Cuando el pasado deja de ser memoria y se convierte en una herramienta para justificar el presente.
Por Mariana Navarro


“Vives escondida detrás de mi historia.
Yo soy la culpa.
¿Y tú? ¿Quién eres sin ella?”
EL REFUGIO MÁS CÓMODO
GUADALAJARA, Jalisco.- Hay historias que se cuentan para comprender.
Y hay historias que se cuentan para justificar.
La diferencia parece pequeña, pero transforma por completo la naturaleza del relato.
Comprender exige buscar la verdad. Justificar exige encontrar un culpable.
Por eso algunas personas permanecen durante años aferradas a un mismo episodio, a una misma versión de los hechos, a una misma acusación repetida una y otra vez hasta convertirla en explicación universal de todo lo que le ocurre después.
La culpa termina ocupando el lugar de la reflexión.
Y el pasado se convierte en una especie de refugio moral desde el cual resulta posible explicar cualquier decisión presente.
LA FOTOGRAFÍA Y LA PERSONA
Existe un problema ético profundo cuando una persona es observada únicamente a través de la versión más antigua de sí misma.
Porque los seres humanos no somos fotografías.
Somos procesos.
La fotografía captura un instante.
La vida registra una transformación.
Sin embargo, en muchos conflictos familiares, sociales e incluso políticos, se congela a una persona en un momento específico de su historia y se le niega el derecho a ser algo distinto.
CUANDO LA MEMORIA SE CONVIERTE EN PODER
Recordar es necesario.
Toda sociedad necesita memoria.
Toda familia necesita memoria.
Toda persona necesita memoria.
Pero la memoria tiene un límite ético.
Cuando deja de servir para comprender y comienza a utilizarse para controlar, deja de ser memoria.
Se convierte en poder.
Entonces aparecen frases conocidas:
“Por lo que me hiciste.”
“Por lo que me pasó hace años.”
“Porque siempre has sido así.”
La discusión deja de ocurrir en el presente.
El juicio se traslada a un tiempo donde ninguna explicación será suficiente y ninguna transformación será reconocida.
EL NEGOCIO EMOCIONAL DE LA CULPA
La culpa tiene una ventaja silenciosa.
Ofrece respuestas sencillas para problemas complejos.
Mientras exista un culpable claramente identificado, nadie necesita revisar sus propias decisiones.
Nadie necesita preguntarse qué responsabilidad le corresponde asumir.
La culpa ajena funciona como un espejo invertido.
Permite observar constantemente los errores del otro mientras evita enfrentar los propios.
Por eso resulta tan cómoda.
LA PREGUNTA QUE NADIE QUIERE RESPONDER
La ética suele formular preguntas incómodas.
Y quizá la más incómoda sea esta:
¿Qué ocurre cuando una persona necesita mantener vivo al culpable para sostener la historia que cuenta sobre sí misma?
Porque llega un momento en que el conflicto deja de hablar de quien supuestamente cometió el error.
Y comienza a hablar de quien necesita seguir señalándolo.
En ese instante la pregunta cambia de dirección.
Ya no se trata de quién tuvo la culpa.
Se trata de quién sigue necesitando que la culpa exista.
CONCLUYENDO
Las sociedades maduras comprenden que la memoria es indispensable.
Pero también comprenden que ninguna comunidad puede construirse sobre condenas perpetuas.
La posibilidad de aprender, cambiar, reparar y transformarse constituye uno de los principios más profundos de la condición humana.
Negarlo equivale a negar la propia experiencia de vivir.
Porque todos somos más que nuestros peores momentos.
Y todos, en algún punto de nuestra historia, hemos necesitado que alguien nos permita ser algo distinto de aquello que fuimos.








