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Cuando educar se convierte en ejercer poder sobre quien tiene menos posibilidades de defenderse

“La intimidad también es un derecho de la infancia. Educar no debería significar convertir sus pensamientos, emociones o secretos en pruebas para castigarlos.”

Mariana Navarro

Periodista cultural y escritora. Especialista en ética aplicada, comunicación y tecnología con enfoque humano.

Imagine por un momento que usted tiene un diario.

O quizá no un diario: una libreta de notas, un archivo en su teléfono, una conversación consigo mismo que decidió escribir porque necesitaba guardar aquello que estaba sintiendo.

Un día escribe un secreto.

Algo que nunca había contado.

Otro día, después de vivir uno de esos momentos que queremos conservar para siempre, anota una emoción, un nombre, una fecha, una frase.

No porque quiera compartirla.

Precisamente porque quiere recordarla.

Es suya.

Quizá allí escribe también cuando está enojado.

Cuando está triste.

Cuando se siente profundamente feliz.

Cuando piensa algo que mañana probablemente pensará de otra manera.

Escribe porque hay palabras que uno necesita decir aunque nadie más vaya a escucharlas.

Ahora imagine que alguien encuentra esas páginas.

Las abre.

Las lee.

Sin pedir permiso.

Pero no termina allí.

Tiempo después, durante una discusión, esa persona utiliza aquello que usted escribió.

Le recuerda su secreto.

Le reprocha una emoción.

Utiliza aquella confidencia para avergonzarlo.

Para controlarlo.

Para castigarlo.

Para conseguir que haga algo que usted no quería hacer.

Deténgase un instante.

¿Qué está sintiendo mientras lee esto?

¿Incomodidad?

¿Enojo?

¿Vergüenza?

¿Vulnerabilidad?

¿Tal vez traición?

Probablemente pensaría:

“Eso era mío”.

Y quizá ésa sea precisamente la frase desde la cual necesitamos comenzar esta conversación.

Porque ahora cambiemos solamente una cosa.

Imagine que quien escribió aquellas páginas no tiene cuarenta años.

Ni treinta.

Ni veinte.

Tiene ocho.

Tiene nueve.

Es un niño.

Y quien abrió el diario, leyó sus pensamientos y después utilizó aquella información posee algo que él todavía no tiene:

poder.

CUANDO EL PROBLEMA NO ES EL DIARIO

Desde la ética aplicada, el problema no comienza únicamente cuando alguien abre una libreta.

Comienza cuando analizamos qué derecho creemos tener sobre la intimidad de otra persona simplemente porque depende de nosotros.

Los adultos tenemos obligaciones especiales respecto de niñas y niños.

Debemos protegerlos.

Orientarlos.

Establecer límites.

Supervisar aquello que todavía no pueden gestionar por sí mismos.

Tomar decisiones que muchas veces ellos aún no pueden tomar.

Eso forma parte de nuestra responsabilidad.

Pero precisamente porque existe esa desigualdad de poder, también existe una obligación ética mayor.

Tener autoridad sobre alguien no significa tener derechos ilimitados sobre él.

Un niño necesita protección.

Pero también posee dignidad.

Necesita supervisión.

Pero también construye progresivamente su intimidad.

Necesita límites.

Pero eso no significa que sus emociones, pensamientos o vínculos puedan convertirse en instrumentos de castigo.

Y aquí aparece una pregunta incómoda:

¿en qué momento proteger deja de ser proteger y comienza a convertirse en controlar?

EL PODER TAMBIÉN NECESITA LÍMITES

La ética aplicada no pregunta solamente si una acción puede realizarse.

Pregunta si debe realizarse.

Pregunta por sus consecuencias.

Por la proporcionalidad.

Por la dignidad de la persona afectada.

Por la responsabilidad de quien posee mayor capacidad de decisión.

Y, sobre todo, formula una pregunta que en la crianza olvidamos con frecuencia:

¿estamos haciendo esto por el bienestar del niño o simplemente porque podemos hacerlo?

