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¿Se perdió la capacidad de asombro?

José Antonio Hernández Fraguas

Qué penoso para nuestro país que la sociedad haya perdido la capacidad de asombro y que se vea como normal el deterioro del estado de derecho. Si uno ve o escucha cualquier noticiero en televisión o radio y si lee la primera plana de cualquier periódico, los titulares casi siempre tienen que ver con la violencia generalizada en toda la República, con tiroteos, con asaltos, con desapariciones, y en general, con una grave crisis de seguridad pública, además de la polarización y la división social propiciada por el ambiente político.

Acostumbrarse a ese tipo de vida o que cada día nos sea más indiferente lo que sucede, produce desánimo y eleva el estrés social, lo que se refleja en irascibilidad, intolerancia o enojo y hace cada vez más difícil caminar o circular por las calles de cualquier ciudad; no es raro ver una discusión entre conductores de automóviles, o entre peatones, en un supermercado o en la entrada y salida de las escuelas, y eso muchas veces termina a golpes o, en el peor de los casos, a balazos; el comercio se siente inseguro, los creadores de empleo e inversión temerosos y los padres de familia preocupados por la seguridad de sus hijas e hijos, en fin, nada deseable para una sociedad que aspira a vivir con tranquilidad, en paz y en armonía, a crecer con seguridad y en libertad.

Sería deseable que quienes hoy tienen en sus manos la conducción del país, desde la presidencia de la República, las y los legisladores federales, todas y todos los integrantes del Poder Judicial, las y los gobernadores, las y los integrantes de los congresos locales, los jueces y juezas estatales, las dirigencias de los partidos políticos y, por supuesto, las y los aspirantes a participar en el proceso electoral del próximo año, modificarán el discurso y convocarán a una nueva convivencia social, en vez de incidir en la confrontación y en la inquina, eso, seguro traería mejores rendimientos políticos y podría atraer a la ciudadanía de una manera convincente para su causa.

Pero en medio de ese escenario triste y preocupante, últimamente hemos tenido algunas noticias que refrescan un poco, que nos distraen cuando menos, que hacen que cambie el tema de conversación por momentos, por ejemplo: Que la selección nacional de futbol dejó el marasmo y la apatía y ganó la copa de oro; que los seleccionados en clavados y en equipos de natación están haciendo un gran papel en el mundial de la especialidad, ganando medallas a pesar de la falta de apoyo oficial; que Checo Pérez, rompió la mala racha y volvió a subirse al podium al obtener el tercer lugar en el gran Premio de Hungría, remontando desde la novena posición en una carrera ejemplar, y que junto con Verstappen rompieron el récord de triunfos en la Fórmula Uno; que un barco atunero mexicano rescató a un náufrago que llevaba varias semanas perdido en el mar acompañado solo por su perrita, entre otras cosas positivas que levantan un poco el entusiasmo en algunos sectores de la sociedad.

Especialmente, quiero referirme a lo que pasa desde el pasado fin de semana en las salas cinematográficas de todo el país: el estreno de dos películas que han superado los récords de taquilla en el mundo, y México no ha sido la excepción. Se trata de la película Openheimer, que refiere la vida del inventor de la bomba atómica, lo que puso fin a la segunda guerra mundial, después de haber sido utilizadas en Hiroshima y Nagasaki, y a la esperada cinta de Barbie, aquella muñeca con la que han jugado nuestras esposas y nuestras hijas y que en esta película narra como Barbie, quien ha vivido siempre en un mundo ideal, con todas las comodidades y lujos, decide trasladarse al mundo real y descubre una sociedad en donde la mujer está empoderada debido a la necesidad de valerse por sí misma, de defenderse y de alcanzar oportunidades en materia laboral y social.

A propósito del empoderamiento de la mujer, y ahora que estamos ante la posibilidad real de que sea precisamente una mujer quien encabece la próxima presidencia de la República, ojalá las aspirantes a ese cargo, sin excluir a los hombres que también participan en sus respectivos frentes, ofrezcan una propuesta de conciliación, de unidad y de nueva esperanza para que cambie de manera definitiva el curso del país, y que así como vi grandes filas en las taquillas para ver esas películas, así sea la participación ciudadana el año próximo y se decida un mejor futuro para México.

Es necesario que todos y todas, salgamos a decidir qué tipo de país queremos y que podamos hacerlo en un ambiente de armonía y de paz social. Que ya se cambie de manera definitiva la narrativa de la discordia y la violencia por una de estabilidad y plenitud democrática.

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