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Turismo, gentrificación y mujeres

Lizbeth Bravo

Al turismo se le atribuye crecimiento, desarrollo y una supuesta democratización del bienestar. A nivel global, las mujeres representan más de la mitad de la fuerza laboral en el sector turístico. En México, esta proporción es incluso mayor. Sin embargo, su presencia masiva no se traduce en poder, ni en estabilidad, ni en justicia económica.

Las mujeres ocupan mayoritariamente los empleos peor pagados, más precarizados y menos visibles, como ejemplo, limpieza, cocina, cuidado, atención básica. Trabajos indispensables, pero sistemáticamente desvalorizados.

En paralelo, el auge del turismo ha intensificado un fenómeno que redefine ciudades enteras, la gentrificación. Los barrios tradicionales se transforman en vitrinas para el consumo global, los precios de la vivienda se disparan y las comunidades locales son desplazadas. Lo que antes era hogar se convierte en mercancía.

Las mujeres, especialmente aquellas en condiciones económicas más vulnerables, enfrentan una doble presión. Por un lado, dependen en mayor medida del territorio, redes comunitarias, economías informales, cuidados no remunerados. Por otro, tienen menor acceso a recursos para resistir el aumento del costo de vida. Cuando los alquileres suben o los servicios se encarecen, no solo pierden un espacio físico, pierden su red de sostén.

En muchos destinos turísticos, además, el cuerpo de las mujeres se integra (de forma explícita o implícita) a la lógica del mercado. Desde la hipersexualización en la publicidad hasta las economías informales vinculadas al turismo, se configura un escenario donde las mujeres no solo trabajan para sostener la industria, sino que también son consumidas simbólicamente por ella.

Frente a este panorama, insistir en el turismo como motor incuestionable de desarrollo resulta profundamente limitado. No se trata de rechazar el turismo, sino de cuestionar el modelo bajo el cual opera. Uno que, en muchos casos, prioriza la rentabilidad sobre la vida, el visitante sobre la comunidad y el consumo sobre la dignidad.

Incorporar una perspectiva de género en el análisis del turismo no es un gesto discursivo, es una necesidad política. Implica reconocer las desigualdades estructurales, redistribuir beneficios, garantizar derechos laborales y, sobre todo, proteger el derecho de las mujeres a permanecer en sus territorios.

Porque no hay desarrollo posible si para sostenerlo hay que desplazar a quienes lo hacen posible.

 

 

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