Ernesto Ruiz.
“El manglar no cuenta las heridas del viento, cuenta las raíces que brotan después de la tormenta.”
En la Costa de Oaxaca existe un rincón mágico, un lugar al que desde que llegas provoca que te desconectes del mundo humano y hagas conexión con la naturaleza, te conviertes en testigo de la relación especial que la comunidad guarda con su territorio.
Hace 28 años, los hombres y mujeres que a finales de los 70 se asentaron en esta comunidad, decidieron que era hora de buscar una nueva forma de subsistir, hasta entonces era una comunidad de pescadores que habían vivido durante muchos años de la pesca, de la matanza de la tortuga marina y de la depredación de sus recursos. La veda de la tortuga les cambió la jugada, ya no podían seguir por ese rumbo porque la presión del Gobierno era mucha. La evolución surgió de varias ideas y ejemplos: “si no podemos vender productos, vendamos servicios”. Así nace lo que se convertiría en unos de los proyectos comunitarios más exitosos de conservación: La Ventanilla.
Hablar de La Ventanilla es presenciar un pequeño milagro de resiliencia, en donde la perturbación hacia su entorno se convierte en apropiación territorial y esa conexión que se establece se convierte en el eje cultural y la concepción de entorno. Un proyecto insigne no solo por su trabajo comunitario de conservación, sino por su trabajo enfocado en el cocodrilo de río (Crocodylus acutus) especie en peligro de extinción que convirtieron en su estandarte.
La Ventanilla se convirtió así en punta de lanza en la conservación de esta especie. Aquí, la comunidad aprendió a monitorear sus poblaciones, a proteger sus sitios de anidación y a entender su comportamiento. Pero también descubrieron que al cuidar al gran reptil, cuidaban también la red vital del manglar: la circulación de nutrientes, el equilibrio de los peces y la salud integral del humedal, así no solo se convirtieron en los guardianes de nuestra última frontera, sino también de las especies vinculadas a los humedales, dunas y playas como las tortugas marinas, iguanas, tortugas dulce acuícolas, una diversidad de aves, tejones, mapaches, venados, etc.
Pero no todo ha sido miel sobre hojuelas, cuando la naturaleza ha apretado los dientes —con huracanes devastadores que llegaron a dejar el paisaje en ruinas—, la gente de Ventanilla no abandonó a su Laguna. Volvió al agua en sus pangas, limpió las entradas de la laguna, reforestó mangle y reconstruyó el hábitat. Ese es el verdadero valor de la conservación comunitaria: no se hace por un contrato ni por una moda pasajera; se hace porque la vida de la gente y la vida del ecosistema se volvieron una sola.
En un mundo que nos insiste en que el progreso requiere desarrollo voraz y grandes infraestructuras que alteran el paisaje, La Ventanilla responde con una provocación serena y hermosa. Su modelo de economía social y solidaria demuestra que se puede vivir con dignidad protegiendo a la fauna nativa.
Aquí la cooperativa es el motor donde el sustento se distribuye con justicia. El ingreso que genera la llegada de visitantes para observar su pedazo de paraíso y especialmente al cocodrilo en libertad no nutre a un corporativo lejano: se queda en las cocinas comunitarias, en los guías que conocen cada animal por su nombre, en los viveros de mangle y en el resguardo del territorio. Es una economía con rostro humano y sentido ambiental, donde la tierra no se debe vender porque se entiende sagrada.
En la escala regional, La Ventanilla es la encarnación viva de la comunalidad oaxaqueña: esa capacidad de tomar decisiones colectivas, de organizarse en asamblea y de entender que el bienestar del vecino —y de la fauna que comparte el humedal— es el bienestar de todos.
Para México, de cara al 23 de agosto, Día Nacional del Cocodrilo, este proyecto representa el recordatorio de que la coexistencia entre comunidades humanas y depredadores no solo es posible, sino próspera. Y para un planeta enfrentado a la crisis climática y a la pérdida masiva de biodiversidad, La Ventanilla es la prueba de que la restauración ambiental guiada por las manos locales realmente funciona.
Mirar las aguas tranquilas de La Ventanilla después de tantos años, ver la silueta antigua de un cocodrilo deslizándose en silencio entre las raíces del mangle, llena el pecho de esperanza. En la mirada amable de los guías y en el pulso firme de su gente, se lee una lección que trasciende fronteras: la tierra y sus criaturas solo sanarán cuando aprendamos a cuidarlas. La Ventanilla es tierra de magia y amigos.








