VENEZUELA, DOS LECCIONES
Juan Pedro de la Cruz
De las recientes elecciones de Venezuela se pueden extraer varias lecciones. Dos son las que, en lo personal, considero más importantes. Una es esperanzadora, aunque para sacarle provecho la oposición debe enfrentar su realidad política; y la otra presupone un riesgo que quizá la oposición no ha sabido aquilatar y que para la mayoría de la oposición ha pasado desapercibida. Vamos por partes.
En México, la oposición no ha dejado de reclamar por el piso disparejo en que transcurrió la elección. Considero que no necesita probarse lo evidente del señalamiento. Todos vimos los miles de espectaculares, bardas, pendones y otros tipos de propaganda, aparecer por cantidades ingentes por todas partes del país. Vimos también cómo la candidatura del oficialismo se lanzó al ruedo desde dos años antes de la elección e, indirectamente, fuimos testigos de cómo el gobierno destinó fuertes apoyos públicos a su candidata. El remache fue que Obrador, violando la ley como en todo lo anterior, uso una tribuna oficial, las conferencias gubernamentales, para apoyar a la candidata de su partido. Todo eso provocó que el terreno en el que se dio la contienda estuviese notoriamente inclinado hacia la candidatura oficialista. La denuncia de piso disparejo es correcta, pero el problema es cuando se usa como excusa para la derrota.
En Venezuela la presidencia se dirimió en una elección de estado. El gobierno venezolano movió todas las fichas a su alcance para ganar la elección. No solo eso, para evitar enfrentarse a rivales competitivos fue eliminando, con pretextos legales, una a una las candidaturas opositoras con más posibilidades de triunfo. Así María Corina Machado, la popular dirigente opositora, fue despojada de la candidatura y la oposición tuvo que recurrir a un candidato gris que, sin embargo, generó los consensos necesarios para mantener unido al bloque opositor. Pues, en resumen, con todo eso en contra, la oposición ganó las elecciones según todas las evidencias. Esa es la primera lección, el piso puede ser muy disparejo, puede ser una elección de estado, pero se puede ganar. Y si no se ganó, pues sencillamente no se trabajó lo necesario para ganar. Y eso aplica a México.
Segunda lección venezolana. Los gobiernos autoritarios, una vez que se apoderan del poder, harán todo lo posible para derribar la escalera que los llevó al mismo. La democracia la consideran un mecanismo útil en cuanto les sirve para conquistar el poder, pero indeseable y estorboso una vez que están en este. Saben que la misma puede permitirles a los opositores acceder al poder y harán todo lo posible para evitarlo. En ese “hacer todo lo posible” entra el dinamitar las instituciones de la democracia y de la justicia. Es decir, aquellas que regulan los procesos electorales y aquellas que sirven de garantes de los derechos de los competidores.
Eso es lo que hizo Venezuela secuestrando las facultades del congreso y apoderándose del instituto encargado de las elecciones. De ese modo, si se pierde una elección, el órgano electoral les entregará un triunfo que ganará en la mesa, no en la cancha. Y no para los opositores el amparo de la ley sino cárcel y represión. En Venezuela estamos viendo su desenlace con el fraude y la represión; pero en México, en donde vamos unos pasos atrás, estamos viendo los siniestros preparativos: una sobrerrepresentación legislativa para modificar la constitución es el primer paso. A ello seguirá la captura del órgano electoral y de las instituciones encargadas de la justicia. Y entonces, como Venezuela, o ganan por la buena o ganan por la mala, pero ganan. Y no descarte que se modifique la ley para que el déspota, como Santa Anna, regrese requerido por sus fanáticos porque sin él que será de este pobrecito país. Pues aprendemos las lecciones o así nos irá.







