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DETRÁS DE LA NOTICIA

Alfredo MARTÍNEZ DE AGUILAR

  • Mientras los gobiernos presumen modernización, transformación y crecimiento económico, la realidad vuelve a imponerse con brutalidad: una amplia franja del oriente de la zona metropolitana de Oaxaca quedó sin energía por la falla de una red eléctrica.
  • Miles de usuarios quedaron atrapados en la incertidumbre: hogares sin electricidad, comercios paralizados, equipos eléctricos en riesgo, alimentos echados a perder y ciudadanos obligados, una vez más, a preguntarse qué demonios está pasando con la infraestructura eléctrica.

El apagón en el oriente de la ciudad de Oaxaca desnuda el abandono de la infraestructura eléctrica; El Tule, Tlalixtac, San Sebastián, San Francisco Tutla y parte de Santa Lucía del Camino, sin energía. No fue una vela romántica. Fue una señal de alarma. Avanza la cubanización y venezolización con los cada vez más frecuentes “apagones” de la CFE en el país y en Oaxaca.

Mientras los gobiernos presumen modernización, transformación y crecimiento económico, la realidad vuelve a imponerse con brutalidad: una amplia franja del oriente de la zona metropolitana de Oaxaca quedó sin energía por la falla de una red eléctrica incapaz de responder a las necesidades de una ciudad que no deja de crecer.

El Tule, Tlalixtac, San Sebastián y San Francisco Tutla y parte del oriente de Santa Lucía del Camino padecieron las consecuencias. Miles de usuarios quedaron atrapados en la incertidumbre: hogares sin electricidad, comercios paralizados, equipos eléctricos en riesgo, alimentos que pueden echarse a perder y ciudadanos obligados, una vez más, a preguntarse qué demonios está pasando con la infraestructura eléctrica de Oaxaca.

Porque el problema ya no puede esconderse detrás de la palabra “falla”. Una falla ocurre. El abandono se acumula. Y cuando una red eléctrica presenta interrupciones que afectan simultáneamente a amplias zonas urbanas, la pregunta inevitable es dónde quedó la inversión, dónde está el mantenimiento preventivo y quién está pensando en la demanda eléctrica que genera el crecimiento acelerado de la zona metropolitana.

La Comisión Federal de Electricidad no puede limitarse a restablecer el servicio, levantar un reporte técnico y pasar la página. La ciudadanía tiene derecho a saber qué falló. ¿Fue una sobrecarga? ¿Una falla en una subestación? ¿Una línea insuficiente? ¿Equipos obsoletos? ¿Falta de mantenimiento? ¿O simplemente una red que llegó al límite de su capacidad?

Las respuestas importan porque detrás de cada apagón hay una advertencia. Oaxaca está creciendo hacia sus municipios conurbados. Se multiplican viviendas, comercios, restaurantes, hoteles, oficinas y servicios. Aumenta el consumo eléctrico y, sin embargo, la infraestructura parece avanzar a otra velocidad.

La ciudad crece en concreto mientras la red eléctrica se queda en el pasado. Ahí está la contradicción. Se habla de polos de desarrollo, inversión, turismo, industrialización, conectividad y modernización, pero una zona densamente poblada puede quedar súbitamente sin electricidad.

¿De qué sirve presumir crecimiento si no existe capacidad suficiente para sostenerlo? ¿De qué sirve atraer inversiones si los servicios básicos comienzan a convertirse en cuellos de botella? ¿De qué sirve hablar de una nueva Oaxaca si la vieja infraestructura amenaza con apagarla?

El asunto es todavía más serio porque un apagón no solamente afecta la comodidad de los ciudadanos. Afecta la economía. Un restaurante sin energía pierde operación. Una tienda puede perder mercancía. Una empresa detiene procesos. Un consultorio puede suspender actividades. Una familia puede sufrir daños en refrigeradores, televisores, computadoras y otros aparatos.

Y en una sociedad cada vez más dependiente de internet y las telecomunicaciones, quedarse sin electricidad significa también quedar parcialmente desconectado del mundo. Lo verdaderamente preocupante es la ausencia de una cultura de prevención. En México seguimos esperando a que algo falle para comenzar a preguntar por qué no se hizo mantenimiento, por qué no se invirtió, por qué no se amplió la capacidad y por qué nadie anticipó el problema.

La política de apagar incendios también tiene su versión eléctrica: esperar el apagón para actuar. Oaxaca no merece eso. La CFE debe rendir cuentas públicamente sobre las causas de este episodio y presentar un diagnóstico de la capacidad real de la red que abastece al oriente de la zona metropolitana.

Porque si el problema es estructural, el siguiente apagón no será una sorpresa: será una consecuencia anunciada. Y entonces habrá que preguntar quién asumirá la responsabilidad. No se trata de politizar un apagón. Se trata de politizar la negligencia cuando existe.

Los ciudadanos pagan puntualmente sus recibos. Lo mínimo que pueden exigir es recibir un servicio confiable, seguro y acorde con las necesidades de una zona urbana que continúa expandiéndose. La electricidad no puede administrarse con lógica de emergencia permanente.

Oaxaca necesita inversión, mantenimiento y visión de futuro, no explicaciones después del desastre. El apagón del oriente de la ciudad debería ser tomado como un ultimátum. Hoy fueron varias comunidades y sectores de la zona metropolitana. Mañana podría ser una parte todavía mayor de la ciudad.

Y pasado mañana, una falla en cascada podría convertir una interrupción localizada en una crisis de dimensiones metropolitanas. La pregunta ya no es si Oaxaca puede darse el lujo de seguir postergando la modernización de su red eléctrica.

La pregunta es cuánto más puede aguantarla. Porque una ciudad que aspira a desarrollarse no puede vivir pendiente de si mañana habrá luz. Cuando la red eléctrica comienza a colapsar, no solamente se apagan los focos: se apagan las promesas de desarrollo. Y Oaxaca ya recibió el primer aviso. Que nadie diga después que no lo vio venir.

alfredo_daguilar@hotmail.com

director@revista-mujeres.com

@efektoaguila