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CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA
XXVIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
FESTIVIDAD DEL SEÑOR DE TLACOLULA
11 DE OCTUBRE DEL 2026
Está medio complicado. Espero que sus oídos se concentren aquí y no en lo que están diciendo allá afuera. Tenemos que hacer un esfuerzo, ustedes y yo, porque si a ustedes le distrae aquello, pues a mí también me distrae, pero si nos ayudamos en este ambiente de fe, de silencio, de recogimiento interior, creo que vamos a aprovechar muy bien este momento de nuestro domingo.
Me alegra mirarles a ustedes en este día, que han venido al encuentro vivo con el Señor, porque la Eucaristía es ese encuentro vivo, porque el Señor se hace presente, en primer lugar se hace presente en Su Palabra y, enseguida, se hace presente en ese alimento de Su Cuerpo y Su Sangre y necesitamos alimentarnos de la Palabra de Dios y de la Eucaristía.
La Palabra de Dios es la que nos va orientando en nuestro vivir y la Eucaristía es la que nos va fortaleciendo y asegurándonos nuestra vida eterna y resurrección con Dios. Por eso, bendito Dios que está usted aquí, participando de esta Santa Misa, en esta Fiesta del Señor de Tlacolula, una imagen muy antigua de Jesucristo, que extendió sus brazos en la Cruz y murió por nosotros. Han pasado generaciones y generaciones contemplando esa bendita imagen del Señor de Tlacolula y yo he mirado que ustedes, padres de familia, traen a sus pequeñitos y los acercan a esa imagen del Señor de Tlacolula y quiero imaginarme que usted le dice al Señor de Tlacolula que cuide a su hijo, que bendiga a su hijo, que lo proteja, que lo ayude a crecer sano, que lo ayude a crecer en virtudes, que no le permita que se aparte de Él, que viva en el desorden.
Sé que, usted, en ese corazón de padre y de madre, le habla al Señor de Tlacolula y le presenta a sus hijos y pide lo mejor para ellos, lo mejor para ellos. El Señor le escucha y el Señor le bendice, pero qué importante es que también nosotros aprendamos a escuchar, a escucharnos entre nosotros y a escuchar a Dios, que nos habla en las diferentes circunstancias de la vida.
Hoy, esta Palabra Divina, nos habla de un banquete de bodas, ojalá y usted, que está aquí, tenga claridad que estamos en el banquete, en el banquete que el Señor nos ha invitado, la Eucaristía. Nosotros no le hemos dicho hoy “estoy ocupado, tengo otras cosas importantes qué hacer. Es mi día de descanso, no puedo salir de casa, tengo que descansar. Es el día en que yo tengo que pasear con mi familia, no puedo ir a tu banquete que me invitas”. Hoy, usted no dijo nada de eso; hoy, está aquí, participando en el banquete, en ese banquete que el Señor ha preparado para usted y para mí, bendito Dios y espero que todos nosotros estemos con el traje de fiesta, participando plenamente del banquete.
Al banquete al que fueron invitados personas muy especiales, no quisieron ir, no quisieron ir y yo quiero preguntarle a usted y sea sincero en su respuesta ante Dios, ¿cuántas veces, a lo largo de su vida, usted no ha querido ir al banquete?, ¿cuántas no ha querido ir al banquete?, porque a este banquete de la Eucaristía debemos ir todos los domingos, todos los domingos a celebrar el día del Señor, a santificar el domingo y quiero que se responda y le responda a Dios, “¿cuántas veces, Señor, me has invitado a Tu banquete y yo te he dicho, no quiero ir”, porque eso es lo que ha pasado, “no quiero ir”, no me venga con el cuento de que no tiene tiempo, eso no es verdad, porque para todo tenemos tiempo, para todo, pero para las cosas de Dios, solemos decir: “no tengo tiempo”.
