Milka IBÁÑEZ*
CDMX.-Hay películas que no necesitan grandes tragedias, conflictos rebuscados o giros inesperados para conmovernos. A veces basta con que logren algo aparentemente más sencillo: hacernos sentir nostalgia, construir personajes por los que podemos sentir empatía, o incluso cierto repele, pero cuya historia queremos conocer. Café Chairel, de Fernando Barreda Luna, es una de ellas.
Alfonso (Mauricio Isaac) y Katia (Tessa Ia) son dos personas solitarias, detenidas de distintas maneras por la pérdida. Sus caminos se cruzan alrededor de un pequeño café que intenta salir adelante, aunque hay un pequeño inconveniente: Alfonso quiere tener una cafetería, pero no sabe absolutamente nada de café. El resultado, por supuesto, es un fracaso y también uno de los puntos más graciosos con los que arranca la película.
Pero detrás del humor comienza a asomarse algo mucho más profundo. Alfonso vive prácticamente atrapado en una enorme casa abandonada, descuidada y detenida en el tiempo. Poco a poco entendemos que ese espacio es también un reflejo de él mismo: un lugar donde se ha escondido un dolor que lleva demasiado tiempo intentando evitar.

La casa termina convirtiéndose en un personaje más. Sus habitaciones, los objetos acumulados y los silencios hablan incluso cuando Alfonso no quiere hacerlo. Y conforme Katia entra en su vida, también comienza a entrar luz en esos espacios que parecían condenados al abandono.
Aunque Katia tampoco llega libre de sus propios fantasmas. Detrás de una coraza que por momentos parece incapaz de empatizar con Alfonso, esconde en realidad algo muy parecido: sus propias pérdidas y aquello que tampoco pudo ser. Porque defendernos del dolor tiene muchas capas y no siempre se manifiesta de la misma manera. Mientras uno parece haberse encerrado en el pasado, la otra aparenta poder seguir adelante sin mirar atrás. En el encuentro entre ambos descubren que quizá ninguna de las dos cosas es del todo cierta y, poco a poco, encuentran algo de luz en el camino, en sus pérdidas y en todo aquello que la vida no les permitió vivir.
Uno de los mayores aciertos de Café Chairel está precisamente en la dupla que construyen Mauricio Isaac y Tessa Ia. Sus personajes podrían parecer incompatibles, pero es en esa diferencia donde la historia va tomando fuerza. Entre discusiones, silencios, torpezas y tazas de café, ambos van bajando poco a poco sus propias defensas, sin necesidad de grandes discursos.

Filmada en Tampico y Ciudad Madero, Tamaulipas, la película encuentra además un escenario pocas veces explorado por nuestro cine. La playa, las calles, la laguna de Chairel, el jardín y esa sensación de un tiempo que parece avanzar de otra manera acompañan perfectamente a sus protagonistas. Hay historias que simplemente se ven; Café Chairel por momentos parece que también puede olerse: a humedad, a una casa que lleva demasiado tiempo cerrada y, por supuesto, a café recién hecho.
Porque quizá todos desarrollamos distintas corazas para esconder aquello que nos duele. Para algunos es una sonrisa permanente; para otros, ser groseros, déspotas o mantener al mundo a distancia. Café Chairel nos recuerda que incluso las corazas que parecen más difíciles de romper pueden comenzar a resquebrajarse con algo tan sencillo como un buen café y, sobre todo, con la persona indicada.
Café Chairel se encuentra actualmente disponible en renta a través de Amazon Prime Video.

*Oaxaqueña, productora de cine, gestora cultural y directora del Festival Internacional de Cine y Comedia 24 Risas por Segundo.









