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Mtro. José María Villalobos Rodríguez

Existe en México una manera singular de tratar a los extranjeros. En especial a los europeos o norteamericanos. Peor si son altos, güeros, blancos o de ojo claro. Nos vemos obsequiosos, deferentes y casi hipnotizados por tales etnias.
Este sesgo ingenuo, pero muy persistente se ha tratado de explicar por antropólogos o conductistas, quienes hasta con La Malinche se han metido.
Canadá es una nación multiétnica, multicultural, pluri lingüística, gran productora de energía, país de manufactura con alta tecnología, con buenas universidades, sistema de salud colectivista, con fracturas perennes entre la Provincia de Quebec y el resto de estas, con apertura a inmigrantes –siempre y cuando se atengan a todas sus normas de calificación–, con muy buena mercadotecnia hacia afuera, pero que también tiene sus pecadillos.
Hubo un tiempo separatistas quebequenses que ponían bombitas para asustar.
Frecuentemente, Canadá ha ido a conflictos bélicos donde la verdad no tenía vela en el entierro.
Su provincia francófila sigue integrada a Canadá de la misma manera en que convive un matrimonio muy mal avenido.
Ya no hay cariño ni pasión sólo rutina. Donde a Quebec no le alcanza el dinero para emprender un divorcio civilizado que le dé categoría de República.
Cuando Quebec ha agarrado aires de independencia, siempre se ha topado con una altísima cuenta por pagar que le ha devuelto la cordura y mejor seguir como está: en un situación de frialdad con el indeseado cónyuge – con quien no intima, pero que tampoco puede echar de la recámara porque es el Canadá anglófilo, el dueño del billete y de una gran infraestructura que pagó por décadas.
En la parte del Pacifico canadiense está la provincia de la Columbia Británica.
Es de las provincias muy prósperas, pero que en su éxito reciente tiene la raíz en una amplia colonización de inmigrantes chinos muy sobrados de capital. Estos nuevos ricos literalmente están comprando Vancouver para destruir sus casas históricas y hacer otro Hong Kong.

Alberta es la potencia petrolera, gasera, ganadera de Canadá, tiene incluso mejor calificación crediticia que el país en conjunto. Son como los texanos, pero con tundra en vez de desierto.
En los finales de la década de 1960 Montreal en Quebec fue sede de una Feria Mundial y visitada por el Primer Ministro francés Charles de Gaulle, quien al mejor estilo de nuestro singular Noroña exclamó en su discurso “Viva la Quebec libre” .
El escándalo fue mayúsculo, pues sólo fue a alborotar la gallera de manera innecesaria.
En respuesta a esa flatulencia separatista de De Gaulle los industriales y financieros de Canadá decidieron abandonar la Provincia de Quebec y mudar oficinas y fábricas a Ontario –un poco como lo que vimos en España cuando Cataluña quiso salirse por la puerta de atrás y que puso en jaque a la familia de la Unión Europea– tan estricta en contra de aventuras separatistas que causen daños al crédito mercantil o a las finanzas comunitarias.
El sistema de gobierno en Canadá es parlamentario –nada que ver con la democracia de Estados Unidos o con nuestra adolescente democracia mexicana–.
Derivado de malas experiencias, Canadá tiene estrictas prohibiciones antimonopolio y de control de intereses a quienes tengan bancos, aseguradoras u otras entidades de crédito y ahorro. Es algo que debiéramos evitar para que no sigan pasando episodios de pillería de delincuentes de cuello blanco en México.
Canadá y Estados Unidos han peleado guerras juntos (a miles de miles de kilómetros de sus fronteras) para defender según esto la democracia. Comparten una amplia frontera sin muros en construcción –aunque el añorado Donald ya traía algo así en mente–.
En casi todo Canadá secunda al Imperio Americano aunque en futbol americano si lo contradice: juegan doce contra doce y el campo de juego es más ancho y más largo.
Hacia Latinoamérica, Canadá es muy prudente en qué o no opinar –ya no se diga intervenir–.
Para los gobiernos y diplomacia canadiense, Latinoamérica es un lugar de alto riesgo.
