Lizbeth Bravo
Durante siglos, las religiones han prometido salvación, redención y esperanza, pero para millones de mujeres, lo que han administrado es control.
Hoy, los datos no permiten romantizar el problema. Según ONU Mujeres, más de 2,500 millones de mujeres y niñas viven en países con leyes discriminatorias. En muchos de estos contextos, la religión (o más bien su interpretación institucional) juega un papel central en la regulación de sus vidas.
En países donde rige una interpretación estricta de la ley islámica, como Afganistán tras el regreso del Talibán en 2021, las mujeres han sido sistemáticamente excluidas de la educación secundaria y superior, así como de la mayoría de los espacios laborales. Human Rights Watch ha documentado que estas políticas constituyen violaciones graves al derecho a la educación, al trabajo y a la libertad de movimiento.
Sería deshonesto fingir que esto es exclusivo del islam. Sin embargo, el control sobre las mujeres en nombre de Dios no reconoce fronteras religiosas. En comunidades cristianas conservadoras, por ejemplo, la oposición al derecho al aborto o a la educación sexual integral continúa restringiendo la autonomía reproductiva. En Estados Unidos, tras la revocación de Roe v. Wade en 2022, múltiples estados aprobaron leyes que limitan severamente el acceso al aborto, muchas de ellas impulsadas por grupos religiosos organizados.
El patrón es inquietantemente consistente, la moral religiosa se traduce en legislación que regula el cuerpo femenino.
De acuerdo con Amnistía Internacional, existen todavía más de 20 países donde las leyes permiten o no sancionan adecuadamente la violencia sexual dentro del matrimonio, una omisión que en muchos casos se sustenta en concepciones religiosas del rol de la mujer como esposa.
Cuando la fe se institucionaliza sin contrapesos, se convierte en una herramienta política. Y cuando esa herramienta cae en manos de estructuras patriarcales, las primeras en pagar el costo somos las mujeres.
No se trata de atacar la espiritualidad ni la libertad religiosa. Se trata de reconocer que ninguna creencia debería estar por encima de los derechos humanos. Esa es la línea que separa la fe de la imposición, la devoción de la violencia. Y es también la línea que, históricamente, se ha cruzado demasiadas veces.








