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Historicismo: el falso guion detrás de las ideologías totalitarias según Karl Popper
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Taré Alaníz Taré Alaníz23 minutos ago0 14

¿Está la historia humana guiada por leyes inevitables? ¿Existe una clase, raza o nación destinada a gobernar el mundo? Para el filósofo Karl Popper, la respuesta es clara: no. En el primer capítulo de su influyente obra La sociedad abierta y sus enemigos, Popper expone y cuestiona de raíz lo que llama historicismo, una forma de pensamiento que, aunque presente desde la antigüedad, sigue marcando discursos políticos y sociales actuales.

En palabras del autor, el historicismo es la “actitud de interpretar la historia como si existieran leyes específicas que rigen su desarrollo” (Popper 2010, 23). Estas leyes —según los historicistas— permitirían no solo entender el pasado, sino también predecir el futuro. Esta idea no es exclusiva de una corriente ideológica: Popper señala que tanto el racismo como el marxismo adoptan formas distintas de historicismo, pero comparten la misma ambición profética.

Para Popper, el problema central no está únicamente en que el historicismo sea erróneo como método, sino en su poder de convicción. Su estructura interna —compleja, pero flexible— permite que cualquier hecho histórico pueda ser acomodado dentro de sus esquemas interpretativos, volviéndolos irrefutables. “Ninguna experiencia concebible puede refutarlo”, escribe, señalando así su carácter dogmático (Popper 2010, 25).

Un ejemplo claro de esta lógica es la doctrina del “pueblo elegido”, una antigua forma de historicismo de raíz teísta. En esta visión, Dios elige a una comunidad para cumplir su voluntad sobre la tierra, dotando a esa tribu, nación o religión de una misión histórica predestinada. Esta idea, explica Popper, se origina en sociedades tribales, donde el individuo no tenía valor más allá de su pertenencia al colectivo. Aun hoy, esta idea sobrevive en discursos nacionalistas, supremacistas o religiosos que pretenden justificar su superioridad a partir de un supuesto mandato histórico.

A su vez, Popper compara esta lógica con las versiones modernas del historicismo: el racismo —que habla de razas superiores por naturaleza— y el marxismo —que atribuye el sentido de la historia a la lucha de clases. Ambas ideologías, afirma, pretenden descubrir leyes inmutables que gobiernan el destino de la humanidad y ofrecen explicaciones totalizantes del pasado, el presente y el futuro.

No obstante, Popper advierte que la ciencia y la filosofía deben mantenerse críticas frente a estos discursos. En lugar de buscar leyes absolutas, propone analizar cada fenómeno histórico con método y cautela. La historia no está escrita de antemano, ni responde a un guion oculto.

La fuerza de este argumento cobra relevancia en un contexto donde resurgen relatos de destino histórico, sea en el nombre de la religión, la raza, la clase o la nación. Popper nos invita a desconfiar de cualquier doctrina que pretenda conocer el “fin” de la historia o arrogarse la misión de conducirla.

Fuente:
Karl Popper, La sociedad abierta y sus enemigos, capítulo 1: “El historicismo y el mito del destino” (Editorial Paidós, México, 2010), pp. 23–25. ISBN: 978-607-7626-36-7.

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