¡LA ÚLTIMA Y NOS VAMOS!
Luis Miguel Urbina Calvo
De risa… De risa loca, llamémosle así, si gustamos… o, de burla, tanta “privacidad” o
“protección” para los datos confidenciales o personales cuando nos damos de alta, nos
aceptan o aceptamos algún trámite privado o público. Nos exigen por protocolo, porque está
en la ley, por reglamento o por costumbre que firmemos para entrar a los bancos de datos
personales. Aunque no tenga mayor trascendencia ni eficacia legal. Ya que, cuando un
“hacker” o “mañosos”, criminales que no tienen &%$#, pero sí tienen suficiente capacidad,
herramienta, inteligencia y maña, entran a cuentas electrónicas y se apoderan de correos
electrónicos y redes sociales como Facebook, WhatsApp y otros.
Lo hacen, sin que alguien se los impida y menos que los sancione o que los intimide, que
los amoneste o que los amenace legalmente. Al contrario, los hackers tienen más libertad
de acción que cualquier empleado del SAT o “Coppel”.
Quizás… hasta se encuentran cotizados (muy bien pagados). Mientras que la población nos
encontramos a merced de ellos… ¿Cuándo un hacker entra a nuestras cuentas roba
números de celular, números de WhatsApp, correos electrónicos, Facebook, etc. y con ellos
defrauda a nuestros contactos, vende dólares, aparatos electrónicos, electrodomésticos con
el mismo filo con el que un cuchillo entra en la mantequilla(metáfora) y, los ciudadanos no
tenemos ninguna protección y ninguna defensa, solo exclamar como se decía para que
apareciera el “chapulín colorado” en el programa de Chespirito: “¿Ahora quién podrá
defendernos?”. Pero el hacker actúa con tal rapidez y permanencia que gusta y manda…
Sin que la famosa protección de datos personales ni privacidad sirva, pues, vale un
cacahuate; lo que nos queda es esperar a reportar al hacker a Google mediante la “policía
cibernética” y esperar a que se recupere la cuenta Google. Lo que recomendamos hoy en
día, es ser meticulosos con los enlaces, páginas, cuentas y redes sociales, hacer caso
omiso, no interesarnos, cuidarnos y cuidarnos encomendándonos al ¡supremo!







