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Karla MARTINEZ DE AGUILAR

Veintisiete años después de haberse ido de Oaxaca, María Teresa González regresa a la tierra donde Dios nunca muere con una serenidad que el tiempo y la distancia le dieron estando lejos de casa. Desde Hamburgo, Alemania, ha aprendido a reconstruirse, a reinventarse como mujer, madre, psicóloga y escritora. En su voz transmite a una mujer que ha caminado entre dos culturas, sin dejar de pertenecer por completo a ninguna, pero encontrando en las letras el punto exacto donde ambas convergen.

Su historia es la de una mexicana que convirtió la nostalgia en poesía, el desarraigo en creación y la memoria en un puente que une su tierra natal con la vida que ha construido lejos de ella. En esta conversación íntima, María Teresa comparte cómo el arte, la escritura y la gratitud se convirtieron en sus herramientas para sanar, acompañar y seguir encontrando belleza incluso en la distancia.

Con una mirada luminosa, habla de los retos de emigrar, del poder de las palabras y del amor profundo que la sigue uniendo a Oaxaca, ese lugar que —como ella dice— “vive en la sangre, en la raíz, en el alma”.

María Teresa, 27 años viviendo en Alemania. ¿Cómo ha sido para una mexicana, una oaxaqueña, adaptarse a una realidad tan distinta?

Adaptarme a una nueva cultura, a un idioma distinto, a otra forma de pensar y de concebir la vida implicó muchos retos; recuerdo que los primeros diez años fueron difíciles, pero nada de eso fue un impedimento para seguir avanzando como ser humano, como mujer. Creo que la migración me empujó a desarrollar nuevas áreas de mí misma, a expandirme.

Tu formación original es en Derecho, pero con el paso del tiempo has encontrado otros caminos, incluso te has convertido en una promotora cultural desde Alemania.

No me considero una gestora cultural, pero sí disfruto mucho difundir y promover actividades culturales y artísticas de la comunidad latinoamericana, sobre todo en Hamburgo, donde vivo. Estoy convencida que los latinoamericanos tenemos mucho que ofrecer: hay científicos, médicos, bailarines, pintores, escritores. Todos merecemos tener voz y un espacio en ese país que nos acoge.

¿Qué retos recuerdas con más fuerza de esa etapa de reinvención?

Primero, reinventarme profesionalmente. Mi primera carrera fue Derecho, pero ejercer allá resultó complicado. Siendo ya madre de tres hijos, decidí estudiar Psicología gracias a los programas a distancia de la UNAM. Eso me permitió brindar apoyo psicológico a la comunidad migrante de habla hispana. El otro gran reto fue expresar mis emociones en mi propio idioma; necesitaba ese espacio íntimo. La escritura me lo regaló. Empecé escribiendo diarios, memorias, lo que vivía día a día, y poco a poco eso se transformó en poemarios y talleres de escritura creativa para migrantes.

¿Cómo fue ese inicio en el mundo de las letras y en qué momento decides compartir tus textos?

Mi inicio es curioso. Cuando tenía ocho años, mi padre se ausentaba por trabajo y yo me escondía bajo la cama a escribir lo que sentía. No sabía que eso era un diario. A los quince, mandaba textos a una revista llamada Muchachas. Escribía reflexiones sin saber que eran poesía. Desde entonces no he dejado de escribir; era mi refugio privado, mi espacio de introspección. Con el tiempo, ese hábito se convirtió en una forma de vida.

Fue gracias a la doctora Rosa María Topete, en la Biblioteca Pública Central de Oaxaca que decido compartir mis textos; ella ofrecía talleres gratuitos de poesía y un día, por casualidad, entré a uno. Ella leyó mis poemas y me dijo: “Publícalos”. Yo me negaba, decía que eran privados y entonces, me dijo algo que nunca olvidé: “Lo que haces es como engendrar un bebé y luego abortarlo”. Esa frase me marcó. Gracias a ella publiqué El canto del colibrí, mi primer poemario. Después vinieron otros y el más reciente es Ecos del silencio, escrito en una etapa de muchas pérdidas, incluida la de mi madre llamada Sodelva Osorio, tehuana, istmeña, zapoteca, morena como la tierra. Gracias a ella estoy aquí.

En ese proceso, ¿confirmaste que el arte puede sanar?

Totalmente. El arte es profundamente terapéutico. Cantar, pintar, escribir, etc., implica una catarsis: soltar, liberar y luego reacomodar lo vivido. Al resignificar las experiencias, podemos mirarlas con nuevos ojos y sanar. Cuando compartes lo que sientes, quizá alguien más se identifique y encuentre consuelo. Eso también es sanación.

Y hoy que la salud mental ha tomado tanta relevancia, ¿cómo ves este cambio de mirada?

Me alegra mucho. Antes había muchos tabúes. Decir que uno se sentía deprimido era mal visto. Pero no se trata de estar locos; son momentos de la vida en los que necesitamos herramientas y apoyo. Todos atravesamos etapas difíciles; lo importante es reconocerlas, pedir ayuda y transformarlas en aprendizaje.

¿Dónde has presentado Ecos del silencio?

Lo presentamos en Hamburgo, junto con una lectura musical. Ha tenido buena recepción dentro de la comunidad latinoamericana. Ahora preparo un nuevo proyecto, esta vez de relatos poéticos inspirados tanto en vivencias personales como en historias que escucho en mi consultorio. Creo que compartir esas experiencias puede ayudar a otros a sentirse menos solos.

¿Quién es María Teresa hoy y cuál es su sueño actual?

Sigo descubriéndome. Soy una mujer con esperanza, con alegría por la vida y mucha gratitud. Agradezco incluso los golpes, porque me han ayudado a conectarme con mi fortaleza y mi sensibilidad. Cuando uno atraviesa sus noches oscuras y logra ver un poco de luz, aprende a comprender mejor a los demás.

El sueño actual es vivir despierta. Creo que como humanidad seguimos dormidos. Mi anhelo es vivir con más conciencia, apreciar la belleza que nos rodea. Esa conciencia da paz.

¿Qué significa para ti Oaxaca? ¿Y qué representa Alemania?

Oaxaca es mi madre. Cada vez que regreso, me maravillo con su belleza y su gente. Somos amorosos, generosos y a veces no lo sabemos.

Oaxaca tiene un origen místico que va más allá del comercio o el turismo; está en nuestra sangre. Alemania, en cambio, es la tierra que me acoge. Me ha dado otra perspectiva, me ha mostrado que la vida no es blanco y negro, sino una paleta de colores como Oaxaca.

Tres influencias que han marcado tu vida y cuáles tus gustos culposos

Mis hijos Anton, Paula y Clara. Han sido mis grandes maestros. Me enseñan fortaleza, empatía, humildad y paciencia sin siquiera saberlo.

Los gustos culposos son la comida y la música. Amo cocinar comida mexicana, preparar mole, hacer tortillas a mano. Y la música, porque me conecta con mis raíces. Ambas cosas son un lazo con mi tierra.

 

 

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