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Karla MARTINEZ DE AGUILAR

MONTERREY, N.L.- Adriana Buenrostro creció rodeada de historias antiguas, árboles frutales y animales que llenaban de vida la enorme casa donde fue criada por dos mujeres valientes, María y Hermelinda. Entre hilos, bordados y cuentos de la Revolución, aprendió que la dulzura puede convivir con la fuerza y que amar también es proteger.

Décadas después, esa niña que recogía huevos al amanecer y cuidaba colibríes heridos, se convirtió en una de las activistas más comprometidas por los derechos de los animales en México. Desde su experiencia personal, Adriana defiende no solo la vida de los seres sintientes, sino también un ideal profundo: construir un país donde la justicia empiece por el respeto a todo ser vivo.

Su lucha cobra sentido en un contexto alarmante: en México, siete de cada diez animales domésticos sufren algún tipo de maltrato y casi ninguno de esos casos recibe castigo. Esa impunidad inspira la causa de la que forma parte Adriana como Directora Política de Animal Heroes: la Ley Pay de Limón, presentada en el Senado de México el 1 de octubre de este año y que actualmente está en proceso de aprobación y discusión, para buscar reconocer el sufrimiento animal como un problema de justicia social, cuyo nombre surge del perro llamado Pay de Limón, a quien, cuando era cachorro, sicarios del cártel de Los Zetas le mutilaron los dedos de sus dos patas delanteras para practicar métodos de tortura.

La Ley Pay de Limón, más que una reforma, es una esperanza de cambio cultural, un llamado a la empatía y a la responsabilidad colectiva además que abre la puerta para que congresos locales puedan sumarse y homologar la normativa.

¿De dónde eres originaria y cómo fue tu niñez? Seguramente este amor por los animales nació desde temprana edad.

Soy originaria del sur de Jalisco, de una pequeña ciudad llamada Ciudad Guzmán. Fui criada desde los dos años por una familia homoparental de dos hermanas ya mayores que me acogieron cuando tenía apenas dos días de nacida (una tenía 73 años y la otra 77). Viví una infancia muy distinta a la de mis contemporáneos: entre tejidos, bordados, cocina y lecturas. No conocí las barbies ni las caricaturas, sino los cuentos y las leyendas que ellas me contaban. ¡Imagínate! una nació en 1903 y la otra en 1907; crecí escuchando sus historias de cuando fueron cristeras y revolucionarias.

Ellas vivían de una gran parcela heredada, donde sembraban maíz, alfalfa y avena. Nuestra casa era enorme, con una huerta llena de árboles frutales y animales. Allí comenzó mi vínculo con la naturaleza. No nací siendo vegana, pero con el tiempo entendí la conexión que existe entre la vida y la sintiencia de los animales.

Teníamos cerditos, gallinas, perros y gatos recogidos de la calle, y una becerrita que me decían “la becerrita de la niña”. Mis mamás eran muy sensibles con los animales: afuera de la casa había comederos (sobras de comida o les preparaban cosas de comida con arroz y tortillas y pollo) donde cualquiera podía llegar. Les llamaban “los concens”. No sé por qué o cómo explicarlo, pero todos los animales sabían que allí siempre encontrarían comida y cuidado. Era un pequeño refugio improvisado en medio de una casa llena de amor.

Cuéntame de tus mamás ¿cómo se llamaban y qué recuerdas de ellas?

María y Hermelinda Jiménez Velasco. Tenían personalidades muy diferentes. Hermelinda era firme, práctica, la que llevaba los negocios. María, en cambio, era dulzura pura. Yo siempre digo que era como un pan recién hecho: cálida, buena, tierna. A las dos las amé profundamente.

Mi nombre completo es Mercedes Adriana, aunque todos me conocen como Adriana Buenrostro. Para ellas, yo era “mi Merceditas”.

De mi mamá María aprendí la empatía y la ternura; de mi mamá Hermelinda, la persistencia y la fuerza. María me enseñó a cuidar colibríes, a hablar con las plantas. Hermelinda, en cambio, me enseñó que protestar está bien, pero que siempre debe venir acompañada de una propuesta; en ella encontré la persistencia, la revolución y fue ese match fue el que me hizo la mujer activista que soy ahora (cariñosa, empática, con afinidad hacia la vida, de reconocimiento hacia la vida de cualquier tipo), de ese equilibrio que formó la dulzura y la rebeldía que hoy sostienen mi activismo.

Tu infancia también tuvo una parte dolorosa cuando regresó tu familia biológica
Sí, fue una etapa muy difícil. Mi familia biológica era profundamente violenta. Viví maltrato físico, psicológico y también hacia los animales. Mi progenitor ejercía maltrato y violencia doméstica hacia mi madre, hacia mi hermana, mi hermano y con mis mamás así como hacia los animales: utilizaba a los animales para castigarme¸ porque me regalaba uno, me dejaba encariñarme y luego lo mataba delante de mí. Fue una crueldad indescriptible.

Tenía siete u ocho años cuando llevé el cuerpo de uno de esos animales al Ministerio Público para denunciarlo. Pensé que la justicia me escucharía, pero se rieron de mí. Me dijeron: “¿Qué le habrás hecho a tu papá?” y remataron con que ello no era un delito y por ende, no se metía a nadie a la cárcel. Salí de ahí con la certeza que algo debía cambiar. Esa fue mi primera lección sobre la injusticia y el poder.

