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  • Los especialistas del Instituto Mexicano del Seguro Social, advierten que enojarse frecuentemente puede provocar males graves o generar algún trastorno. Por ejemplo, las personas con mal humor crónico corren más riesgo de desarrollar la diabetes y tener migrañas frecuentes. Según el estudio, los enojos constantes afectan fuertemente al corazón, aumentando el ritmo cardiaco, presión arterial, flujo sanguíneo y produciendo taquicardia, y en personas susceptibles pueden llevar a un infarto, problemas a nivel de la piel, como enrojecimiento y pruritos.

HISTORIAL
Soy una persona que ha querido conseguir todo a través de berrinches. Cuando iba el kínder no me gustaban los compañeros que tenía, tampoco me agradaba ver cómo ellos convivían. Y como no me hacían caso o no eran como yo quería, les hacía nariz de conejo o les sacaba la lengua para hacerlos sentir mal.
En la casa, cuando mis papás me decían que apoyara en los quehaceres les decía que no y no los hacía; pero cuando les pedía que me compraran algo o que me dieran lo que quería y no me lo daban, me tiraba al suelo, lloraba, hacía berrinche y no me quitaban de ese lugar hasta conseguirlo, aunque nunca obtuve así las cosas. Como mis padres me ignoraban, empezaba a gritarles que los odiaba, que ojalá se murieran, que eran los peores papás del mundo; dejaba de hablarles por días y los preocupaba, porque me escapaba de la casa sin decirles a dónde iba.
A mis hermanos todo el tiempo los traté mal, les rayaba sus libros o los golpeaba, buscaba la manera de hacerlos sentir mal. Al menor, desde que nació fui muy grosera con él porque sentía que todos le prestaban atención por ser el chiquito de la familia, le daban todo lo que quería y a mí nadie me hacía caso. Así que empecé a portarme de una manera grosera con todo lo que me rodeaba: golpeaba a mis hermanos, insultaba a mis padres, contestaba con groserías, tiraba y rompía las cosas, hacía comentarios que hicieran sentir mal a los demás.
Con mis primos era igual, cuando jugábamos, si no era a lo que yo quería me enojaba, les empezaba a pegar, les aventaba los juguetes y los insultaba, hasta que llegó el día en que ya no querían estar conmigo.
La escuela fue la etapa más dura, me enojaba por todo. Al principio hacía caras, después muecas; fingía que no escuchaba lo que mis compañeros me decían, además los empecé a agredir verbalmente; si hacían algo mal les empezaba a gritar con insultos, les volteaba los ojos cuando no me daban la razón y les hacía señas obscenas. Hubo personas que se alejaron de mí, pero volvía a comprar su cariño fingiendo que había cambiado, aunque seguía teniendo las mismas actitudes.
Con los maestros, cuando me llamaban la atención por las tareas les azotaba la libreta en el escritorio, aventaba las cosas cuando me las pedían y contestaba cortantemente; si me regañaban por haber tenido actitudes negativas con mis compañeros me enojaba y me iba en contra de todos. Hablaba mal de ellos, los insultaba a sus espaldas y, a la vez, actuaba de la misma forma con mis maestros.
No me pude dar cuenta que no sólo era agresiva socialmente sino también a través de las redes sociales. Recuerdo que una vez le regalaron un pastel en la escuela a una de mis compañeras, su mamá grabó y la subió a las redes sociales; todos le publicaron cosas positivas y yo, negativas; le deseé lo peor, la insulté y después la fui a buscar a su casa, supuestamente para decirle que jugara conmigo, pero en cuanto salió le empecé a jalar el cabello y le metí una cachetada.
Conforme el tiempo pasaba mis emociones iban creciendo más y más. Pensaba que tenía un carácter fuerte, me sentía una persona importante; creía que el hecho de mandar o golpear a los demás era una forma de tener el poder hacia ellos; una forma en la que conseguiría más amigos, más atención y así obtener las cosas que quería. Pensaba que era la forma de ser de los niños normales.
Mi familia se cansó y me ignoraron, así como yo los ignoraba. Mi papá, que ya estaba muy molesto conmigo, me pidió que me fuera de la casa; si no me fui es porque no tenía a dónde ir, mis tías y mis primos ya no querían verme.
La escuela ya la estaba perdiendo, no tenía amigos, me bloquearon en las redes sociales; no sabía qué hacer con mi vida y empecé a sentirme mal y pensar que mis planes no habían salido como yo pensaba y me había quedado sola.
Tiempo después empecé a tener malestares: sentía dolores de cabeza y de estómago, agruras, infecciones de garganta, dolor de oído, diarreas, angustia, ganas de salir corriendo, ansiedad, desesperación por destruir cosas, taquicardia etc. Empecé a odiar la vida y tener pensamientos de quererme suicidar, de taparme la boca para no hablar y no hacer sentir mal a los demás. Empecé a auto agredirme, azotar mi cabeza contra la pared y olvidarme de todo lo que estaba pasando, jalarme el cabello tratando de sacar mi coraje y dejé de bañarme.
Llegaba a mi casa enojada, todo lo que veía lo pateaba y me encerraba en mi cuarto todo el día, me cortaba buscando morir, intenté asfixiarme con una almohada pero siempre me quedaba dormida e inconsciente, comencé a vivir una vida de amargada. Mi familia se acercó a ofrecerme ayuda pero me negué, pensaba que nadie podía entender lo que yo sentía. Me ofrecieron ir al psicólogo pero no funcioné; al psiquiatra, pero no acepté.
Mi familia me ofreció una última opción: El Movimiento Buena Voluntad 24 Horas de Neuróticos Anónimos. Cuando en la agrupación tuve la oportunidad de hablar de lo que sentía me dio pena, pero lo intenté, y cuando terminé de hablar sentí como si me hubieran quitado un peso de encima. No sabía bien cómo funcionaba, pero cuando estaba en ese lugar sentía que todo estaba bien, pero al salir de ahí volvía a lo mismo. Fue entonces cuando me ofrecieron el servicio de Casa Hogar y no acepté.
Los problemas con mi familia aumentaron y, precisamente, en esa semana me expulsaron de la secundaria. En la agrupación volvieron a ofrecerme la Casa Hogar y seguí sin aceptarla. Un día después, llorando, le dije a mi mamá que no sabía qué hacer con mi vida, que quería desaparecer todo lo que sentía; en ese momento mi familia estuvo de acuerdo en que me quedara en Casa Hogar y, por fin, accedí.
En este lugar estoy salvando mi vida, he conocido a personas con las que puedo convivir sin necesidad de pelear e insultar, me río, ya me baño y he dejado atrás lo que sentía. A mis 12 años tenía una vida destruida con problemas emocionales muy fuertes.
Encontré un lugar donde no importa la edad, la condición social, religión, sólo importa la vida; un lugar donde la gente, al igual que yo, entienden lo que siento. Gracias al grupo puedo estar bien emocionalmente, al dejar a un lado mi mal carácter. El día de hoy cuando convivo con mis familiares puedo estar tranquilamente con ellos y disfrutarlos, y he recuperado algunas amistades.

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