Pluma Invitada: Isabella PALACIOS
XALAPA, VER.-Desde hace años, quienes nos hemos identificado con el movimiento feminista constantemente escuchamos una frase que incomoda, pero persiste: “el peor enemigo de una mujer, es otra mujer”. Durante mucho tiempo hemos intentado refutarla, matizarla o incluso rechazarla por completo. Sin embargo, quizá la respuesta no está en negarla, sino en entender de dónde proviene.

| Figura 1. Árbol de Mujer.
Autora: Samantha Flores. Técnica: Mixta. 2021. |
Y es que ninguna persona aprende únicamente lo que le enseñan en casa o en la escuela. También aprendemos, y profundamente, de aquello que la sociedad transmite sin decirlo de forma explícita. No hace falta que alguien nos diga “debes hacer…” o “tienes que ser…”; basta con observar qué se aprueba, qué se sanciona y qué se tolera para interiorizarlo. Por ejemplo, no necesito que alguien me prohíba usar una falda corta en el trabajo para entender que puede ser considerado “inapropiado”. Lo aprendo al observar las reacciones de quienes me rodean. Y así, de manera casi imperceptible, ajusto mi conducta para evitar consecuencias negativas.

| Figura 2. Jardín con jacaranda.
Autora: Samantha Flores. Técnica: Mixta. 2022. |
Este tipo de aprendizaje no es uniforme, pero sí es poderoso. Nos atraviesa a todas y todos. Por eso, en una sociedad como la nuestra, estructurada históricamente bajo un sistema patriarcal, tanto hombres como mujeres aprendemos, y reproducimos conductas machistas, en la mayoría de las ocasiones, sin plena conciencia de ello.
Aquí es donde el problema se vuelve más complejo. Hoy vivimos en un contexto que se nombra a sí mismo como un “tiempo de mujeres”. Sin embargo, ese momento histórico no elimina automáticamente las inercias del pasado. Por el contrario, las hace más visibles, especialmente cuando las mujeres acceden a espacios de poder y toma de decisiones.
Porque entonces aparece una tensión difícil de ignorar: fuimos educadas para no incomodar, para conciliar, para ceder. Pero también hay quienes, en sentido opuesto, buscan confrontar toda forma de autoridad sin detenerse a analizar si su postura realmente responde al bien común. En medio de esa tensión, ejercer el poder desde una identidad femenina no garantiza, por sí mismo, una actuación con perspectiva de género.
Como servidora pública, puedo decir que todos los días procuro cumplir con mi encomienda de la mejor manera posible. Pero también intento no perder de vista mi condición de mujer, no como una etiqueta, sino como una herramienta para comprender mejor ciertas realidades. Esa condición me permite reconocer violencias que de otra manera podrían pasar desapercibidas, y me obliga (sí, me obliga) a actuar frente a ellas.

| Figura 3. Jardín con cielo de colores.
Autora: Samantha Flores. Técnica: Mixta. 2023. |
Por eso resulta preocupante cuando mujeres en posiciones de poder se desvinculan de esta responsabilidad. No porque deban actuar de una forma “esperada”, sino porque, al hacerlo, terminan reproduciendo las mismas estructuras que históricamente nos han colocado en desventaja.
Y el sistema es lo suficientemente sofisticado como para adaptarse. Ha aprendido a incorporar el discurso feminista, a institucionalizarlo, a volverlo parte del lenguaje oficial… mientras, en la práctica, sigue operando bajo lógicas que nos violentan. En ese proceso, incluso instrumentaliza a mujeres que, con o sin conciencia, participan en la reproducción de esas dinámicas para mantenerse dentro de espacios de poder que aún no terminan de pertenecerles.
Pensemos en un caso de acoso u hostigamiento sexual dentro de un entorno laboral. El agresor es un subordinado cercano a un directivo. Una jefa presencia estas conductas hacia una trabajadora. Sin embargo, decide no intervenir. No denunciar. No incomodar. ¿La razón? Proteger la imagen institucional. Evitar conflictos. Mantener su posición.
Bajo esta lógica, visibilizar el acoso implicaría afectar la percepción pública de quien encabeza la organización. Pero lo que se omite es fundamental: quien debería cargar con el descrédito es quien ejerce la violencia, no quien la expone. Más aún, una actuación firme frente a estos hechos fortalecería la percepción de ese espacio como un entorno seguro. Como dice Gisèle Pelicot, la vergüenza debe cambiar de bando.
Lo que este ejemplo revela es profundamente inquietante: socialmente sigue siendo más aceptable tolerar una conducta machista que denunciarla. Así, algunas mujeres optan por callar, por volverse cómplices o incluso partícipes de la violencia contra otras mujeres, con tal de preservar su lugar dentro de la estructura. Y lo más grave es que muchas veces esto no se percibe como un error, sino como una forma de “equilibrio”, como una muestra de fortaleza frente a lo que se considera debilidad en otra mujer.

| Figura 4. Jardín con mariposas.
Autora: Samantha Flores. Técnica: Mixta. 2022. |
Este fenómeno no se limita al ámbito laboral. También se reproduce en el servicio público, donde hay mujeres que permiten la vulneración de derechos humanos y, paradójicamente, recurren al discurso de la violencia de género únicamente cuando ellas mismas se sienten afectadas. Es decir, la perspectiva de género se activa de forma selectiva, dependiendo de a quién beneficia. Frente a esto, es necesario decirlo con claridad: ser mujer no garantiza empatía entre mujeres.
La sororidad no es un atributo automático, ni una consecuencia biológica. Es una postura ética y política que implica reconocer a otras mujeres como sujetas de derechos, comprender sus contextos y actuar con sensibilidad frente a sus condiciones. Y esta postura cobra especial relevancia en el ejercicio del poder.
Porque en México, actuar con perspectiva de género no es una opción ni una moda. Es una obligación constitucional. El artículo 1º constitucional establece que todas las autoridades, en el ámbito de sus competencias, deben promover, respetar, proteger y garantizar los derechos humanos, bajo principios como la universalidad, la interdependencia y la progresividad. Asimismo, prohíbe toda forma de discriminación que atente contra la dignidad humana.
Esto implica que ninguna autoridad, hombre o mujer, puede excusarse en su posición, en su contexto o en su conveniencia para omitir la atención a una violencia. Por ello, en este tiempo de mujeres, no podemos permitirnos normalizar conductas machistas, vengan de donde vengan. Mucho menos justificarlas bajo la falsa idea de que compartir género implica compartir valores.
Reconocer que todas y todos hemos sido formados dentro de un sistema patriarcal es un punto de partida necesario. Pero no puede ser un punto de llegada. La diferencia real comienza cuando, desde la conciencia, decidimos no reproducir esas prácticas, especialmente cuando tenemos la posibilidad y la responsabilidad de incidir en la vida de otras personas.
Porque mantener mujeres machistas en espacios de poder no sólo perpetúa la violencia: la legitima. Y frente a eso, no hay matiz posible. No se trata de señalar por señalar. Se trata de asumir que el silencio también es una forma de violencia, que la omisión también construye estructuras, y que cada decisión, por pequeña que parezca, contribuye a sostener o a modificar la realidad que habitamos.
*Licenciada en Derecho y maestra en Administración Pública. Actualmente se desempeña como Jefa de Departamento de Amparos, Peritajes y Diligencias en la Junta Local de Conciliación y Arbitraje del Estado de Veracruz. Su trayectoria combina el ejercicio jurídico con el análisis político, la gestión pública y el activismo feminista, con énfasis en la defensa de los derechos humanos de las mujeres y la construcción de instituciones con perspectiva de género.








