trabajas-.
Y el tercer momento fue llegar al Ceneval el 1 de abril de 2025 para encabezar el periodo 2025-2029, tras concluir mis responsabilidades en la Secretaría de Educación Pública (SEP). Ceneval es una asociación civil, sin fines de lucro y autosustentable, desde donde tenemos otra mirada de acompañamiento a las universidades. Eso ha sido muy lindo así como el saber que más del 50 por ciento de mis directores son mujeres quienes han demostrado liderazgo, empatía y compromiso.
¿Qué ha cambiado en su manera de entender la educación desde que asumió la Dirección General del Ceneval?
Ha cambiado mi manera de observar la evaluación la cual no es solamente un número. Ahora me ha quedado mucho más claro que la manera en que nosotros podemos acompañar a una persona que se está evaluando es valorando todos los ámbitos, no solamente ese pequeño conocimiento que estamos midiendo, sino también su pensamiento crítico.
Los seres humanos tenemos algo que se llama flexibilidad cognitiva: aprender cosas, desaprenderlas para aprender algo diferente, resignificar lo que sé en este momento. Tener la sabiduría para saber qué conocimientos debo cambiar permanentemente es un arte.
Creo que tenemos mucho que aprender de las comunidades y de los pueblos originarios, particularmente respecto a la cooperación y a la manera en que se apoyan entre ellos. En ese sentido, descolonizar la educación implica reconocer que no existe una sola manera de entender el mundo, sino muchísimas visiones diferentes, porque cada ser humano tiene un valor importante.
Reconocer el valor en el otro es algo que he aprendido durante estos últimos años porque cuando empatizas con el otro, comienzas a mirar con mayor comprensión lo que ella o él está viviendo.
Lo que no ha cambiado son los valores que rigen mi trabajo diario: la transparencia, la honestidad, la responsabilidad, el compromiso y la equidad.

Cuando termine su gestión, ¿qué le gustaría haber aportado al sistema de evaluación y qué haber aprendido de esta responsabilidad?
Me gustaría dejar un Ceneval muy estructurado, con procedimientos muy claros y automatizados para reducir costos, reducir tiempos y ser más eficientes. Por eso estamos trabajando en procedimientos claros e integrales que permitan que Ceneval sea una institución muy consolidada.
Además, me gustaría que exista una respuesta más detallada para cada uno de los jóvenes que nos brindan su confianza, es decir, quiero que llegue el día en el que podamos decirles: “Mira, en este ámbito puedes mejorar así; en este otro puedes mejorar de esta manera”.
Otros elementos son el uso de la Inteligencia Artificial (IA) para ser más eficientes internamente; avanzar hacia exámenes adaptativos en las que no necesites ocho horas para responder; y el posicionamiento de las microcredenciales y de diversas certificaciones.
Las microcredenciales representan un saber hacer y responden, en buena medida, a una brecha que existe entre lo que una persona aprende cuando egresa de una licenciatura y lo que están solicitando las empresas. Ello puede certificarse a través de estas.
Tenemos, por ejemplo, la certificación de Ingeniería de Software y también la licenciatura en Gastronomía. Además de Derecho y Contaduría, tenemos Ingeniería Civil, Ingeniería Industrial, Arquitectura, Economía, Nutrición y otras áreas, hasta que lleguemos a completar las 31 licenciaturas que evaluamos.
Después de hablar de la institución, de la evaluación y de los jóvenes ¿quién es Carmen Enedina Rodríguez Armenta en este momento de su vida?
Carmen es una mujer sinaloense profundamente agradecida con la educación pública, a la que reconoce como el motor de su movilidad social. Honra su pasado, mira el futuro con esperanza y vive cada día con intensidad, propósito y gratitud.










