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Lizbeth Bravo

La ansiedad, la culpa y la autoexigencia en las mujeres no son fenómenos aislados, constituyen en muchos casos, respuestas previsibles a un sistema de exigencias desproporcionadas.

De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS), los trastornos de ansiedad son los más prevalentes a nivel global y afectan de manera desproporcionada a las mujeres. En América Latina, su incidencia prácticamente duplica la de los hombres. Esta brecha no puede explicarse únicamente por factores biológicos. Responde, más bien, a una distribución desigual de cargas, expectativas y responsabilidades.

Uno de los factores determinantes es la persistencia de la doble jornada. Datos de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) y de ONU Mujeres indican que las mujeres dedican hasta tres veces más tiempo que los hombres al trabajo doméstico y de cuidados no remunerado. En México, el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) estima que esta carga supera las 40 horas semanales, adicionales a la participación en el mercado laboral formal. Este esquema no solo implica una sobrecarga física, sino una fragmentación constante del tiempo que impide el descanso efectivo y favorece la cronificación del estrés.

A esta exigencia productiva se suma un mandato estético igualmente riguroso. La industria global de la belleza y la cirugía estética ha experimentado un crecimiento sostenido en los últimos años. Según la Sociedad Internacional de Cirugía Plástica Estética (ISAPS), en 2024 se realizaron aproximadamente 38 millones de procedimientos estéticos en el mundo. La mayoría de las personas que se someten a estas intervenciones son mujeres, lo que evidencia la persistencia de estándares corporales altamente demandantes.

No obstante, la normalización de estos procedimientos suele omitir sus implicaciones médicas. Aunque muchas intervenciones se consideran seguras en términos estadísticos, la literatura clínica documenta riesgos que van desde infecciones y complicaciones postoperatorias hasta eventos tromboembólicos potencialmente mortales. En procedimientos como la abdominoplastia, se han registrado casos de embolia pulmonar y trombosis venosa profunda, condiciones que, en determinados contextos, pueden derivar en la muerte. La búsqueda de adecuación a un ideal corporal no es, por tanto, un proceso inocuo.

En este entramado, la culpa opera como un mecanismo de regulación social. Se manifiesta ante cualquier desviación del ideal: no cumplir plenamente en el ámbito laboral, no responder a las expectativas de cuidado, priorizar el descanso o el bienestar personal. La autoexigencia se convierte entonces en una estrategia de adaptación que desplaza la responsabilidad del sistema hacia el individuo. La incapacidad de sostener el ritmo impuesto se interpreta como una falla personal, invisibilizando las condiciones que la generan.

Insistir en soluciones centradas únicamente en el individuo (terapia, autocuidado, gestión emocional) sin modificar las condiciones estructurales que originan el problema, implica una forma de desplazamiento de la responsabilidad. La discusión de fondo no es cómo las mujeres pueden adaptarse mejor a estas exigencias, sino por qué dichas exigencias continúan siendo socialmente toleradas.

Nombrar esta arquitectura de desgaste no es un ejercicio retórico. Es un paso necesario para desmontar la idea de que la autoexigencia extrema y la ansiedad constante son inherentes a la experiencia femenina. No lo son. Son, en todo caso, el resultado de un sistema que distribuye de manera desigual las cargas y naturaliza sus consecuencias.

 

 

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