Compartir
  • Por: Mtro. José Ma. Villalobos Rodríguez

Uno de los atributos de una nación en vías de desarrollo es que su sistema de toma de decisiones en políticas públicas o en la inversión privada se diseña y aplica para beneficio de las minorías influyentes y no de las mayorías en indefensión. Los grupos industriales o de servicios cabildean permanentemente ante autoridades, jueces o legisladores para conservar o ampliar sus privilegios y dominios en el mercado.
No es necesario hurgar en amplias bibliotecas especializadas para darse cuenta que en el mercado de bienes de consumo mexicano a diario se dan prácticas peculiares. Citemos el caso de la leche industrializada. La oferta de leche para consumo humano hace 50 años se conformaba por pequeñas pasteurizadoras o ganaderos que entregaban a domicilio en la paz de las ciudades en formación. Los envases eran de cristal y de a litro. Si lo que en su casa compraban era leche formaba nata. Esa nata se embarraba en pan bolillo y con algo de azúcar era acompañante del desayuno. El proveedor podía ser fácilmente identificable y vivir a tres cuadras de su casa y llamarse “Pablo el Lechero”.
Pablo respondía de la calidad de su leche y de la salud de sus vacas. En el barrio habría otro vecino que a nivel casero producía mantequilla – de la verdadera, pero quizá con un nombre poco comercial como “OLORON”. Pero el señor Arce respondía por la calidad de su producto. Y lo hacía de manera seria, pues sus ventas dependían de su prestigio y eran el mejor freno para que las familias fueran fieles a su marca y a su mantequilla. Igual sucedía con los quesos de amplia variedad. Eran de pequeños productores especializados en ciertos tipos de queso y que con su apellido o nombre de pila respondían a sus clientes. No se daban ofertas ni se ofrecía descuento porque esas prácticas no correspondían a la calidad moral de los proveedores.
Después de 50 años todo el mercado de lácteos cambió en México.
Los envases de cristal prácticamente desaparecieron junto con los ganaderos que ordeñaban en los barrios y la mayor parte de los pequeños productores de queso, crema, jocoque, mantequilla o requesón. Hoy predominan cuatro marcas de alcance nacional que han ido repartiéndose la mesa de miles de familias y extinguiendo de común acuerdo a la competencia. Sus líneas de producto son similares. Para leche fluida ultra pasteurizada utilizan envases de cartón y le llaman de larga vida. Adiós nata, adiós vidrio reciclable y el sabor y grasa de todas esas leches es casi idéntica.
Se nota que existen acuerdos entre LALA, ALPURA, SANTA CLARA, NESTLE, para no competir en precios, repartirse el mercado, vender en presentaciones similares y olvidarse de calidad, pero asegurar ante todo la logística y ubicuidad de los lácteos que venden. Están aliados para tener utilidades y crecer ordenadamente sin atacarse unos a los otros. Venden a los mismos precios. Quien decide en las familias la marca a comprar es bombardeado de publicidad televisiva francamente pobre. ¿Recuerdan aquello de “LA LECHE DE LAS VACAS CONTENTAS”?…
Este CARTEL LECHERO ha sido tan exitoso que les ha dado para diversificarse a otros negocios. Los socios de Grupo Lala tienen tiempo invirtiendo en la aviación comercial y son de los dueños de AEROMEXICO -empresa que recientemente tuvo que pedir prestado mil millones de dólares para seguir volando, además de regresar 15 aviones que no tenían clientes, gracias al COVID 16. AEROMEXICO como negocio extensivo a la lechería no encajó por los altos riesgos que implica la volatilidad de la aviación comercial.
NESTLE –empresa suiza con sospecha de nexos muy monetarios con el Vaticano practica en México el monopolio en ciertos lácteos. Tal es el caso de la leche condensada. Con su marca LA LECHERA no tiene rival en un mercado de 25 millones de familias. Cuando otras empresas intentan producir o importar leche condensada azucarada, NESTLE mueve sus influencias y vuelve a quedarse sola.
