Antonio SALDAÑA
BARCELONA, ESP.- Hay amores que llegan como un faro: constantes, firmes, previsibles. Y luego están los otros, los que funcionan como neones viejos: se encienden, se apagan, parpadean, te ilusionan, te desesperan… y aun así no puedes dejar de mirarlos. A eso lo llamamos intermitencia emocional, y aunque todos sabemos que desgasta, también sabemos que engancha como pocas cosas en la vida.
La intermitencia emocional es ese vaivén afectivo en el que una persona te ofrece cercanía un día y distancia al siguiente. Un “te quiero” tibio por la mañana y un silencio glacial por la noche. Y tú, que no eres tonto, lo notas, pero también recuerdas lo bien que se siente cuando la luz está encendida, y ahí es donde empieza el enganche.

¿Por qué engancha tanto? Porque la intermitencia juega con una parte muy primitiva del cerebro: la del premio impredecible, no seduce con estabilidad, sino con posibilidad y activa la esperanza y cuando esta se mezcla con el deseo, es una droga fina. Te hace creer que estás a un paso de lo que quieres, aunque ese paso nunca llegue. Es el “quizá mañana”, el “igual hoy sí”, el “cuando quiere, es maravilloso”.
Es el mismo mecanismo que hace que la gente se quede pegada a una máquina de apuestas, no es el premio grande lo que engancha, es el quizá a la siguiente gano, solo tengo que seguir intentándolo. No es el premio lo que nos atrapa, es la promesa del premio.
Y claro, uno se convence de que aguantar la oscuridad tiene sentido porque recuerda demasiado bien cómo brillaba la luz. El cerebro se vuelve adicto a ese pequeño subidón que llega cuando la persona reaparece con un mensaje, un gesto, una caricia que parece confirmar que no estabas imaginando todo.
Esto convierte el amor en una especie de montaña rusa emocional: subidas que te dejan sin aliento, bajadas que te revuelven el estómago, y ese tramo recto donde crees que ya se estabilizó… hasta que vuelve a caer. Y tú te dices que puedes con ello, que no te va a romper, que eres fuerte y que tu amor hará que todo cambie, pero la verdad es que sí te rompe, solo que en pedacitos tan pequeños que tardas en darte cuenta.
Y empiezas a analizar cada palabra, cada pausa, cada emoji. Te vuelves intérprete de señales mínimas, arqueólogo de migajas afectivas. Y mientras tanto, la otra persona sigue manejando el interruptor sin darse cuenta —o sin querer darse cuenta— de que cada apagón te cuesta energía y te hace idealizar los momentos buenos. Los conviertes en reliquias, en pruebas de que “sí puede”, de que “sí siente”, de que “sí hay algo”, y entonces justificas los silencios, las ausencias, las señales confusas. Te vuelves intérprete de migajas.

Pero esto no es amor, es un vaivén emocional que te mantiene en alerta, como si tu corazón viviera en un aeropuerto esperando un vuelo que siempre se retrasa y tú, en vez de irte a casa, te quedas mirando la pantalla por si cambia el estado del vuelo.
La salida —aunque duela admitirlo— no está en esperar a que la otra persona se vuelva constante. Está en preguntarte por qué aceptas un amor que se enciende y se apaga como si tu corazón fuera un interruptor público. Está en recordar que tú no eres una lámpara barata y que tu luz no es opcional, que quien te quiere no juega al escondite emocional.
La intermitencia engancha, sí, pero también enseña, te obliga a mirarte, a preguntarte qué tipo de amor estás dispuesto a sostener y cuál ya no. Y cuando entiendes que mereces un amor que no dependa del clima emocional de nadie, algo dentro de ti hace clic. Y ese clic no apaga nada: te enciende entero.

*Master en coaching en inteligencia emocional y PNL por la Universidad Isabel I de Castilla. Nº 20213960. Diploma en especialización en coaching y programación neurolingüística (PNL) por la Escuela de Negocios Europea de Barcelona.
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