José Carlos LÓPEZ HERNÁNDEZ*
XALAPA, VER.-

| Figura 1. Mundial de Futbol 2026. Autor: Gemini. Técnica: IA. 2026.
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Cada cuatro años el mundial de futbol se presenta como una celebración global. Millones de personas sincronizan sus emociones, sentimientos y pensamientos frente a una pantalla, abarrotan estadios, compran camisetas y balones, consumen publicidad y participan de una narrativa que promete unidad, orgullo e identidad nacional. Sin embargo, a la luz del sociólogo que escribe esta columna, el mundial no puede entenderse únicamente como un espectáculo deportivo. Es, sobre todo, un fenómeno que revela cómo opera el sistema-mundo capitalista y cómo lo global y lo local se entrecruzan de maneras complejas y, en la gran mayoría de las ocasiones, contradictorias.
Sentir y pensar este peculiar Mundial de Futbol 2026 — en esta ocasión, organizado entre tres países (Estados Unidos, México y Canadá) y que contó con 48 equipos, 104 partidos y 16 sedes o ciudades— desde una perspectiva glocal implica reconocer que ningún acontecimiento de esta magnitud pertenece exclusivamente a una nación o corporación, pero sí considerar que existen naciones y corporaciones que dominan unas sobre otras. Por ejemplo, detrás de una camiseta de la selección mexicana hay una extensa red de relaciones sociales, políticas, económicas, culturales, geográficas, etc.
Como muestra de lo anterior, es importante mencionar que durante la contienda mundialista que acabamos de presenciar, la Federación Internacional de Futbol Asociación (FIFA), Adidas y las cadenas globales de producción, los sistemas de transporte y paquetería, los mercados internacionales e instituciones nacionales participaron simultáneamente en la construcción de un producto que, paradójicamente, terminó por representar, de manera mercantil, identidades nacionales y locales. Es decir, la reciente playera de la selección mexicana ilustró esta dinámica. Mientras Adidas, una corporación transnacional, incorporó la Piedra del Sol como elemento central del diseño mediante un acuerdo con el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), los materiales, la manufactura, la logística y la comercialización respondieron a cadenas globales de producción. Lo que aparentó ser un símbolo profundamente nacional se encapsuló en una serie de procesos globales de acumulación de capital. En pocas palabras, para el mercado, las identidades pueden convertirse en mercancía que adquiere un carácter de fetiche que se comercializa bajo la ley de la oferta y la demanda.
Esta realidad cuestiona una idea muy difundida: que lo global priva sobre lo local, pero, en realidad, es todavía más complejo que eso, ya que ambos procesos se producen de manera simultánea. Desde el punto de vista de los grandes emporios del mercado, lo global necesita extraer valor, en la mayoría de los casos, de símbolos locales para expandirse comercialmente; por ello, lo local se mercantiliza y adquiere nuevas formas de visibilidad mercantil precisamente gracias a los circuitos globales. No se trata de microcosmos separados, sino de una relación permanente de interdependencia.

| Figura 2. Mundial de Futbol 2026. Autor: Gemini. Técnica: IA. 2026.
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El Mundial de Futbol 2026 se convirtió en una ventana para observar la multiplicidad de tensiones que acompañan a la globalización. Mientras los medios de comunicación transmitían y en las redes sociales se compartían imágenes de estadios llenos o medio llenos, ceremonias espectaculares o que rayaban en lo absurdo y aficionados o aficionadas celebrando en las calles, otras escenas convivían en los mismos tiempos, espacios y lugares. Las movilizaciones de madres buscadoras, las protestas por los derechos de las personas migrantes, las demandas contra la violencia y el narcotráfico, las guerras en Ucrania, Palestina e Irán, el conflicto actual en el estrecho de Ormuz, la inestabilidad en Oriente Medio, las amenazas de seguridad energética global, la crisis en Cuba, el sismo en Venezuela, los incendios forestales en Canadá, o contramovimientos como el Incel (célibe involuntario) y Tradwife (esposa tradicional), así como una lista interminable de desigualdades sistémicas y estructurales nos recordaban que la fiesta deportiva no suspende los hechos, acontecimientos, conflictos y procesos históricos ensamblados en nuestras vidas cotidianas, quizás, y sólo quizás, los maquilla, invisibiliza y empaca en momentos fugaces de alegrías, celebraciones y olvidos.
Esta coexistencia revela una característica central de las sociedades contemporáneas: el espectáculo y sus algoritmos y su potencial para concentrar la atención pública y desviarla —por instantes— de las profundas fracturas sociales. En el caso mexicano, el mundial produjo una narrativa de unidad nacional; no obstante, la realidad cotidiana insistía en mostrarnos un país atravesado por la inseguridad, el narcotráfico, las desapariciones, los feminicidios, el desempleo, la flexibilización y precarización laboral y las múltiples desigualdades.
Lejos de interpretarse como una contradicción absoluta, ambos fenómenos forman parte del mismo proceso sociohistórico. La globalización no sólo conecta mercados y tecnologías; también conecta conflictos, resistencias y formas de organización social. De ahí que, junto con la expansión de grandes corporaciones, aparezcan acciones colectivas, protestas y movimientos sociales que disputan el significado mismo del evento deportivo. Lectoras y lectores de la Revista Mujeres Shaíque, recuerden que la globalización convive con procesos de desglobalización, entendidos como respuestas sociales, políticas, económicas y culturales que cuestionan, o sólo reaccionan, ante los efectos del orden global vigente.
En este sentido, el mundial representó un extraordinario laboratorio para comprender a las sociedades contemporáneas. Nos permitió observar cómo interactuaban empresas transnacionales, organismos internacionales, gobiernos nacionales, actoras y actores políticos, grandes empresarios, industrias culturales, consumidores y acciones, protestas y movimientos sociales. También nos invitó a reflexionar sobre las ideologías que acompañan estos procesos: el globalismo, que presenta a la integración mundial como un destino inevitable, y los distintos nacionalismos que buscan reafirmar configuraciones culturales e identificaciones sociales locales frente a las transformaciones globales.
Quizá la pregunta más importante no sea si debimos o no disfrutar el mundial, más bien, preguntarnos qué relaciones de poder y de resistencia se mostraron tras las bambalinas de la sociedad del espectáculo; quiénes obtuvieron los mayores beneficios económicos; qué desigualdades permanecieron invisibles durante la celebración; y cómo los símbolos nacionales se incorporaron a los circuitos globales del mercado.

