¡¡¡SEGUNDO RELATO!!!
…Y, POR ESOS CAMINOS DONDE LOS MÉDICOS NO ANDAN…
Por Berta Ruth Arreola Ruiz
Dando continuidad a los relatos de mis experiencias como Agente del Ministerio Público
en el medio rural de nuestro estado de Oaxaca, vienen a mi memoria hechos dramáticos
que, lamentablemente, continúan repitiéndose en las comunidades más alejadas y de
difícil acceso de nuestra complicada orografía. Esto ocurre, en gran medida, porque
muchos médicos se resisten a prestar sus servicios en lugares apartados de la capital.
En el año de 1980 estuve comisionada como Agente Investigadora y adscrita al Juzgado
Mixto de Primera Instancia del distrito judicial de Zaachila. Durante el ejercicio de mis
funciones se presentó ante mí un joven de aproximadamente 16 años, originario del
municipio de San Miguel Peras, población ubicada en la serranía que en ese entonces
únicamente contaba con una brecha de terracería para comunicarse con Zaachila, su
cabecera distrital, ubicada a 41 kilómetros de distancia.
El joven manifestó que acudía a presentar una denuncia en contra del maestro de la
escuela primaria de su comunidad, a quien responsabilizaba de haber ocasionado la
muerte de su madre. Relatando que en su población no contaban con ningún médico y
que, cuando los habitantes padecían algún malestar, acudían con el maestro, quien los
orientaba e incluso les recetaba y vendía medicamentos para dolores estomacales, de
oído, gripe y otros padecimientos comunes.
Asimismo, debido a la ausencia de un sacerdote en la comunidad, el maestro también
dirigía actos de culto católico, razón por la cual gozaba de la confianza y reconocimiento
de gran parte de la población. Refirió además que su madre, de 33 años, cursaba el último
mes de embarazo cuando, una noche, comenzó con dolores de parto. Ante las
complicaciones, solicitaron la ayuda de una partera empírica, quien, después de revisarla,
concluyó que no podía atender el alumbramiento, pues el bebé venía atravesado,
recomendando trasladarla de inmediato a la clínica de Zaachila.
Sin embargo, debido a la hora, al mal estado del camino y a que muy pocas personas
contaban con vehículo, no lograron conseguir transporte. Ante la desesperación,
recordaron al maestro que acostumbraba auxiliarlos con remedios y acudieron a buscarlo.
El joven le explicó la urgencia y el maestro aceptó atender a su madre. Ya en el domicilio,
comenzó a realizar maniobras vía vaginal para extraer al bebé. La parturienta gritaba
intensamente por el dolor y, de pronto, el muchacho observó que el maestro jalaba con
fuerza el producto.
Instantes después, al retirar la mano, se percató que había desprendido uno de los brazos
del bebé. El maestro ordenó entonces al joven buscar un tenate para enterrar el bracito
en el panteón. Posteriormente tomó una navaja de rasurar y sin precaución alguna dijo
que realizaría una cesárea; además, pidió una aguja capotera con hilo para “cerrar” la
herida. Acto seguido, dio a beber mezcal a la mujer para mitigar el dolor mientras
procedía a abrirle el abdomen con la navaja.
Al notar la abundante hemorragia, desistió y comenzó a coser la herida de manera
rudimentaria con la aguja capotera. Finalmente, reconoció que ya no podía hacer nada y
recomendó trasladarla a Zaachila. Fue hasta la madrugada cuando un vecino lo apoyó con
una camioneta para llevarla a la clínica de la cabecera distrital, en donde debido a la
gravedad de su estado, no la recibieron, pero si la trasladaron en ambulancia al Hospital
Civil de la ciudad de Oaxaca de Juárez.
Ahí le practicaron una cesárea médica, extrayendo al bebé sin vida. Minutos después
falleció la madre, víctima de una septicemia generalizada derivada de la imprudencia y
negligencia del maestro, quien, sin conocimientos médicos y ninguna medida de asepsia,
se atrevió a intervenir el parto. Posteriormente, la mujer fue sepultada en su comunidad
de origen. Meses después, el joven, aún marcado por el sufrimiento y la pérdida de su
madre, recibió orientación y le aconsejaron denunciar los hechos, pues se había cometido
un delito.
Por ello acudió a nuestras oficinas, solicitando justicia y castigo para el responsable.
Después de escuchar su relato, procedí a solicitar la exhumación del cadáver con la
asistencia de peritos médico y químico. Al practicar la diligencia se certificó la herida
realizada de manera imprudente por el maestro, así como la intervención quirúrgica
científica efectuada en el Hospital Civil. También se localizó el tenate que contenía el
bracito del menor, enterrado en el mismo panteón por el hijo de la víctima.
Una vez integrada la averiguación previa, se obtuvo orden de aprehensión en contra del
maestro por el delito de HOMICIDIO CULPOSO O IMPRUDENCIAL, que fue ejecutada
oportunamente. En la actualidad, muchas de las comunidades más apartadas de nuestro
estado cuentan ya con clínicas o casas de salud provistas de médicos y enfermeras. No
obstante, continúa siendo frecuente que el personal médico se ausente los fines de
semana y días festivos.
Por ello, celebro que el gobernador Salomón Jara Cruz, en sus recorridos de trabajo por las
distintas regiones del estado, insista constantemente en que el personal de salud adscrito
a clínicas rurales debe brindar atención los 365 días del año en sus lugares de adscripción.
Lo afirmo porque personalmente he escuchado esos exhortos. Si tales disposiciones se
cumplen cabalmente, podrán evitarse tragedias como la aquí narrada.