Podemos quitarle un teléfono.

Leer sus mensajes.

Exigir contraseñas.

Impedirle hablar con determinadas personas.

Retirar privilegios.

Imponer silencios.

Incluso utilizar a Dios, la culpa o el miedo para conseguir obediencia.

Pero la pregunta ética no debería detenerse en si el adulto puede hacerlo.

Debe continuar:

¿Para qué lo hace?

¿Existe un riesgo real que proteger?

¿La consecuencia guarda relación con la conducta?

¿Es proporcional?

¿Existe una alternativa menos lesiva?

¿Estamos enseñando algo?

¿O simplemente queremos hacer sentir al otro las consecuencias de habernos desobedecido?

Porque allí puede encontrarse la frontera entre educar y castigar.

LA INFANCIA NO ANULA LA DIGNIDAD

Durante siglos pensamos la infancia principalmente desde la autoridad del adulto.

El padre decidía.

La madre corregía.

El maestro imponía disciplina.

El niño obedecía.

Hoy comprendemos que la relación es más compleja.

Niñas y niños necesitan autoridad adulta precisamente porque todavía están desarrollando autonomía.

Pero autonomía en desarrollo no significa ausencia de autonomía.

Privacidad en construcción no significa ausencia de privacidad.

Y dependencia no significa propiedad.

Tal vez por eso resulte útil volver a imaginar aquel diario abierto.

Porque aquello que como adultos identificaríamos inmediatamente como invasión, humillación o traición puede parecernos aceptable cuando quien lo experimenta mide un metro treinta y depende de nosotros para comer, trasladarse o convivir con otras personas.

Y allí aparece el verdadero desafío ético.

El poder no se mide solamente por aquello que somos capaces de imponer.

También por aquello que, pudiendo hacer, elegimos no hacer porque reconocemos la dignidad del otro.

Incluso cuando ese otro tiene ocho años.

Incluso cuando se equivocó.

Incluso cuando necesitamos corregirlo.

CUANDO CASTIGAR SIGNIFICA USAR LO ÍNTIMO

Existe una forma de castigo que rara vez nombramos.

No consiste en pegar.

No consiste en gritar.

Tampoco en quitar un juguete o un teléfono.

Consiste en utilizar contra el niño aquello que confió, escribió o expresó en privado.

Una emoción.

Un secreto.

Un enamoramiento.

Un miedo.

Una confesión.

Un pensamiento pasajero.

Cuando el adulto toma algo íntimo y lo convierte en reproche, amenaza o castigo, deja de corregir solamente una conducta.

Interviene en el territorio de la confianza.

Y allí el daño puede ser más profundo, porque el niño aprende algo que quizá nadie quiso enseñarle:

que aquello que revela puede volverse en su contra.

Entonces puede comenzar a callar.

A ocultar.

A escribir menos.

A confiar menos.

No necesariamente porque tenga algo grave que esconder.

Sino porque aprendió que la vulnerabilidad puede convertirse en evidencia.

Y que su diario, en lugar de ser un refugio para ordenar pensamientos y emociones, puede terminar convertido en un instrumento de vigilancia.

PRIVACIDAD NO SIGNIFICA ABANDONO

Defender la intimidad infantil no significa dejar a los niños solos frente a riesgos que todavía no comprenden.

Hay circunstancias en las que el adulto debe intervenir.

Si existen señales razonables de abuso, violencia, autolesión, explotación, amenazas o algún peligro serio, la obligación de proteger puede justificar una supervisión mucho más profunda.

Pero ésa es precisamente la diferencia.

Proteger responde a un riesgo. Invadir responde muchas veces a la necesidad de saberlo todo.

Existe un principio ético:

la intimidad no desaparece porque una persona sea menor de edad.

CUANDO EL CASTIGO ALCANZA LOS VÍNCULOS

Y aquí el problema deja de limitarse a lo privado.