| Figura 3. Mundial de Futbol. Autor: Gemini. Técnica: IA. 2026.
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Con lo anterior, quiero decir que celebrar un gol no impide mantener una mirada crítica. Por el contrario, comprender este mundial desde la sociología significó reconocer que detrás de cada partido existe una compleja red de intereses económicos, disputas geopolíticas, configuraciones culturales, identificaciones sociales y conflictos. Es decir, las canchas sólo representaron la superficie visible de un fenómeno mucho más amplio.
En tiempos donde la emoción colectiva parece imponerse sobre la reflexión, quizá la mayor victoria fue aprender a mirar el mundial no sólo como un torneo de futbol, sino como un espejo privilegiado del mundo que habitamos: un mundo profundamente globalizado que por momentos tiende a desglobalizarse; lleno de interdependencias y a la vez proteccionismos; tensado entre desigualdades y disputas que continúan jugando sus propios partidos fuera de los estadios.
Por ello, mientras millones de personas celebraron que nuestro país (México) volvió a colocarse en el centro del escenario futbolístico mundial, conviene preguntarnos qué celebró realmente la sociedad mexicana. Sociológicamente, el Mundial de Futbol 2026 implicó, por ejemplo, la gestión empresarial de las emociones y los sentimientos por parte de la FIFA y la mercantilización de las configuraciones culturales e identificaciones sociales colectivas, pero también la suspensión ilusoria, aunque sea de manera efímera, de las fracturas del tejido social de nuestras cotidianidades.
¿Por qué tanta euforia cuando el país sigue marcado por la violencia del crimen organizado, el narcotráfico, las desapariciones, los feminicidios, la desigualdad extrema y la incertidumbre socioeconómica y sociopolítica en el marco de las renegociaciones del T-MEC?
Precisamente porque este torneo ofreció algo que la vida pública pocas veces consigue: la ilusión de pertenecer a un “nosotras y nosotros deslumbrados por el resplandor fugaz del triunfo”. Es decir, durante un par de semanas, pasamos del conflicto, la inseguridad y la desesperanza a una supuesta concordia, protección e ilusión.
No obstante, esa suspensión no erradicó los problemas sistémicos, estructurales y coyunturales que México sigue viviendo; más bien, por instantes, los invisibilizó. La fiesta produjo una cohesión social al estilo Instagram, bajo la lógica de cohesiones fugaces, débiles y acomodaticias, encapsuladas en la famosa “selfie mundialista”, el lema emblemático “¿y si sí?”, o el festejo efervescente del “¡quiere volar!”.
Durante la contienda mundialista el balón rodó mientras la cruda realidad esperaba, por ello, imagino que el mayor éxito del mundial no fue deportivo; tampoco que México llegase a octavos de final; o que el campeón del mundo resultase ser España sobre la mediática Argentina en medio de una sobreproducción de narrativas, entre ellas, una por cierto muy peculiar: la foto emblemática de 2007 de un joven Lionel Messi bañando al bebé Lamine Yamal, imagen que a su vez, fue parte de una sesión de fotos organizada por una organización global como UNICEF y el Diario Sport, medio de comunicación de Barcelona.
Más bien, el verdadero éxito tras bambalinas fue económico, político y simbólico, ya que buscó convencer a una sociedad profundamente desigual, herida y fracturada de que, por noventa minutos, con pausas de hidratación y una final muy al estilo del país de las barras y las estrellas que desplegó un espectáculo de medio tiempo, nos podemos sentir iguales, ilesos y en conciliación. En ese contexto, el reto comienza ahora, cuando ya ha finalizado la contienda mundialista y volvemos a descubrir que las naciones y las ciudadanías que celebraban siguen siendo las mismas que, fuera de los majestuosos estadios BC Place en Vancouver, el BMO Field en Toronto, los once estadios seleccionados en Estados Unidos o los estadios Banorte —antes Azteca y durante el torneo de la FIFA, denominado CDMX en la capital del país—, Akron en Guadalajara o BBVA en Monterrey, continuaremos en la búsqueda de horizontes justos y seguros, pero sobre todo, futuros alentadores.

*Docente de la Facultad de Sociología de la Universidad Veracruzana. Integrante del Comité Editorial de Sociogénesis. Integrante del Consejo Editorial de la Biblioteca Digital de Humanidades de la UV. Docente invitado de la Universidad Pedagógica Veracruzana. Investigador asociado al Instituto de Estudios Nacionales de la Universidad de Panamá.








