XIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
28 DE JUNIO DEL 2026
Espero ayudarles y ayudarme a mí mismo para que podamos recibir este mensaje divino con un buen espíritu, bien entendido, para que podamos darle respuesta a Dios, porque eso espera de nosotros, respuesta.
La primera lectura nos presenta al profeta Eliseo, que llega a un hogar donde le abren las puertas, donde lo reciben y yo creo que el profeta se siente bien en ese hogar, porque dice que los visita con frecuencia y que, siempre que pasa por ahí, llega a visitarlos y, en un momento, el profeta se siente que tiene un compromiso, le han recibido con amor, le han atendido con generosidad y, entonces, el diálogo con su criado, con el que lo va a acompañando “¿qué podemos hacer por la mujer que nos atiende, qué podemos hacer?” y hay un diálogo y el profeta llama a la mujer que les atiende y le dice: “el próximo año, vas a tener un hijo en tus brazos. Así te vamos a encontrar el próximo año que vengamos a visitarte, con un hijo en tus brazos”. Esa es la recompensa que le da Dios a esa mujer, por atender al profeta, por recibirlo con amor, hasta le construyeron una habitación, para que ahí descansara. Cuánta generosidad en ese corazón, cuánta generosidad y, Dios, sabe bendecir al que tiene corazón generoso. Aplique esto a su vida personal.
Sea generoso y Dios se lo recompensará y Él sabe cómo, no nos toca a nosotros decir, “voy a hacer esto en favor de los demás, para que Tú me des en cambio esto”, no, pues así no, a Dios no lo tenemos que condicionar, tampoco tenemos que hacer así como un trato, la generosidad se vive y punto. No voy a ser generoso con alguien y le voy a decir: “mira, pero cuando yo necesite de ti, yo te voy a pedir que me ayudes en esto y en aquello. Hoy, te ayudo yo, pero después tú me vas a ayudar”. Esa no es generosidad, la generosidad es que tú te desprendas de lo que tal vez te cuesta mucho, lo compartas y ahí lo dejas y que Dios se encargue de lo demás, Dios se encargue de lo demás.
Aprendamos a ser generosos. Nuestro Señor, en el Evangelio, nos acaba de decir que un vaso de agua será recompensado. Un vaso de agua nos va a llevar al cielo, porque esa es la recompensa que nosotros esperamos de Dios, llegar a contemplarlo por toda la eternidad.
Sea generoso, muy generoso y deje en las manos de Dios lo demás, pero tal vez lo que nos ha dicho el Evangelio nos haga pensar, por encima de todo, el amor a Dios. ¿Qué dice el primer mandamiento de la ley divina?, amarás a Dios sobre todas las cosas y sobre todas las personas. A ver, vamos pensando ¿de veras usted ama a Dios como nos lo pide Él, así lo ama? Porque hoy nos pone en una encrucijada, que demos de amarlo más que a nuestros padres y, los que son padres, tienen que amarlo más que el amor a sus hijos y habla de preferirlo, preferirlo, no dice que no amemos a nuestros padres, porque si eso dijera, está en contra del cuarto mandamiento de la ley divina, que dice que honremos, que amemos a nuestros padres. No nos dice que ya dejemos de amar a nuestros papás y que los papás dejen de amar a sus hijos, dice preferir por encima del amor a tus padres estoy Yo, por encima del amor a tus hijos, estoy Yo. No se le olvide eso y, si nosotros tenemos ese grande amor a Dios, ¿quiénes van a ser beneficiados? Nuestros padres y nuestros hijos, nuestros hermanos, porque este amor grande a Dios me va a llevar a que yo viva un gran amor a mis padres y a mis hermanos y los que son padres, a sus hijos.
Volvemos a lo mismo, Dios nos va a llevar a que crezca el amor hacia ellos, porque el amor nuestro hacia Él es muy grande, es preferido. Analicemos nuestro sentimiento, nuestro interior.
