Karla MARTINEZ DE AGUILAR
La doctora Laura Iturbide Galindo es una economista, académica mexicana cuya vida quedó marcada por una experiencia que cambió para siempre su manera de entender la existencia: sobrevivió a los atentados del 11 de septiembre de 2001, cuando se encontraba en las Torres Gemelas de Nueva York. Aquella mañana, la incertidumbre, el miedo y la posibilidad de no volver a ver a sus seres queridos le revelaron el valor de cada día y la importancia de vivir con gratitud.
Su historia, sin embargo, comenzó mucho antes de aquel acontecimiento. Desde joven encontró en la economía una herramienta para comprender las desigualdades sociales y contribuir al desarrollo de las personas. Su trayectoria la ha llevado a trabajar en el sector público, la iniciativa privada y la educación, convencida que el conocimiento, la responsabilidad empresarial y la solidaridad pueden transformar vidas.
Y en esta entrevista nos comparte las experiencias que definieron su vocación, su visión sobre la pobreza y el compromiso de las empresas con la sociedad, pero también abre una ventana a la parte más íntima de su historia: la oportunidad de seguir viviendo, la fe y la decisión de convertir una segunda oportunidad en una vida dedicada a los demás.

Doctora Laura, ¿cómo nació su interés por la economía y en qué momento descubrió que los números podían ayudarla a comprender las desigualdades sociales?
Desde niña me interesaron las cuestiones sociales. En la preparatoria y en la universidad participé en labores de apoyo a niñas en situación de calle porque me inquietaba entender por qué no habían tenido como yo, un hogar integrado y la posibilidad de estudiar. Poco a poco descubrí que el análisis de esas realidades podía apoyarse en modelos matemáticos y predictivos.
Conforme avancé en mis estudios, las matemáticas comenzaron a fascinarme. Estudié por mi cuenta con libros como los de Baldor y Joseph Schumpeter, y fui encontrando un equilibrio entre el rigor matemático y mi interés por los problemas sociales. Para mí, lo social y lo económico nunca han estado separados.
Mi padre era dentista, pero tenía una gran afición por la lectura y en casa llegaban muchos libros, entre ellos los breviarios del Fondo de Cultura Económica (FCE). Eso despertó en mí el interés por los sistemas económicos y su comparación, además, a través de conversaciones con profesores, economistas y matemáticos, fui definiendo mi vocación. La economía me parece fascinante y siempre digo que, si muriera y volviera a nacer, volvería a estudiarla.
Su trayectoria combina el análisis económico con una profunda preocupación por el desarrollo humano. ¿Qué experiencias profesionales construyeron esa visión?
Desde que comencé a trabajar en el sistema hacendario, en el área de las finanzas públicas, después de descubrir en la universidad mi interés por la teoría monetaria y las finanzas.
A principios de los años ochenta, cuando las oportunidades de estudiar un posgrado en el extranjero eran más limitadas, fui aceptada en la Universidad de Cornell, en Nueva York. Ahí descubrí una extraordinaria vertiente de estudios sobre desarrollo económico, pobreza y desigualdad. Tuve profesores muy destacados, entre ellos Gary Fields, reconocido por sus investigaciones en esos temas. Realicé mi especialización doctoral en desarrollo económico y, al regresar a México, trabajé en el Banco de Desarrollo Rural, S.A. (Banrural), donde adquirí una experiencia práctica que complementó mi formación académica.
Más adelante, en el Banco Nacional de México (Banamex), me adentré en el análisis económico internacional y en el trabajo con consejos consultivos. Ahí comprendí que las grandes empresas podían contribuir al desarrollo no solamente de sus empleados, sino también de sus comunidades y de los sectores en los que participan.
Posteriormente, la Universidad Anáhuac, mi alma mater, me dio la oportunidad de fundar el Instituto de Desarrollo Empresarial Anáhuac (IDEA). Desde ahí impulsamos investigación, capacitación ejecutiva, consultoría y proyectos de innovación que tuvieron incidencia en México y América Latina. También trabajamos en responsabilidad social empresarial y en la incorporación de pequeñas y medianas empresas a las cadenas de valor de grandes compañías.
La misión con el IDEA es demostrar que actuar con calidad, inclusión social y responsabilidad ambiental no solo representa una ventaja competitiva, sino que también contribuye a la sostenibilidad de largo plazo.
A la par de todo ello, siempre e impartido cátedras, conferencias, coloquios, talleres y seminarios y, además, he publicado dos libros en coautoría titulados Negocios con Responsabilidad Social, la Base de la Pirámide; y Tecnologías y nuevos modelos para La Paz.

