José Carlos LOPEZ HERNÁNDEZ*
Escribir es parte de una imaginación, oficio y sentipensar artístico que nos permite crear, descubrir y cohabitar creativamente mundos. El acto de la escritura no sólo se trata de ordenar palabras a lo largo de las páginas, sino de la coexistencia alquímica entre discursos, prácticas, experiencias, emociones, sentimientos y pensamientos.
Escribir es un ejercicio donde las sensibilidades se encuentran dialécticamente con los razonamientos. Por ello, la escritura muta en un acto sentipensante que observa, describe, comprende e interpreta mundos que se sienten, experimentan y piensan.
La escritura se desarrolla en clave humanística y busca codificar y decodificar recuerdos y dudas, así como, olvidos y certezas. Por eso, a través del tiempo me he percatado que, por medio de la escritura, no sólo seguimos a las y los seres, objetos, hechos, sucesos, acontecimientos, sino también, seguimos el circuito donde se entrecruzan las emociones, los sentimientos, los pensamientos, las reflexiones, las ideas, las palabras.

Así, los párrafos de un texto se convierten en huellas que evidencian tiempos, espacios y lugares que encapsulan sensibilidades colectivas que dialogan con las o los que escriben. Por eso, escribir es un acto sentipensante que nos funde con los mundos que observamos, vivimos y narramos.
Si les soy sincero, jamás imaginé que escribiría en blogs, periódicos, revistas, libros, por ende, hoy quiero confesar que esa actividad se la debo a la sociología, pues, escribir implica afinar la mirada para aprender a observar lo aparentemente cotidiano, hasta redescubrir, en dicho ejercicio, las tramas invisibles de lo social.

En ese tenor, la imaginación, el oficio y el acto sentipensante de la escritura -con inspiración sociológica- consiste en volver extraño lo familiar y tornar comprensible aquello que parecía caótico. Escribir en clave sociológica no debería significar renunciar a la belleza del lenguaje, más bien, la precisión teórica y conceptual puede convivir con la sensibilidad narrativa, ya que las ideas cuando se sentipiensan de manera académica también son bellas y disfrutables.
Me parece que un texto académico puede convertirse en un territorio donde cohabiten la reflexión rigurosa y profesional y la imaginación crítica y creativa, al grado, de transformar el acto de la escritura en una alquimia sociológica donde los mundos se desarman y se vuelven a ensamblar para comprenderlos mejor.
El acto de la escritura es profundamente ético-político, ya que nombra realidades para acompañarlas, y porque no decir, tratar de transformarlas.
Escribir -desde la mirada de un sociólogo sentipensante- se convierte en un estado de introspección que nos demuestra que las palabras son acción en potencia; no son neutrales; abren o cierran horizontes de interpretación; visibilizan o invisibilizan conflictos; revelan u ocultan desigualdades. Escribir exige una ética-política de la auto búsqueda que nos haga preguntarnos siempre desde dónde, cuándo, cómo, por qué y para quién hablamos y escribimos.

En ese marco, me gustaría celebrar estos 24 años de la Revista Mujeres Shaíque, expresando que escribir es un acto de paciencia artesanal que implica reposar emociones y sentimientos y clarificar ideas y pensamientos, para después, aterrizarlas en acciones y proyectos.
Es decir, en esta paciencia artesanal se encierra una de las enseñanzas más valiosas del quehacer de la escritura: los saberes, los conocimientos y las experiencias forman parte de las regiones inexploradas y por escribir del mañana.
De modo tal, que durante los ejercicios de escritura que me han permitido desarrollar en la Revista Mujeres Shaíque, he aprendido que cada texto condensa conversaciones trilógicas, ya que conversamos con autoras y autores que nos precedieron o son referentes de nuestros presentes; con lectoras y lectores que aún no conocemos, pero, quizás y sólo quizás, algún día nos reconozcamos; y con las preguntas que atraviesan los espíritus de las épocas.

Por ello, la escritura tiene algo de acto artesanal, ya que no basta con tener ideas, hay que trabajarlas, para después, pulir los conceptos y cuidar los ritmos de los argumentos. Como en todo oficio, la práctica constante va afinando la sensibilidad de la o el escritor, por ejemplo, aprender a identificar dónde una palabra sobra; dónde una metáfora ilumina; o dónde el silencio dice más que párrafos enteros.
Al final, escribir -con inspiración sociológica- es una manera de preguntarnos por las vidas colectivas; es una invitación a mirar con mayor profundidad aquello que nos rodea; es una forma de compromiso con la comprensión de las alteridades.
Escribir es…
Operar una máquina del tiempo que permite transformar las emociones en sentimientos, las experiencias en pensamientos y los pensamientos en conversaciones; es percatarse que cada texto es una pequeña grieta de rebeldía, desde la cual, se busca dilucidar críticamente la complejidad de lo social; es entrevistarnos con las realidades; es una forma de cohabitar las realidades con mayor sensibilidad, curiosidad y asombro.
En síntesis, el acto de escribir nos permite conectar emocionalmente con lo deseable; aventurarnos sentimentalmente a lo desconocido; precisar, de manera apetecible, lo racional; y plantear, experiencialmente, lo pertinente.
Dedicatoria y agradecimiento especial:
Agradezco a la artista Samantha Flores, ya que su arte alquímico acompañó magistral y creativamente la presente columna dedicada a los 24 años de la Revista Mujeres Shaíque.

*Egresado y docente de la Facultad de Sociología de la Universidad Veracruzana. Integrante del Comité Editorial de Sociogénesis. Integrante del Consejo Editorial de la Biblioteca Digital de Humanidades. Docente invitado de la Universidad Pedagógica Veracruzana.