La selección de un Embajador para México implica que tenga experiencia previa en naciones volátiles o de mínimo respeto a la ley.
Entonces, nos mandan a diplomáticos que no se asustan si hay carros bomba que estallan como en Medio Oriente o como sucedió con el atentado en Lomas de Chapultepec a las cuatro de la mañana no te despierta un gallo, sino varias AK-47.
Se están rasgando las vestiduras en los noticiarios mexicanos porque Canadá prohíba a sus ciudadanos viajar a México.
La mayoría de los 900 mil turistas canadienses que vienen a nuestra playas lo hacen a Cancún o Baja California –algunos caen en Huatulco con muy bajo dinero en la cartera–. Existe como en todo país una minoría de alto poder adquisitivo que cuando hace un viaje de placer utiliza su propio avión o llega en su propio barco y se recluye en hoteles de mil estrellas buscando la paz del anonimato.
El turista canadiense y con dinero se ha llegado a quejar de los “mexicanos morenos que afean las playas” y les gustaría que nuestra etnia maya se pareciera físicamente a los vikingos suecos o noruegos. No consideran que son los mayas los pueblos originarios de la Península y que los intrusos son ellos y nosotros los externos a las etnias nativas.
Como toda sociedad hiper conectada con el resto del mundo, las familias de Canadá han ido cambiando con los años. El comportamiento de sus adolescentes actuales ha ido perdiendo calidad y, ahora, se asemeja más al modelo consumista de los americanos que en sus vacaciones vienen a México a destramparse porque en sus lugares de origen sus leyes se lo prohíben.
En Loreto, Baja California Sur, han sentado sus reales los “l’enfants terribles” de la provincia de Columbia Británica. Con o sin conocimiento de sus mayores estos jóvenes se desatan en las playas de Loreto, mientras la policía local, pues se voltea para otro lado. Tal es la voracidad por los dólares canadienses que a autoridades y hoteleros de Loreto no les importa si se vuelve aquello Sodoma y Gomorra. Estos jóvenes canadienses hacen desfiguro y medio, pero la supuestamente benefician a la economía local ( ? ).
La policía en las grandes ciudades canadienses no se anda con miramientos. Pertenecer a esos cuerpos de seguridad requiere un mínimo de 100 kg de peso y 2 metros de estatura. Comparado con nuestros frágiles genízaros…, pues nada que ver.
Tras la final de un campeonato de la National Basketball Association en que los Raptors perdieron –me tocó presenciar el operativo policiaco de contención a una turba alcoholizada y violenta por la derrota–. Las fuerzas del orden de gran tonelaje, estatura y equipamiento entraron en acción. Los aficionados acelerados eran sometidos con algo más que un rosario en la mano.
En conectividad aérea se calcula que en 2019 diez mil mexicanos vajaron a Montreal, Vancouver Toronto o Quebec. Es poquito. No pinta.
Canadá tiene un programa ordenado de trabajo en sus campos para nuestros campesinos.
A diferencia de la Unión Americana o de México el cuidado que reciben los mexicanos en sus campos de cultivo no ha registrado jaulas para menores de edad como con Trump o asesinatos masivos por delincuentes reales o disfrazados.
Con la prohibición de Canadá a sus connacionales a viajar a México nos perdemos de las juergas que iban a hacer en Loreto sus adolescentes… no es gran cosa.
En la extensa frontera México-Estados Unidos se está haciendo lo mismo, pero no es nuevo porque desde que el mundo es mundo esa región estuvo integrada.
Familias completas mexicanas quedaron separadas por la pérdida de Texas, California, Arizona o Nuevo México. Ese lazo familiar jamás se perdió, sino al contrario –ahora es más fuerte y extenso que nunca–.
En el turismo playero (de dudosa rentabilidad social) es una lástima que nuestros sabuesos Dórigas o Ciros no le rascan un poco a este asunto de los canadienses jóvenes que ya copiaron lo malo a los “SPRING BREAKERS” de la Unión Americana
Lo que se sabe es que hoy los canadienses pudientes están haciendo turismo médico a Florida.
Van familias de vacaciones y a obtener vacunas contra el coronavirus cortesía del Tío Sam.
Para que vean que en todos lados se cuecen habas.