- Por GRUPO B.V.” MARGARITA MAZA”
Una discusión o situación puede generar tanta irritación, que se pierde la entrada de la parte racional del cerebro en menos tiempo de lo esperado. Normalmente nos enojamos en 300 milisegundos, que es el tiempo que le cuesta al cerebro comprender que algo está mal y con ello perder el control en menos de media hora.
Pese a esto, esa sensación de “algo incorrecto” que tiene nuestro cerebro, puede ser causado por factores internos como recuerdos traumáticos, malos pensamientos, celos y todo lo que se atraviesa por nuestra mente y nos impide pensar con claridad.
Otros factores son los externos, discusiones con otras personas, situaciones injustas y que se salen fuera de nuestro control.
Fuente: fundacionunam
EXPERIENCIA
Desde pequeña me ha gustado hacer llorar a las personas, pensaba que se lo merecían. Había niños que eran más grandes que yo y creía que por esa razón molestaban a mi hermano menor, y aunque no sentía deseos de protegerlo, era la excusa perfecta para molestarlos, golpearlos y ofenderlos, con el pretexto de que lo estaba defendiendo, porque yo veía a mi hermano como alguien débil, que no podía defenderse; además pensaba que esos niños merecían sufrir. En más de una ocasión empujé, pegué o insulté a los niños, porque creía que estaban molestando a mis amigas, y yo solo quería hacer justicia, vengarme y los amenazaba; verlos llorar y sufrir me daba risa. Era como darles a entender que no se metieran conmigo.
Al crecer, aparentaba ser una persona tranquila, pero la verdad es que muchas veces en mi cabeza estaba insultando a los demás. Nunca tuve tolerancia, a mí no me gustaba nada, sobre todo no me agradaba convivir con las personas. Me incomodaba si alguien se me acercaba a querer platicar conmigo, no quería que me dirigieran la palabra, me enojaba si me hablaban feo o bonito, porque sentía que me atacaban. Todo me molestaba y terminaba sintiéndome mal, y cuando esto pasaba sentía que todos tenían la culpa y quería enfrentarlos, confrontarlos, hacer que pagaran, porque pensaba que por su culpa yo me sentía así.
Terminaba por ignorar a las personas, como siempre lo hice en casa, encerrándome en mi cuarto y no salía porque sentía que mi familia tenía la culpa de que yo me sintiera mal, quería que lo notaran y sintieran mi ausencia para que se dieran cuenta de cómo me trababan y cambiaran su forma de ser conmigo. Me gustaba sentir que los castigaba por haberme hecho sentir mal, aunque muchas veces no habían hecho nada.
Desde que llegué al Movimiento Buena Voluntad 24 Horas De Neuróticos Anónimos, me di cuenta que nunca me ha gustado que la gente me vea vulnerable, ya que llegaba a pensar que me veían como tonta o débil. Con ayuda de la terapia he ido trabajando y comentando estas cosas para poder estar tranquila, y sobre todo tratar de ver qué está mal en mí para no hacer sentir mal a las personas y poder respetarlas, independientemente de lo que me hagan sentir.
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