Yo quiero que usted ame profundamente a Dios, y si usted ama a Dios, va a evitar hacer muchas cosas que no demuestran que su amor sea grande para Dios y que lo prefiera a Él. El que tiene un amor grande a Dios, no tiene ningún resentimiento para nadie, toda persona está en su corazón, llámese como se llame, sea quien sea, porque también hay una partecita en el Evangelio que nos dice Nuestro Señor “quiero de ti un amor extraordinario, ama a tus enemigos, haz el bien al que te ha hecho el mal. Ese es amor extraordinario que Yo te pido a ti, que eres mi discípulo”. Y, hoy, nos está diciendo: “prefiéreme a Mí”. Entonces, ese amor grande hacia Dios me va a llevar a que no tenga ningún problema con las personas. Si en algún momento un prójimo nos ofende, no vamos a tener ningún problema, no vamos a guardar ningún resentimiento, no vamos a guardar ningún coraje, porque el amor grande hacia Dios me lleva a vivir extraordinariamente el amor, pero a veces, a veces Dios está olvidado, no sé dónde está Dios en el corazón nuestro, porque hacemos tantas cosas que son negaciones de amor.
Hoy, Dios nos dice, prefiéreme, prefiéreme y, junto con esa preferencia, nos dice: toma tu cruz, toma tu cruz, si me prefieres a mí, toma tu cruz.
Hay que tomar la cruz con amor, no tomemos la cruz pensando o diciendo: pues ya, ya me tocó sufrir, ya qué hago, ya me llegó esta enfermedad, pues ya qué. No, así no se toma la cruz, la cruz se toma mirando al Crucificado, mirando al Crucificado, así tome la cruz. ¿Por qué esta el Crucificado ahí? Por amor, por amor. Tome esa cruz muy personal movido por el amor.
Tendré que decirle a Nuestro Señor: un día tomaste la Cruz y fuiste a morir por mí por amor. En este momento tengo esta cruz, yo quiero tomarla como Tú la tomaste, movido por el amor. Acepto mi cruz por amor y, si de algo sirve mi sufrimiento, yo quiero encausarlo para que sea gracia y bendición y, tal vez usted diga, lo quiero ofrecer por los más cercanos, por mi familia, por estas personas que yo amo, quiero ofrecer mi sufrimiento, esto me lleva a manifestar el amor, el amor a ellos, ofreciendo mi dolor, ofreciendo mi enfermedad, recibo esta cruz. No la rechace. Somos discípulos de Nuestro Señor y cargamos con esa cruz.
Todos sufrimos, todos. A veces tenemos sufrimientos físicos, a veces tenemos otra clase de sufrimientos. Un padre de familia sufre, porque no tiene trabajo y porque no tiene para llevar el alimento a sus hijos, porque no está trabajando, porque no le abren las puertas y es un sufrimiento. Cuánta carga de sufrimiento hay en nosotros, pero muchos de esos sufrimientos no han servido porque no los hemos encausado. Se nos ha olvidad que somos discípulos de Nuestro Señor y no hemos sabido cargar esa cruz como Él quiere que la carguemos, por amor. A veces la cruz la cargamos con un montón de renegaciones y de reclamos a Dios, de reclamos… “¿por qué nos cargas la mano aquí en la casa, por qué, por qué me cargas la mano en el sufrimiento a mí?”. Nuestro Señor no dijo eso, no dijo eso. Nuestro Señor se ofreció voluntariamente, fue al Calvario cargando con la Cruz y murió por nosotros y el amor estaba ahí, sólo por amor, sólo por amor.
No le diga a Dios: “me estás cargando de más”, no, no se ande engañando, su cruz es la que puede llevar, no tiene más peso, es lo que usted puede, sólo que no ha querido aceptar, en esa unión con Dios, no ha sabido mirar a Dios, pedirle fuerza y ofrecer. Pida fuerza y ofrezca, que aproveche, para que haya esa respuesta generosa.