Ha dedicado buena parte de su vida a estudiar la pobreza y la desigualdad. ¿Qué tendría que cambiar para que la responsabilidad social de las empresas y la participación ciudadana se traduzcan en mejores oportunidades para quienes más lo necesitan?
Aportando cada quien su granito de arena porque a veces, pequeñas acciones cambian el destino de las personas y hasta el de un país. Una empresa responsable puede transformar no solo su entorno inmediato, sino también la vida de su comunidad.
Hay muchas maneras de actuar responsablemente: ofrecer productos de calidad, utilizar procesos sustentables, no engañar al consumidor e incorporar a personas de menores ingresos a actividades productivas, con capacitación que les permita obtener ingresos y acceder a un empleo formal.
Una empresa que cuida a sus trabajadores y a su comunidad también fortalece su reputación, sus oportunidades de mercado y sus posibilidades de crecimiento. En mi propia casa lo vi. Una vez le pregunté a mi madre por qué comprábamos determinada marca de yogur y no otra; me respondió que esa empresa ayudaba a niños con cáncer y que por eso prefería apoyarla.
Ese tipo de decisiones demuestra que la responsabilidad social también puede influir en la manera en que consumimos y México tiene mucho que aprender del mundo, pero también mucho que enseñar. Existe un país solidario y generoso que merece ser reconocido.
Cuando hablamos de desarrollo, también aparecen grandes inversiones que generan expectativas económicas, pero que plantean preguntas sobre el medio ambiente y el bienestar de las comunidades. ¿Qué responsabilidad debe asumir el Estado frente a estos proyectos?
El gobierno debe salvaguardar el medio ambiente, la paz social y el bienestar de las personas. Su responsabilidad no se limita a garantizar la seguridad: también debe respetar los derechos civiles y fortalecer el Estado de derecho.
El investigador español Joseph Lozano explica de manera muy interesante cómo vivimos una crisis de tres dimensiones: la del medio ambiente, la de nuestras relaciones sociales y la que experimentamos como individuos.
Cuando deterioramos la naturaleza, también afectamos al ser humano. Los incendios, las inundaciones y otros efectos del cambio climático generan pérdidas, pobreza y condiciones de vida cada vez más difíciles.
La contaminación del agua y del aire puede provocar enfermedades, pero también vivir en condiciones de peligro constante genera ansiedad y afecta nuestro equilibrio emocional. Son crisis que se relacionan entre sí.
Necesitamos un sistema educativo sólido, servicios de salud de calidad, seguridad social y vivienda. Los apoyos económicos y el incremento de los ingresos son importantes, pero no bastan por sí solos, y debemos encontrar un equilibrio entre las distintas necesidades, acercarnos al sector privado y a la sociedad civil para generar conciencia que todos podemos contribuir.
Doctora, el 11 de septiembre de 2001 su vida cambió para siempre. Usted se encontraba en las Torres Gemelas, en Nueva York, a pocos metros de uno de los acontecimientos más impactantes de la historia contemporánea. ¿Cómo recuerda aquella mañana y qué le permitió sobrevivir a una experiencia en la que llegó a pensar que no volvería a ver a sus seres queridos?
Por azares del destino, me encontraba en una convención de economía y negocios organizada por la Asociación Nacional de Economistas de Negocios, conocida como NABE, que se realizó en la Torre Sur de una de las Torres Gemelas.
Nos movíamos entre ambas torres porque JP Morgan, que tenía sus oficinas en la Torre Norte, era copatrocinador del encuentro y la Torre Sur nos resultaba muy cómoda porque en sus primeros 20 pisos estaba el Hotel Marriott World Trade Center, donde nos hospedábamos los asistentes.
Pasábamos buena parte del tiempo en los salones del hotel y acudíamos a las oficinas de nuestros colegas financieros. Tuve la fortuna de sobrevivir, al igual que mi amiga Eunice Meyer, economista en jefe que me acompañaba.
La historia de cómo sobreviví es larga y muy difícil. Cuando regresé, mi esposo me dijo que dos cosas habían sido determinantes: la toma de buenas decisiones y la misericordia divina. Yo estaba demasiado aturdida para comprender todo lo que había vivido, pero esas dos razones me ayudaron a entender por qué seguía con vida.
Estoy viva porque, de alguna manera, no me tocaba partir ese día y cuando tienes una segunda oportunidad, empiezas a mirar la vida de otra manera. Afortunadamente, hasta ahora no he sufrido una enfermedad grave derivada de aquella experiencia como les ha ocurrido a muchas personas que estuvieron expuestas a las sustancias tóxicas que se inhalaron ese día. Algunas incluso han fallecido años después por esas consecuencias.
Cuando recuerdo lo ocurrido, pienso en un artículo que escribí para El Universal, después de una conmemoración a las víctimas: después de la oscuridad, la muerte y el drama, también hay luz y esperanza. Yo decidí elegir la luz y no el odio.
Si tuve la fortuna de sobrevivir y tantas personas no lo consiguieron, lo primero que debo hacer es agradecer a la vida, y también comprendí que hay que aprovechar los días que nos quedan y devolver, de alguna manera, lo mucho o lo poco que hemos recibido.
Mi padre murió a los 94 años y solía decir que estaba viviendo horas extras. Yo le respondía: “No, papá, la que está viviendo horas extras soy yo”. Esa conciencia de estar aquí, de poder despertar cada mañana, me llevó a agradecerle a Dios y a encontrar una manera de compartir con los demás lo que he aprendido.

Una de las formas en que he podido transmitir esa luz es a través del conocimiento: lo que he estudiado, lo que he vivido y las oportunidades que he tenido de conocer a personas valiosas que me educaron, me aconsejaron y me ayudaron a crecer. Por eso dediqué mi vida a la educación, y reafirmé mi fe en Dios y en algo superior.
En momentos así, todo lo demás pasa a un segundo plano. Hubo un instante en el que me despedí de mis seres queridos y lo digo con toda sinceridad porque pensé que no viviría para contarlo.
Sé lo que significa estar en una situación de incertidumbre extrema, tener momentos de lucidez y pensar que quizá no estarás viva al minuto siguiente. En ese momento, mientras podía hacerlo, fui despidiéndome de cada uno de ellos, pero Dios decidió que mi misión era más grande y me dio esa oportunidad.
Cada noche, antes de dormir, me hago la misma pregunta: “¿Serviste hoy”?










