La trampa del retroceso, romanticizar la sumisión
Lizbeth Bravo
En un momento histórico en el que las mujeres hemos logrado avances sustantivos en derechos civiles, políticos y económicos, resulta inquietante observar el resurgimiento (cada vez más visible y normalizado) de discursos que promueven el ideal de la “esposa tradicional”. El problema radica en la construcción ideológica que la acompaña, una narrativa que romantiza la subordinación femenina, despolitiza la desigualdad y, en casos extremos, cuestiona derechos fundamentales que han costado décadas de lucha.
Este fenómeno no ocurre en el vacío. De acuerdo con datos de ONU Mujeres, a nivel global, casi el 60% de las mujeres continúa participando en el mercado laboral, pero con brechas salariales que oscilan entre el 20% y 30% respecto a los hombres. En América Latina, según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe, las mujeres destinan hasta tres veces más tiempo que los hombres al trabajo doméstico no remunerado.
El discurso de la “tradwife” (abreviatura de traditional wife) ha encontrado un terreno fértil en redes sociales. Bajo una estética cuidadosamente curada que mezcla nostalgia, feminidad clásica y bienestar doméstico, se oculta una narrativa peligrosa, la idea de que la plenitud femenina depende de la renuncia a la autonomía económica, la subordinación a la figura masculina y la despolitización de la vida privada. Este discurso, lejos de ser espontáneo, se alinea con corrientes conservadoras que buscan revertir avances en derechos reproductivos, participación política y equidad laboral.
En Estados Unidos, se han documentado encuentros y conferencias donde grupos de mujeres (vinculadas a sectores ultraconservadores) han planteado abiertamente la posibilidad de renunciar al derecho al voto femenino, bajo el argumento de que la política debería ser una esfera predominantemente masculina. Aunque estas posturas son minoritarias, su mera existencia revela un giro discursivo preocupante.
La historia demuestra que los derechos no son irreversibles. El sufragio femenino, conquistado en distintos países a lo largo del siglo XX, fue producto de movimientos sociales organizados, enfrentamientos políticos y, en muchos casos, represión. En México, el derecho al voto para las mujeres se reconoció en 1953; en otros países, como Estados Unidos, en 1920. Pensar que estos avances están garantizados por inercia histórica es un error. El retroceso democrático suele comenzar precisamente en el terreno simbólico, en el lenguaje, en las narrativas, en las ideas que se vuelven aceptables.
La romantización de la dependencia económica, por ejemplo, ignora datos contundentes, según el Banco Mundial, la autonomía económica es uno de los factores más determinantes para que las mujeres puedan salir de contextos de violencia. Renunciar a ella no es solo una decisión personal; es, en muchos casos, una renuncia a mecanismos básicos de protección.
No se trata de dictar cómo deben vivir las mujeres, sino de cuestionar las estructuras que condicionan esas decisiones. Elegir la vida doméstica no es problemático en sí mismo; lo problemático es cuando esa elección está mediada por discursos que glorifican la desigualdad, invisibilizan los costos y desalientan la participación en la vida pública.
El feminismo, en su sentido más amplio, no impone modelos únicos de vida; lo que exige es la posibilidad real de elegir sin coerción, sin desigualdad estructural y sin narrativas que distorsionen la realidad. En ese sentido, el auge del ideal de la “esposa tradicional” no es una simple tendencia cultural, es un síntoma de un momento político en el que los derechos de las mujeres vuelven a estar en disputa.
La pregunta, entonces, no es si algunas mujeres quieren volver a ese modelo, sino por qué ese modelo está siendo promovido con tanta insistencia y qué intereses se benefician de ello. Porque cuando la sumisión se presenta como libertad, no estamos frente a una elección, estamos frente a una trampa discursiva.