En la oferta de youghurts las empresas gastan mucho más en publicitar las bondades que aporta a la estética de quien los consume que en el producto.
Esta línea es tan versátil que ocupa metros y metros de anaqueles, lleva coloridos envases de plástico (nada amigables con el medio ambiente) y alcanzan precios propios de Nueva York o París.
Sobre protección sanitaria al consumidor –materia olvidada en México por décadas- encontramos en la estadística sanitaria indicios de las consecuencias.
Enfermedades como la llamada “FIEBRE DE MALTA” o brucelosis son comunes en estados como Jalisco, Michoacán, Oaxaca o Puebla, porque se consumen lácteos mal procesados, que ni siquiera llevan leche hervida.
Esta enfermedad la causa la bacteria BRUCELOSIS que poco a poco devora los músculos de las personas y puede causarles la muerte.
La falta de inspección sanitaria en lecherías, queserías o plantas industrializadoras es anterior a la mega austeridad de López Obrador.
Desdeñar la salud del consumidor mexicano de leche y derivados ha sido practicada por gobiernos priistas, panistas, perredistas y morenistas.
En eso si están de acuerdo: que el mexicano que consuma derivados de leche se juegue la vida es un derecho ciudadano. Prevenir enfermedades, nunca ha sido una prioridad pública o industrial y la prueba está en que cada año de lluvias se nos viene a instalar el dengue, el zika o la chikungunya al no fumigar en tiempo.
En alimentos las fallas de supervisión preventiva en nuestro país son legendarias.
Son frecuentes las intoxicaciones en bodas, fiestas tradicionales, escolares, mercados, restaurantes, internados que sólo los muertos a plomazos o accidentes de carretera les superan.
A estos tipos de casos la medicina les llama “MUERTES EVITABLES”. Evitable es que llegue al mercado cualquier alimento en mal estado. Para eso se supone que existen inspectores municipales en mercados o centros comerciales o federales en el campo y la industria alimentaria. Pero brillan por su ausencia. Igual sucede en los lugares de matanza clandestina donde nadie revisa el estado de salud de los cerdos, aves o reses que nos hemos de comer. Una zona metropolitana como la de Oaxaca de Juárez – cercana a los 500 mil habitantes carece de un rastro metropolitano en el cual se controle la calidad sanitaria.
Es ahí donde por consumir alimentos en mal estado se generan miles de actas de defunción en nuestro país. Ganado engordado con clorobutanol, cerdos con triquina o pescado en mal estado ha enlutado a cientos de familias a lo largo y ancho del país.
Eso ha sido antes, durante y después del COVID-19 y López-Gatell.
Las omisiones del cumplimiento de reglamentos sanitarios por todo tipo de autoridades han contribuido a la enfermedad o muerte de muchos mexicanos.
El mejor alumno de mi preparatoria fue, además el primer lugar de su generación de Ingeniería en Sistemas Computacionales. Exitoso profesionista que por culpa del cisticerco presente en un taco de carnitas que consumió lo tiene postrado en su casa, sin poder hablar o valerse por sí mismo desde hace 35 años.
Una enfermedad discapacitante, terrible nacida de una omisión de inspección a la carne de puerco que consumió Carlos Guerrero , mi amigo de la Preparatoria a quien quisiera dedicar estas líneas.
La prevención sanitaria en los alimentos que consumimos debe ser una cruzada ciudadana permanente y no una ocurrencia electoral de un candidato. Exijamos que se investigue y castigue la venta de alimentos nocivos para nuestra salud en especial lácteos y cárnicos. Vivimos en un alto riesgo de caer en el caso de ser una más de las muertes evitables.
Alertemos a nuestros ciudadanos que para este tipo de enfermedades nada es mejor que exigir y que se cumpla la prevención y la información.

Compartir