Lizbeth Bravo
Las mujeres no nacieron sabiendo cuidar. México simplemente aprendió a descansar sobre ellas. Ese es uno de los grandes problemas estructurales del país, necesitamos cuidados para sobrevivir, pero no hemos construido una estructura suficiente para garantizar quién cuida, cómo se cuida y quién sostiene a quienes cuidan.
El resultado es brutalmente sencillo, cuando el Estado, el mercado y la sociedad no proporcionan los cuidados necesarios, la responsabilidad termina dentro de los hogares. Y dentro de los hogares, termina mayoritariamente sobre las mujeres.
Los números permiten dimensionar lo que durante décadas hemos llamado equivocadamente “ayuda”, “amor”, “obligación” o “cosas de la casa”.
De acuerdo con la Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo 2024 del INEGI, las mujeres mexicanas dedican en promedio 39.7 horas a la semana al trabajo doméstico, de cuidados, comunitario y voluntario no remunerado, mientras los hombres destinan 18.2 horas.
Más de tres jornadas laborales completas al mes que ocurren, en buena medida, sin salario.
Y hay otra cifra que debería incomodarnos mucho más, en 2024, el trabajo doméstico y de cuidados no remunerado realizado por los hogares mexicanos tuvo un valor económico de 8.01 billones de pesos, equivalente al 23.9% del PIB nacional.
La economía necesita que alguien cuide a los niños para que sus madres y padres puedan trabajar. Necesita que alguien atienda a las personas mayores. Necesita que alguien prepare alimentos, limpie las casas, acompañe a los enfermos, administre medicamentos, lleve a las personas a consultas, supervise tareas escolares y mantenga funcionando la maquinaria cotidiana de millones de hogares.
Sin ese trabajo, buena parte del trabajo remunerado simplemente no podría realizarse. Y, sin embargo, seguimos tratándolo como si no produjera riqueza.
El trabajo de cuidados sostiene la economía, pero la economía no sostiene a quienes realizan ese trabajo. Ahí está la paradoja. Y también la injusticia.
El problema es que hemos construido una idea profundamente perversa alrededor de la maternidad y del cuidado, creemos que si una mujer ama suficientemente a su familia, entonces debería poder hacerlo todo. Trabajar. Criar. Limpiar. Cocinar. Cuidar. Acompañar. Organizar. Recordar. Y hacerlo, además, con una sonrisa.
La sobrecarga de cuidados limita la posibilidad de que muchas mujeres estudien, trabajen, emprendan, asciendan laboralmente o acumulen recursos para su vejez.
En México, además, la informalidad laboral afecta de manera particularmente importante a las mujeres. Un análisis de CEPAL publicado en 2025 mostró que la informalidad alcanzaba al 54.9% de las mujeres ocupadas, frente al 53.9% de los hombres.
Así como necesitamos carreteras para transportar mercancías, necesitamos cuidados para que las personas puedan estudiar, trabajar, enfermar, envejecer y vivir. La diferencia es que las carreteras aparecen en los presupuestos, tienen secretarías responsables, indicadores, contratos y partidas financieras.
Por eso es importante que México haya dado un paso jurídico fundamental. En febrero de 2026 se estableció constitucionalmente la facultad del Congreso para expedir una Ley General en materia de Sistema Nacional de Cuidados y de derechos de las personas cuidadoras y de quienes reciben cuidados.
Pero reconocer un derecho en la Constitución es apenas el principio. Entender que cuidar no es una virtud femenina. No es una obligación moral exclusiva de las madres, hijas, esposas o hermanas. Es una necesidad humana.
México no puede seguir funcionando a costa del tiempo gratuito de millones de mujeres. No puede seguir contabilizando como crecimiento económico solamente aquello que tiene un precio en el mercado mientras ignora las horas que permiten que ese mercado exista. Y mientras no exista un verdadero sistema de cuidados, habrá millones de mujeres sosteniendo silenciosamente un país que todavía no ha aprendido a sostenerlas a ellas.








