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XII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

21 DE JUNIO DEL 2026

Espero que esta Palabra de Dios nos llene de mucha confianza en el Señor, porque en torno a nosotros, suceden muchas cosas y, hoy en el Evangelio, Nuestro Señor nos dice y nos lo dice tres veces: no tengan miedo. Se lo dijo a sus apóstoles, pero nos lo dice a nosotros en este domingo, no tengan miedo.

 

Si nosotros ponemos nuestra seguridad en Dios, no habrá miedo, pero si nosotros la seguridad la ponemos en las personas o en las cosas, viviremos con mucho temor, viviremos con mucha desconfianza, viviremos angustiados, en ciertos momentos, desilusionados.

 

El profeta Jeremías está siendo perseguido, nos lo decía la primer lectura, quieren acabar con él, porque su voz, sus palabras incomodan, molestan, porque son palabras que denuncian situaciones de maldad y de pecado. Denuncia comportamientos malos del pueblo de Dios y quieren acabar con él, pero él se pone en las manos de Dios, del Dios que lo llamó a ser su profeta, del Dios que lo envió al pueblo, a hablar en su nombre, se pone en sus manos. Vamos acabando con Jeremías, porque sus palabras son molestas y escucha Jeremías que andan buscando cómo, cómo acabar con él y él invoca a Dios, pide a Dios su fuerza, pide a Dios su gracia, pide a Dios su protección y se pone y se queda en las manos de Dios y que el pueblo haga de él lo que quiera. Mientras Dios lo proteja, el pueblo no le va a hacer nada y él cumplirá con su misión.

 

A los apóstoles, Nuestro Señor les dice que tienen que hablar en su nombre, día y noche, lo que ellos escuchan lo tienen que transmitir y, muchas de esas palabras de Nuestro Señor, también incomodaron, al grado de llevarlo hasta la Cruz. Las palabras del Señor Jesús incomodaron y Nuestro Señor advierte a sus apóstoles que también eso va a incomodar, lo que ellos van a decir en Su nombre también incomoda.

 

Lo que usted a veces dice en su hogar, cuando corrige, usted, papá, mamá, cuando corrige a sus hijos, cuando les denuncia sus comportamientos, cuando les dice y les recuerda cómo deben de vivir, molestan sus palabras, molestan. ¿Usted se va a callar porque molestan sus palabras?, ¿usted va a dejar de cumplir su deber de orientar y corregir a su hijo porque está molestando a él lo que usted le dice, las advertencias que le hace si sigue por ese camino? ¿va a dejar de decirle, va a callar, va a guardar silencio, se va a convertir en un cómplice de su hijo?

 

Cuidado, su hijo, si usted no lo corrige, tarde o temprano le va a decir ¿por qué, papá, mamá, no me corregiste a su debido tiempo? No guarde silencio, lo que Dios le pide a usted, que le llamó a ser padre y madre, no guarde silencio en la relación con su hijo, está mirando el comportamiento, oriéntelo, anímelo, ilumínelo, háblele al corazón, no nada más a su mente, háblele con amor, al corazón. Dígale que le duele ver eso, que le mortifica, que le entristece, que le angustia, que le preocupa mirar lo que está haciendo y que usted sabe que, si él quiere, puede corregirse, puede enderezar sus pasos, puede ser diferente. No se detenga, papá, mamá. Usted está ahí como profeta, en nombre de Dios, para decirle a su hijo cómo debe caminar, cómo debe vivir, no tenga miedo, hágalo.

Y también, si salimos de casa, si salimos de casa, habrá situaciones donde nosotros nos movemos que debemos de decir alguna palabra, alguna palabra. No se avergüence, muy clarito nos dijo Nuestro Señor: el que se avergüence de mí ante los hombres, yo me avergonzaré de él delante de mi padre. Cuidado, habrá momentos en que usted debe dar testimonio de los principios. Sería diferente la vida, serían diferentes las situaciones si nosotros viviéramos, en todos los espacios, como nos pide Dios pero, a veces, sólo somos creyentes cuando venimos a la misa, sólo somos creyentes, después ya no nos presentamos como creyentes. Tal vez nos cuestionen y nos digan ¿tú eres creyente? “no, qué va a ser, hombre, no”… te estás avergonzando de tu ser de creyente, te estás avergonzando de tu fe, da testimonio.