¿Cuántas veces le ha dicho “no tengo tiempo”?, ¿cuántas veces se ha quedado en su casa viendo la televisión, una serie de películas, deportes, pasatiempo, ¿cuántas veces le ha dicho a Dios: “mi tiempo es dedicado a esta diversión, a este pasatiempo, no tengo tiempo para ti”.
Le hemos estado diciendo, “no quiero ir” y Dios nos dice, “no mereces, vamos a salir a los caminos a ver quién quiere venir al banquete”. Usted tiene que ocupar ese lugar, porque es invitado de honor, ahí está un lugar para usted, ocúpelo, vaya, participe, organícese y dedíquele a Dios ese momentito.
También cuando estaba escuchando el Evangelio pensé en usted, papá, mamá. Pensé en ustedes y pensé en su familia. El que organizó aquel banquete, que dice Nuestro Señor, en el Evangelio, envío a recordarles a los invitados, está listo el banquete, vengan, vengan al banquete. Usted, papá, mamá, ¿cuántas veces le ha dicho a su hijo: Vamos al banquete, vamos al banquete de la Eucaristía”, ¿y qué le ha respondido?, “vayan ustedes, yo no voy, yo no quiero, no me importa”, pero, hijo, esto, aquello… “a mí no me importa” y yo me he encontrado cientos, miles de padres de familia que viven un sufrimiento: “mi hijo no quiere ir a encontrarse con Dios, no le interesa, se niega, está rebelde, no quiere”. Cuántas veces hay esa rebeldía y está ahí el sufrimiento y el dolor, la gran preocupación, porque papá y mamá, que quieren lo mejor para su hijo, en su pensamiento está ¿y qué va a pasar con mi hijo si está tan alejado de Dios, si no le interesan las cosas de Dios, ¿qué va a pasar con él? Sufren mucho, sufren mucho, ¿merecen nuestros papás que les provoquemos ese sufrimiento?, piénselo, piénselo en serio, ¿merece papá sufrir por esto, derramar lágrimas por esto? Quiere lo mejor para mí, porque es el querer de Dios, Dios te quiere llenar de bendiciones, de gracias y te lo quiere dar celebrando el banquete, ¿por qué no vas? ¿por qué te niegas? ¿por qué dices no? ¿no podrías cambiar de pensamiento? ¿no podría ser otro tu querer?
Hoy, quiero tocar su corazón, no dejen de participar en el banquete, no lo cambien por nada, no lo cambien por nada. Es importante que te encuentres con el Señor, lo necesitamos, lo necesitamos y mucho, vivimos momentos muy difíciles, nos movemos en ambientes complicados, vivimos situaciones que nos cansan, que nos desgastan, ¿por qué no ir ahí, al encuentro del Señor, que nos sigue diciendo: Vengan a Mí todos los que están cansados, agobiados por la carga, Yo les daré alivio, ¿por qué no venir a la Eucaristía?, pero tal vez usted diga que somos muy enfadosos nosotros, que los cansamos en la misa, que les decimos siempre lo mismo, que les echamos el rollo y decimos, “ah, ese padre, ah, no vive lo que predica”, pues aquí está lo que dice Nuestro Señor cuando se hablaba de los fariseos, que dijo: hagan lo que ellos les dicen, pero no imiten sus obras. Hermanito, haga lo que yo le digo, pero no imite mis obras, no las imite, no las imite y, luego, ¿con qué actitud viene al banquete, con la actitud humilde y sencilla?, va a aprovechar muy bien, pero si viene con la actitud de vanidad y de soberbia, no va a aprovechar, porque, entonces, no va a escuchar a Dios, que le habla a través del ministro, no va a escuchar a Dios, lo va a estar juzgando ¿y para qué nos juzga, si se está haciendo daño usted? Sea humilde y sencillo, porque Dios quiere hacer obras grandes en usted, no se le olvide que un día dijo, “te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondes estas cosas a los sabios y entendidos y las revelas a la gente sencilla”. Los sencillos abren su corazón, abren su corazón y reciben el mensaje y lo guardan como lo guardó María y lo viven, lo viven porque así son los humildes y sencillos.
