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Claudia SAGREDO*

Siempre me he preguntado cómo se plantean las vacaciones el resto de las personas; yo, lo primero que busco, son los museos, las galerías y las propuestas culturales de la zona. Para mí, los museos dicen mucho del pulso de una región: ahí se concentran las propuestas turísticas y, también, las joyas escondidas, esas que te dicen más de los locales.

Regresar a CaSA es volver a una propuesta de raíz, a lo que esconden las orillas de un estado rico en gastronomía, cultura, folclor y amor por lo suyo. Oaxaca, galardonado en 2025 como destino turístico del año y premiado con varias estrellas Michelin, ofrece a turistas nacionales y extranjeros un sinfín de propuestas artísticas a través de sus galerías, que no solo promueven el arte popular, sino que transgreden el idealismo de lo llamado arte, proponiendo nuevas lecturas.

Sin duda, si visitas Oaxaca tendrás innumerables propuestas “imperdibles”. Yo, como expatriada de ese espacio y ahora como turista, tengo mis favoritas; pero hay una que siempre se siente como regresar a casa: el Centro de las Artes de San Agustín. Aquella ex fábrica que nos invita a reinventarnos y a ver más allá de las montañas. Hablo, claro, desde el amor que le tengo al espacio.

Concebido e impulsado por el artista oaxaqueño Francisco Toledo como un espacio de encuentro y diálogo, parte del entramado de instituciones culturales que promovió a lo largo de su vida. Lo primero que sorprende no es solo la escala del recinto —un edificio de 1883 donde antaño se hilaban telas y se movían gigantescos telares, cuyos “cadáveres” aún pueden encontrarse si se presta atención—, sino el diálogo armónico entre las columnas industriales y la sutileza de los espacios: un lugar pensado para recolectar agua de lluvia, aprovechar la luz solar y, desde esa memoria industrial, forjar la pulsión vital del arte contemporáneo.

La restauración, a cargo de la arquitecta Claudina López Morales, convierte las antiguas naves en galerías, talleres, aulas y espacios de reflexión donde el arte parece transgredir lo establecido, hilando nuevas teorías, nuevas corrientes… nuevos telares.

El espacio, en sí mismo, te invita a crear, pensar, dialogar y a desafiar las formas artísticas y la manera en que se presentan: desde los telares de Yagul de Jan Hendrix, hasta el papel picado con frases o figuras que yace en el piso superior; desde los tejados con figuras chascarreras hasta las rejas de acero con patrones geométricos. Sin duda, un lugar que presenta y representa una propuesta artística forjada por su creador.

Pero CaSA no es una galería tradicional ni un museo de vitrinas silenciosas: es laboratorio, escuela y foro abierto. Aquí se enseñan y practican disciplinas que van desde la gráfica ecológica y digital, la fotografía no contaminante y el diseño textil, hasta la creación escénica y cinematográfica, la gestión cultural y la pedagogía del arte. Todo con un enfoque que respeta tanto la tradición como la sustentabilidad —una herencia del espíritu ecológico que Toledo soñó desde sus caminatas entre las vigas del espacio—. Un lugar no solo para el goce, sino también para la incomodidad: el arte que provoca y arremete, tal como Toledo acostumbraba.

Se vuelve, sin duda, un espacio de interconexión y autoexploración. Visitarlo es comprender que el arte no se encierra en sí mismo: se invita, se comparte, se debate, se transforma… y que, de una forma u otra, uno siempre regresa a CaSA.

 

*Especialista en procuración de fondos y relaciones públicas para instituciones culturales.

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