¿Fue ahí donde nació tu impulso de ser activista?

Sí. A los diez años organicé mi primera protesta con unas amigas que salió en todos los periódicos de la ciudad; querían talar unos árboles para construir un centro deportivo y nosotras marchamos con carteles. Otra motivación para alzar la voz fue que hacía senderismo con mi abuelo paterno y llegábamos a esos árboles desde donde podíamos ver el volcán de fuego de Colima y el volcán de nieve, por lo que se convirtió en un lugar que quería.

El presidente municipal nos recibió, se tomó la foto y prometió no talarlos, pero lo hizo. Sin embargo, entendí que el poder político era una herramienta para cambiar las cosas. Tardé 33 años en lograr que en Jalisco se tipificara el delito de maltrato y crueldad hacia cualquier animal -sea doméstico o silvestre- ocasionando desde lesiones hasta la muerte. Ese día sentí que por fin podía decirle a ese hombre del pasado: “Ahora sí, tengo cómo meterte a la cárcel”.

¿Cómo ha avanzado esta Ley en otros estados?

Ha sido un proceso largo. Apenas hace poco más de seis meses se tipificó en Chiapas el delito de maltrato animal. con penas que van de 6 meses a 5 años de prisión, multas económicas y hasta la inhabilitación profesional para quien abandone, maltrate o cause la muerte de un animal. Este cambio legislativo también contempla sanciones específicas para actos como peleas de perros y abandono de mascotas, reconociendo a los animales como seres sintientes.

Aún hay estados con sanciones muy bajas.

La Ley Pay de Limón busca unificar criterios y distinguir entre maltrato y crueldad. Maltrato es el descuido; crueldad es el daño intencional, pero si persistes en el maltrato sabiendo el daño que causas, se convierte en crueldad.

La Suprema Corte eliminó el delito de maltrato animal de la prisión preventiva oficiosa, lo que significa que muchos agresores pueden seguir libres, pero lo que pocos comprenden es que, cuando castigas el maltrato animal, también salvas familias enteras de la violencia.

¿Cómo logras mantenerte emocionalmente firme ante tantos casos tan duros?
No es fácil. Vivo con un trastorno de estrés postraumático complejo y necesito acompañamiento psiquiátrico. Hay casos que me tocan profundamente.

En Animal Heroes recibimos denuncias todos los días, muchas con evidencia muy fuerte y por eso hacemos terapia grupal. A veces les pido a mis compañeras que no me muestren los casos más crueles.

Invito a las personas a denunciar. Denunciar puede salvar vidas: la de un animal y la de una niña o niño que está viviendo violencia en casa. Detrás de un animal maltratado, casi siempre hay una familia maltratada.

También has enfrentado el activismo desde la perspectiva de mujer. ¿Cómo ha sido eso?
Ser mujer activista en México es luchar el doble para lograr la mitad. Hay una frase de Amelia Valcárcel que me inspira mucho: “Me niego a entrar en el estúpido juego de tener que hacer el doble para obtener la mitad.”

Incluso he decidido dejar de maquillarme para las cámaras, como una forma de protesta. No necesito cumplir con un estereotipo para demostrar mi capacidad o mis logros. He trabajado por los animales, por las mujeres y por el medio ambiente. Lo hago por todas las “Merceditas” que aún no pueden alzar la voz.

Si un adulto me hubiera acompañado aquel día en que intenté denunciar, mi historia habría sido distinta. Por eso siempre repito: si en una casa hay un animal maltratado, hay una familia maltratada.

¿Qué busca lograr la Ley Pay de Limón?

Junto con el Partido Verde Ecologista de México (PVEM), activistas, legisladores y organizaciones como Milagros Caninos, buscamos que el maltrato animal sea considerado un delito grave, pero también queremos educar: que la gente entienda que somos tutores, no dueños.

Buscamos cerrar los vacíos legales que aún permiten la impunidad en casos de crueldad animal modificando el Código Penal Federal para establecer penas más severas contra quienes maltraten (negligencia o ignorancia) o torturen animales y se sancione con cárcel mínimo de dos años.

Se propone regular los santuarios, los albergues, la compra y venta de animales, y también reconocer el maltrato como una forma de violencia vicaria, cuando se utiliza al animal para dañar a una mujer o a su familia. Ley Pay de Limón es una estrategia integral de seguridad.

Luchar contra el maltrato animal también es luchar contra la violencia familiar y el crimen organizado. Queremos un México de paz, y la paz empieza en lo más básico: en cómo tratamos a los seres más vulnerables.

¿Cómo ha cambiado la respuesta de las autoridades desde tus primeros años como activista?
Muchísimo. Cuando comencé, los políticos se reían o solo buscaban tomarse la foto. Hoy, gracias al trabajo de organizaciones como Animal Heroes, hay diálogo, propuestas concretas y resultados. Pasamos de la protesta a la propuesta. Ya no solo exigimos; construimos leyes. Y eso, después de 35 años de lucha, es una victoria enorme.

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