Llénese de Dios y se llena de Dios siendo así, humilde y sencillo, abriéndose a Él, pobre de espíritu. Ojalá y pueda tocar hoy su corazón, en este día. El ambiente de piedad, de piedad religiosa que hemos heredado, porque entrar ahí, al templo, y pasar a la capillita donde está el Señor de Tlacolula, es una piedad que nuestro pueblo ha sabido cuidar a través de los siglos, hasta hoy, y de eso se han encargado todos ustedes, todos ustedes. Pues también encárguese de participar del banquete de la Eucaristía, pero no año tras año, no, los días domingo, ándele, dedíquele un momentito a Dios, dedíqueselo, no le diga, “voy a ir al campo, voy a ir a jugar, voy a descansar, voy a hacer otras cosas que para mí son muy importantes y la invitación que Tú me haces no es tan importante, no me motiva, no me entusiasma, no creo sacarle algo bueno”, no, por favor, decirle a Dios eso es duro, es duro. Despreciar a Dios es para pensarse, no desprecie a Dios, le está invitando, vaya y encuéntrese con Él.
Hoy, sigamos diciéndole, gracias, porque nos demostraste el gran amor que nos tienes. Un día dijiste, nadie tiene amor más grande por el amigo que el que da la vida por él, y extendiste los brazos en la Cruz, derramaste Tu sangre y moriste por nosotros, para reconciliarnos con Dios, para alcanzar el perdón de todos nuestros pecados. Le decimos al Señor de Tlacolula y se lo decimos a Jesucristo, que murió por nosotros en la Cruz, se lo decimos al que murió y resucitó y está en medio de nosotros, porque también nos dijo: Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” y así como contemplamos hoy al Crucificado, no debo de olvidarme que, como discípulo, también yo llevo una cruz, voy cargando una cruz, no deje a un lado su cruz, el discípulo tiene que cargar la cruz, así nos lo dijo Nuestro Señor, el que quiera ser mi discípulo, que tome su cruz de cada día y me siga.
Siga al Señor en el sufrimiento, en el dolor, en las penas, es nuestra cruz, llevémosla con alegría y digámosle al Señor, en ciertos momentos: Señor, siento que el peso de mi cruz me está rebasando, dame más fuerza, porque no quiero tirar mi cruz, la quiero seguir cargando, porque quiero ser fiel hasta el final. Así como Tú tomaste la Cruz y llegaste hasta el calvario, así también yo quiero llegar hasta el final de la jornada y poder encontrarme Contigo y poder recibir de Ti lo que merezcan mis obras.
Carguemos la cruz y llenemos nuestras manos de obras buenas, para poder llegar y gozar de la eternidad con Dios.
Hoy, el Señor va a morir en el altar y va a resucitar y va a ser el alimento para todos nosotros. Disfrutemos de ese alimento y sigamos disfrutando también de la Fiesta al Señor de Tlacolula y que todo esto nos ayude a crecer en comunión, como comunidad.
Sé que han venido muchos pueblos a la fiesta, como acontece en todas las fiestas de nuestros pueblos. Que los que vengan a visitarnos encuentren el testimonio nuestro y sea motivante para ellos para ir al encuentro del Señor y para ir y participar del banquete que el mismo Señor nos invita a vivir.
Feliz fiesta del Señor de Tlacolula, encomiéndese mucho a Él y ofrézcale su dolor y sufrimiento de cada día y santifíquese creciendo en las virtudes, creciendo en el servicio, siendo un buen hermano, tendiendo la mano al necesitado, ayudando a los demás.
Que Dios bendiga a su familia, su pequeñita comunidad, su pequeñita iglesia doméstica, que Dios los bendiga a todos y que así, gozosos, continuemos celebrando este banquete en el que hemos querido participar, por eso estamos aquí, porque hoy quisimos responder a la invitación al Señor que nos dijo “tengo un banquete para ti” y aquí estamos en el banquete.
Bendiciones para todos.