A veces, ciertos servicios se vuelven que dizque incrédulos, ateos, conozco a muchos, conozco a muchos, que delante de mí se dicen católicos, creyentes, y yo sé que, en el momento que tienen que testimoniar, no lo hacen, no lo hacen, no dan testimonio de su fe. Ahí te estás avergonzando, y el Señor nos acaba de decir muy clarito, el que se avergüence de mí ante los hombres, yo también me avergonzaré. No nos avergoncemos y vivamos nuestra fe en todos los espacios, en todos los espacios, nos van a despreciar, nos van a humillar, nos van a decir un montón de cosas, pero es mejor que nos digan todo eso a que Nuestro Señor se avergüence ante el Padre de no haber dado nuestro testimonio. No dejes de dar tu testimonio, no dejes de vivir tu fe, en todas partes. Eres un creyente, eres un hombre o una mujer de fe, vive así en todo lugar. Tienes a Dios, pon tu confianza en Él.

En nuestro tiempo se sigue persiguiendo a los cristianos y siguen muriendo, cientos de hombres en el mundo, por ser hombres y mujeres de fe y usted lo ha oído que mataron a tantos en tal lugar, por estar viviendo su fe, por ser cristianos, siguen muriendo. A lo mejor a nosotros no nos pide Dios que muramos, derramando nuestra sangre para testimoniar nuestra fe, a lo mejor no, pero no por eso dejemos de testimoniarlo. En estos ambientes nuestros, en esta ciudad, en estos pueblos donde nosotros vivimos, hay muchas situaciones en las que nosotros tenemos que decir algo, pero no decimos, no decimos, nos dejamos comer también, nos dejamos comer y nos defendemos diciendo, pues es la tradición, es la costumbre, así hemos vivido siempre, aunque sean cosas que no son gratas a los ojos de Dios. Tengamos cuidado, mucho cuidado.

Sea un hombre, una mujer de grande fe, de grande confianza en el Señor.

Quiero decirle a usted, papá, Dios le llamó a esta vocación de padre. Sé, por lo que me platican los que son padres de familia, sé lo difícil que es vivir su vocación, les duele en el corazón muchas cosas, les preocupan muchos detalles, hay una carga de sufrimiento pero siga viviendo su paternidad con alegría, con gozo, ofreciéndose al Señor, sacrificándose, sacrifícate, papá, por quien es tu esposa; sacrifícate, papá, por quienes son tus hijos, cánsate, desgástate, ve muriendo, ve muriendo movido siempre por el amor. Gracias, papá. Gracias. El 10 de mayo dijimos: gracias, mamá. Hoy decimos: gracias, papá. Y no te enceles, papá, porque sientes que tus hijos quieren más a mamá. Algo tendrá mamá. Tú mismo, que eres papá, quieres más a mamá que al que es o fue tu papá, tú mismo lo vives, lo vives en tu persona. Si hoy ves que tus hijos tienen ese gran cariño a quien es su madre, que es tu esposa, disfruta, goza, goza también, porque tú también les has enseñado a amar, respetar y valorar a su mamá, a su mamá. Disfruta, tus hijos te quieren, hay que entenderlos, hay que entenderlos. Déjate amar por ellos y ámalos siempre.

Felicidades, papás, felicidades. Que Dios, Nuestro Señor, que los llamó a tan sagrada vocación, los siga acompañando, los siga bendiciendo y que esa paternidad y maternidad que viven en su hogar sea para gloria de Dios y para bien de los que ustedes engendraron, como fruto de su amor. Felicidades. Que María, Nuestra Madre, les siga acompañando, les siga bendiciendo abundantemente y les ayude para que siempre haya la alegría de ser lo que son y de ser cada día mejores.

Que así sea.

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