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Ernesto Ruiz.

“Más grande que la conquista en batalla de mil veces mil hombres es la conquista de uno mismo.”

Siddhartha Gautama

Decir que la conquista de América nació del amor no es solo una exageración: es una nueva forma de conquista a través de distorsionar la historia.

Hace unos días escuché en la radio una nota que me llamó la atención. Hablaban del discurso de Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid, quien está de visita en México para fortalecer los vínculos de la llamada “hispanidad”.

¿Por qué llamó mi atención?, lo que me sorprendió no fue la visita, sino lo que dijo: que la hispanidad nació del amor; que personajes como Hernán Cortés o Francisco Pizarro actuaron bajo ese principio; y que el mestizaje es un mensaje de esperanza y alegría.

Vale la pena detenerse ahí.

Sin ser historiador —aunque soy alguien interesado en estos temas—, creo que ese tipo de afirmaciones no pueden pasar sin cuestionarse, sobre todo cuando el pasado se usa para construir discursos en el presente. Quiero opinar al respecto, ahora que todavía se puede decir casi cualquier cosa en nuestro amado México:

Para empezar, el México que hoy conocemos no existía hace quinientos años. El territorio estaba habitado por una diversidad de pueblos con estructuras políticas, sociales y culturales complejas, que no se organizaban bajo categorías europeas como “reinos” o “principados”, sino conforme a sus propias formas de organización. La noción de “México” como entidad política surge mucho después, en 1821, tras la consumación de la independencia.

En ese contexto, la llegada de los españoles no puede entenderse como un encuentro armónico entre civilizaciones, sino como un proceso de conquista sustentado, entre otros elementos, en el llamado “derecho de conquista”: una doctrina que legitimaba el uso de la fuerza para la apropiación de territorios y la subordinación de sus habitantes. Este principio, heredero de tradiciones imperiales europeas, fue uno de los pilares que justificaron la expansión colonial.

Lo que siguió fue un proceso complejo y prolongado de dominación que se extendió por tres siglos. Sería simplista reducirlo únicamente a violencia o, en el extremo opuesto, presentarlo como una empresa civilizatoria benévola. Sin embargo, tampoco puede ignorarse que este periodo implicó despojo territorial, explotación sistemática y episodios de violencia documentados, como las matanzas de Cholula o del Tóxcatl, entre muchos otros. La construcción del orden colonial se sostuvo sobre profundas asimetrías de poder que marcaron de manera decisiva la historia de este territorio.

Podemos decir entonces que no, la hispanidad no nació del amor. La afirmación de lo contrario no solo resulta problemático, sino que contribuye a la distorsión de procesos históricos complejos. El mestizaje, por su parte, es una realidad innegable y constitutiva de la identidad mexicana, pero no puede desligarse de las condiciones —muchas veces coercitivas— en las que se produjo. Reconocerlo no implica negar sus expresiones culturales contemporáneas, sino comprender su origen con mayor honestidad.

Al mismo tiempo, conviene evitar que el pasado se convierta en un recurso de legitimación política en el presente. Así como resulta cuestionable romantizar la conquista, también lo es instrumentalizarla de manera acrítica para justificar agendas actuales, vengan de donde vengan. La historia no debe ser un campo de simplificaciones ideológicas, sino un espacio para la reflexión crítica.

¿Qué sería de este continente si los invasores no hubieran llegado? Nunca lo sabremos, ¿Qué pasó en realidad en este proceso de conquista y dominio? Creo que, a menos que en un futuro los desplazamientos tiempo-espacio sean posibles, tampoco lo sabremos con precisión, sólo estarán las interpretaciones históricas, antropológicas o sociológicas, pero no lo sabremos con certeza.

Así que lo que nos toca —a los mexicanos y, sobre todo, a quienes hoy gobiernan, sin importar colores ni discursos— es aprender de nuestra historia.

Asumir lo que somos.

Reconocer nuestras raíces.

Entender que somos producto del mestizaje, con todo lo que eso implica.

Pero también dejar de usar el pasado como discurso fácil o herramienta de conveniencia.

Honrar a quienes estuvieron antes de nosotros y trabajar, todos los días, con responsabilidad, con visión y con carácter por quienes vienen después.

Porque gobernar no es administrar agravios ni repetir relatos cómodos: es hacerse cargo del presente.

Y cuando la historia sacude, no es para quedarse en ella, sino para tener la altura de construir algo mejor.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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