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PsicoActiva nos dice: “La agresividad es un estado emocional que consiste en sentimientos de odio y deseos de dañar a otra persona, animal u objeto. La agresión es cualquier forma de conducta que pretende herir física y o psicológicamente a alguien.
Psicoadapta nos dice:
La agresividad es una emoción, en su mayor parte aprendida, experimentada de forma subjetiva y manifestada a los demás de forma rápida, espontánea y sin reflexión previa. Generalmente aparece como reacción a alguna situación que la persona percibe como injusta. La manifestación de agresividad en una persona es la consecuencia de su propia frustración o de la interpretación de lo ocurrido como algo negativo.
Causas: Temperamento y personalidad, Presencia de modelos poco adecuados, falta de recursos alternativos, relaciones de apego problemática.

HISTORIAL
No sé en qué momento de mi niñez comenzó, pero aprendí a manipular a mis padres; cada vez que quería algo comenzaba el trabajo de manipulación. Todo iba bien, conseguía lo que quería hasta que nació mi hermana, fue ahí donde empecé a ser más manipuladora para que me compraran más cosas a mí.
Con mi hermana era agresiva, la pellizcaba, le pegaba o la miraba con odio, que ella declinaba cada vez que nuestros padres le preguntaban si también quería lo mismo que me habían comprado. Como yo era la mayor la dejaban a mi cuidado, era entonces que aprovechaba para ser grosera con ella, para golpearla y amenazarla si decía algo.
Conforme fuimos creciendo mi hermana dejó de tenerme miedo, fue entonces que empleé más fuerza al momento de pegarle, hasta que en una ocasión perdió el conocimiento; sentí tanto miedo que le prometí a Dios no volverla a tocar si Él me ayudaba a que no le hubiera pasado algo malo. Él lo cumplió, yo no. Seguí pegándole porque solo me importaba que hiciera todo lo que yo quería.
También nos golpeaba nuestro padre porque no comíamos y tirábamos la comida. Llegó un momento en el que yo empecé a tirar la comida en la escuela, pero mi hermana lo seguía haciendo en el mismo lugar de siempre, y cuando mi papá la cachaba, le pegaba. Era entonces cuando me sentía morir.
En ocasiones no soportaba más el que mi papá le pegara y me metía entre ellos, le decía que me golpeara a mí y no a mi hermana, que ella era pequeña y que no lo volvería a hacer.
Ella seguía tirando la comida porque yo le había metido en la cabeza que si comía se iba a poner gorda, y como yo estaba más delgada que ella le decía que nuestros padres me querían más a mí porque me compraban más cosas. No era así, muchas cosas me las robaba de mis amigas o primas y se las presumía a mi hermanita para hacerla sentir mal. Ella empezó a obsesionarse más con tirar la comida, con no comer.
A esa misma edad le enseñé lo que son los videos para adultos, yo los veía desde años atrás pero sentía mucho miedo en las noches, me imaginaba que el diablo vendría por mí en las noches por lo que hacía, así que lo más fácil fue enseñárselos a ella también porque que si venían por mí, también se la llevarían a ella. No funcionó. Yo tenía insomnio todas las noches y ella dormía tranquila, pero en todas las madrugadas de desvelo, al tener que ir al baño no me atrevía a salir, sabía que él me estaba esperando afuera, así que la despertaba para que fuera conmigo; mi hermana siempre se levantó para acompañarme al baño.
Cada que yo tenía miedo me decía que me durmiera con ella. Cuando nos quedábamos en casa ajena me abrazaba y me decía que no iba a pasar nada malo, que ella no me iba a dejar sola. Era entonces que me sentía mal por todo, como si en cada palabra de aliento que ella me daba, en mi mente pasaban todas mis malas acciones, todos los golpes que le daba, todas las veces que le rompí sus juguetes, las veces que le regalé algo y después se lo quebraba por no obedecerme; las ocasiones en que le robé dinero o que la acusé de haber robado algo que yo había hecho.
Fuimos creciendo hasta llegar a la adolescencia y nuestra relación de hermanas fue empeorando, yo no había cambiado, seguía con las mismas actitudes: le robaba, mentía, rompía y dañaba todo lo que poseía, y ella sabía que era yo. Había perdido su confianza. Mi hermana prefería estar sola, encerrada en su cuarto a estar conmigo, y yo me sentía mal.
Extrañaba a esa hermana sonriente y alegre que todo el tiempo me abrazaba y me decía que me quería, ya no era así, al menos no conmigo. Las ocasiones en que nuestra madre y ella estaban platicando, se quedaban calladas cuando yo aparecía en la habitación, porque sabían que para conseguir algún permiso o beneficio de mi papá, la acusaría con cualquier cosa que ella hubiera hecho. Me sentía rechazada en mi casa.
Así fue como llegué al grupo Buena Voluntad 24 Horas de Neuróticos Anónimos, con una relación deshecha y, poco a poco, gracias al programa, vi cómo mi hermana comenzó a cambiar su actitud para conmigo, empezó a acercarse a mí, a tenerme confianza, me contaba quién le gustaba, me recibía con un abrazo y en las noches iba a mi cuarto a platicar; llegó a pedirme que le guardara sus ahorros, ya no había esa desconfianza de pensar que yo lo iba a robar.
Con la pandemia las cosas siguen igual, jugamos y estudiamos juntas, vemos películas, y casi todas las noches platicamos. Ella cambió su actitud hacia mí porque yo, gracias a la agrupación, cambié mi comportamiento.

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