Que Dios nos siga bendiciendo, que Dios nos siga fortaleciendo, porque a diario la cruz la llevamos, no la podemos dejar guardadita por ahí, no, no, no, no, al discípulo de Nuestro Señor no se le puede entender sin cruz, como también nosotros podemos mirar a Jesús sin la Cruz.
Usted lleva la cruz, usted es discípulo de Nuestro Señor, llévela con alegría. A veces es livianita, pero a veces es pesadita, pero en los dos momentos no nos olvidemos de buscar a Dios y de decirle, gracias, porque siento que me has alivianado esta carga y, en otros momentos le tendré que decir, Señor, dame más fuerza, dame más fortaleza, porque humanamente yo siento que no puedo con esto, pero yo sé que con Tu gracia y Tu auxilio yo sí voy a poder y voy a salir adelante.
Entremos en diálogo con el Señor y si lo preferimos a Él, por encima de todo, el cargar nuestra cruz, pues será lo más liviano para nosotros.
Pues que Dios le siga recompensando todo lo que usted hace por los demás, en ese espíritu generoso, habrá momentos en que anime a las personas por el sufrimiento que van cargando. Habrá momentos en que otros nos animen a nosotros y creo que no vamos a decir, sí, tus palabras son muy bonitas, pero ya cargaras lo que yo cargo, no, así no se responde, no, así no, hay que decir: gracias, porque esas palabras me animan a seguir adelante, así tenemos qué decir, porque si decimos, “no, ni me andes diciendo cosas, tú no sufres, para qué me dices, no así no, te lo están diciendo desde el corazón y ya apagaste ese amor y misericordia que esta persona está teniendo contigo, ya te olvidaste que Dios es el que te está hablando a través de él, te está hablando a través de él. La mujer de la primera lectura decía: “creo que este es un hombre de Dios”, así decía, ella no sabía que era el profeta, sólo dijo, es un hombre de Dios. A veces nos falta a nosotros mirar en nuestro prójimo al hombre de Dios, que nos habla, que nos anima, que nos llena de ilusión, que tiene una palabra para nosotros, que tiene un momentito para nosotros, que tiene preocupación de nosotros y, a veces nosotros estamos tan muinos y tan estoy y aquello que decimos: “cállate, ni me digas”, no, pues así no se vale. Ojalá nosotros sepamos escuchar y con esa carga de sufrimiento de cruz sigamos adelante.
María, Nuestra Madre, nos siga acompañando. Ella está siempre con nosotros. Yo quisiera decirles aquí, ya para terminar, las dos veces que me han hecho cirugía a mí han sido dos días de la Virgen, 8 de diciembre, Inmaculada Concepción; 13 de mayo, Virgen de Fátima. La Virgen ahí ha estado, acompañándome, que también usted pueda decir lo mismo: la Virgen está acompañándome, le hablé, me sentí con gozo y con paz, sentí su amor maternal y aquí estoy, saliendo adelante.
Entonces, tengamos también esa profunda devoción a la Madre de Dios que no va a ocupar el lugar de Nuestro Señor, no, no, no, por encima, por encima, acuérdense lo que dijo Nuestro Señor cuando le dijeron “tu Madre y tus hermanos han venido a verte” – “¿quiénes son mi madre y mis hermanos? Los que cumplen la voluntad de mi Padre, ese es mi madre, mi hermano y mi padre”. Entonces, hagamos las cosas con alegría y con gozo.
Feliz semana para todos, que les vaya muy bien en esta semana, estamos terminando el mes de junio y vamos a iniciar el mes de julio, tan famoso en nuestro Oaxaca, el mes de julio, tan famoso, mucho ruido, mucho ruido. Pues que ese ruido no nos mortifique aquí adentro, en el corazón. Gocemos nuestro mes de julio pero sin perder eso de llenarnos de Dios en todo momento.