Porque el poder adulto no se ejerce únicamente sobre objetos, pantallas o diarios.

También puede ejercerse sobre las relaciones.

“No vas a ver a tus abuelos”.

“No hablarás con tu yaya”.

“Como te portaste mal, no irás con tu familia”.

“Si sigues así, no volverás a llamarles”.

En ese momento, la consecuencia ya no recae sobre un privilegio.

Recae sobre la pertenencia.

Y la lógica es similar a la que aparece cuando se utiliza un secreto como castigo: algo que forma parte del mundo emocional del niño se convierte en una herramienta de control.

Separar a un niño de personas significativas puede tener consecuencias mucho más profundas que retirarle un objeto.

Naturalmente, existen situaciones en las que una separación es necesaria para protegerlo.

Pero cuando el vínculo se convierte en premio o castigo, aparece otra pregunta ética:

¿estamos corrigiendo una conducta o utilizando el afecto como moneda de poder?

Porque un niño puede necesitar consecuencias.

Lo que no debería perder, salvo que exista una verdadera razón de protección, es la certeza de que las personas que ama continuarán formando parte de su vida.

Por eso, ante cualquier medida que altere relaciones importantes, habría que formular otra pregunta:

¿qué perderá este niño y qué haremos para conservar aquello que no debería perder?

NO CASTIGAR NO SIGNIFICA NO EDUCAR

Eliminar la violencia, la humillación o los castigos arbitrarios no significa criar sin límites.

Los niños necesitan reglas.

Necesitan escuchar “no”.

Necesitan asumir consecuencias.

Necesitan reparar aquello que dañan.

Necesitan aprender que las decisiones tienen efectos.

Pero una consecuencia educativa debería cumplir, al menos, tres condiciones:

Guardar relación con la conducta.

Ser proporcional.

Y ofrecer una posibilidad clara de reparación y aprendizaje.

El objetivo no debería ser:

“Quiero que te duela para que aprendas”.

Sino:

“Quiero que comprendas lo que ocurrió y puedas actuar de otra manera”.

Ahí está, probablemente, una de las diferencias fundamentales entre castigar y educar.

CONCLUYENDO

Volvamos a aquel diario.

A la libreta cerrada.

A esas palabras escritas quizá con una letra todavía infantil.

Imagine nuevamente que son las suyas.

Que alguien las leyó.

Que tomó el momento más feliz que quiso conservar, la tristeza que necesitó describir, aquella persona que comenzaba a importarle o el enojo que sólo duró una tarde.

Y después utilizó todo aquello contra usted.

Probablemente seguiría pensando:

“Eso era mío”.

¿Por qué habría de ser diferente porque quien lo escribió tiene ocho o nueve años?

La infancia necesita acompañamiento.

Necesita autoridad.

Necesita reglas.

Necesita adultos que sepan decir no.

Pero también necesita aprender algo que será indispensable durante toda su vida:

Que su cuerpo merece respeto.

Que sus sentimientos merecen respeto.

Que sus vínculos no son instrumentos de negociación.

Que su fe no debe ser utilizada para producir miedo.

Que su privacidad tiene límites, pero también valor.

Y que aquello que confía o escribe no debería convertirse automáticamente en un arma para disciplinarlo.

Habrá momentos en los que proteger exija intervenir.

Habrá riesgos ante los cuales un adulto no sólo pueda, sino que deba actuar.

Pero una excepción destinada a proteger nunca debería convertirse en permiso permanente para invadir.

Tal vez allí esté una de las diferencias fundamentales entre cuidar y controlar.

Entre formar y someter.

Entre una consecuencia que enseña y un castigo que simplemente duele.

Porque educar a un niño no consiste en demostrarle cuánto poder tenemos sobre él.

Consiste también en enseñarle, mediante nuestro propio comportamiento, qué debería hacer algún día cuando él tenga poder sobre otra persona.